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Daniel Goleman, disertante confirmado de ExpoManagement 2004, analiza la diferencia entre quedar atrapado en un sentimiento y tomar conciencia de que uno es arrastrado por él. Por Daniel Goleman* Un buen ejecutivo debe saber cómo controlar su ira. El problema, por lo general, es que los hombres de empresa no saben distinguir cuándo están reaccionando visceralmente y cuándo no. No es sorprendente. Según cuenta un relato japonés, un belicoso samurai desafió en una ocasión a un maestro zen a que explicara el concepto de cielo e infierno. Pero el monje respondió con desdén: “No eres más que un patán. ¡No puedo perder el tiempo con individuos como tú!” Herido, el samurai se dejó llevar por la ira, desenvainó su espada y gritó: “Podría matarte por tu impertinencia”. “Eso”, repuso el monje con calma, “es el infierno”. br> Desconcertado al percibir la verdad en lo que el maestro señalaba con respecto a la furia que lo dominaba, el samurai se serenó, envainó la espada y se inclinó, agradeciendo al monje la lección. “Y eso”, añadió el monje, “es el cielo”. El súbito despertar del samurai a su propia agitación ilustra la diferencia que existe entre quedar atrapado en un sentimiento y tomar conciencia de que uno es arrastrado por él. A primera vista parece que nuestros sentimientos son evidentes; una reflexión más cuidadosa nos recuerda épocas en las que hemos sido demasiado inconscientes de lo que sentíamos realmente con respecto a algo, o despertábamos tarde a esos sentimientos. Los psicólogos utilizan el término metacognición, un término bastante denso, para referirse a una conciencia del proceso de pensamiento, y metahumor para referirse a la conciencia de las propias emociones. Yo prefiero la expresión conciencia de uno mismo (self-awareness), en el sentido de un atención progresiva a los propios estados internos. En esta conciencia autorreflexiva la mente observa e investiga la experiencia misma, incluidas las emociones. Esta calidad de la conciencia está relacionada con lo que Freud describió como una “atención libremente flotante”, que recomendaba a aquellos que hicieran psicoanálisis. Este tipo de atención abarca todo lo que pasa por la conciencia de una forma imparcial, como un testigo que tiene interés pero no reacciona. En el mejor de los casos, la autoobservación permite una conciencia ecuánime de sentimientos apasionados o turbulentos. Como mínimo, se manifiesta simplemente como un leve retroceso de la experiencia, una corriente de conciencia paralela que es “meta”: suspendida por encima o a un costado de la corriente principal, consciente de lo que está ocurriendo en lugar de quedar inmersa y perdida en la misma. Es la diferencia que existe, por ejemplo, entre sentir una rabia asesina con respecto a alguien y elaborar el pensamiento autorreflexivo “Esto que siento es rabia”, incluso mientras uno está furioso. En resumen, conciencia de uno mismo significa ser “consciente de nuestro humor y también de nuestras ideas sobre ese humor”, según palabras de John Mayer, psicólogo de la Universidad de New Hampshire que, junto a Peter Salovey, es quien formuló la teoría de la inteligencia emocional. La conciencia de uno mismo puede ser una atención a estados más internos que no provoque reacción ni juicio. Pero Mayer considera que esta sensibilidad puede ser menos ecuánime; los pensamientos típicos que indican una conciencia emocional de uno mismo son, entre otros: “No debería sentirme así”, “Estoy pensando cosas buenas para alegrarme” y, en el caso de una conciencia de uno mismo más restringida, el fugaz pensamiento “No pienses en eso”, en respuesta a algo muy perturbador. Aunque existe una distinción lógica entre ser consciente de los sentimientos y actuar para cambiarlos, Mayer considera que a todos los efectos prácticos ambas cosas suelen estar unidas: reconocer un humor desagradable es sentir el deseo de superarlo. Mayer opina que la gente suele adoptar estilos característicos para responder y enfrentarse a sus emociones: *Consciente de sí mismo Conscientes de sus humores en el momento en que los tienen, estas personas poseen, comprensiblemente, cierta sofisticación con respecto a su vida emocional. Su claridad con respecto a las emociones puede reforzar otros rasgos de su personalidad: son independientes y están seguras de sus propios límites, poseen una buena salud psicológica y suelen tener una visión positiva de la vida. Cuando se ponen de mal humor, no reflexionan ni se obsesionan al respecto, y son capaces de superarlo enseguida. En resumen, su cuidado los ayuda a manejar sus emociones. *Sumergido. Se trata de personas que a menudo se sienten empantanadas en sus emociones e incapaces de librase de ellas, como si el humor las dominara. Son volubles y no muy conscientes de sus sentimientos, por lo que quedan perdidas en ellos en lugar de tener cierta perspectiva. En consecuencia, hacen poco por tratar de librase del mal humor, y sienten que no controlan su vida emocional. A menudo se sienten abrumadas y descontroladas. *Aceptador Si bien estas personas suelen ser claras con respecto a lo que sienten, también tienen tendencia a aceptar sus humores, y no tratan de cambiarlos. Al parecer existen dos ramas en el tipo aceptador: los que suelen estar de buen humor y tienen pocos motivos para cambiarlo, y las personas que, a pesar de la claridad que tienen con respecto a su talante, son susceptibles con respecto al mal humor pero lo aceptan con una actitud de laissez-faire, sin hacer nada para cambiarlo a pesar de las perturbaciones que provoca; esta pauta se encuentra entre personas depresivas que están resignadas a su desesperación. *Daniel Goleman expondrá la conferencia Inteligencia Emocional en ExpoManagement 2004, el evento más importante de Manegement de Iberoamérica, a realizarse el 2, 3 y 4 de junio en el DF. (www.expomanagement.com.mx)
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