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Celebración del Quinto Sol en
Municipios del Estado de México
De acuerdo con la mitología náhuatl,
la humanidad se ha destruido
en cuatro ocasiones de manera sucesiva
a través de catástrofe
LA
APERTURA DEL COSMOS y el principio de un nuevo ciclo anunciado por la arraigada
veneración al Sol, considerado como “el gran mensajero del fuego” y “dador de la
vida”, es el evento a celebrar en municipios de la entidad como parte de la XX
edición del Festival del Quinto Sol, del 15 al 21 de marzo de 2007.
Para rendir homenaje al astro rey, año con año se retoma la cosmovisión de
los pueblos indígenas. De acuerdo con la mitología náhuatl, la humanidad se ha
destruido en cuatro ocasiones de manera sucesiva a través de catástrofes. En
cada tentativa por lograr el equilibrio y desarrollo de las potencialidades
humanas, la Tierra fue azotada por cataclismos. A esas eras (denominadas Sol de
agua, Sol de jaguar, Lluvia de fuego y Sol de viento), nuestros sabios
antepasados les llamaban Soles. De acuerdo con esta leyenda vivimos en la era
del Quinto Sol, la del Movimiento, en la que surge el hombre que danza, piensa y
analiza lo que sucede en el universo: Nahui Ollin (cuatro- movimiento) es su
signo. Con la finalidad de dar continuidad a este culto, el Festival del Quinto
Sol retoma la mitología náhuatl, la cual consagraba a Teotihuacan como la ciudad
de los dioses, en donde éstos se reunieron al fin de los cuatro Soles, cuando
Nanahuatzin, débil y enfermo se sacrificó, arrojándose al fuego para convertirse
en el Quinto Sol, y gracias a él sigue existiendo la vida.[1]
Culto al Sol
Culto al Sol, devoción religiosa al Sol, considerado tanto una deidad como
símbolo de la divinidad. La adoración al Sol era practicada en Estados Unidos
por la confederación iroquesa y el pueblo tsimshian, así como por algunas
culturas de las Grandes Llanuras, y alcanzó un alto grado de desarrollo en el
México y el Perú precolombinos. En el México prehispánico, la mitología náhuatl
consagró a Teotihuacán como la ciudad de los dioses cuando éstos se reunieron
después de la desaparición de los primeros cuatro soles que habían alumbrado al
mundo. El dios Nanahuatzin, débil y enfermo, se sacrificó arrojándose al fuego
para convertirse en el quinto Sol, gracias al cual sigue existiendo la vida.
Teotihuacán fue el precursor de la que siglos más tarde sería la Gran
Tenochtitlan, el Imperio del Sol, centro religioso, cultural y político de
Mesoamérica.
El conjunto de culturas mesoamericanas compartía una forma de pensamiento en
la que el Sol es el fuego, el cielo diurno, el dador de vida. Así, en la cultura
náhuatl se le llama Tonatiuh, en la zapoteca Copijza, en la maya Hunabku y en la
tarasca Curicaveri.
El Sol era considerado el símbolo de la vida al que es necesario asegurar la
fuerza para luchar contra los enemigos de la noche y, que de esa forma, pueda
alumbrar cada mañana, gracias al alimento divino que es la sangre humana. El
ciclo solar recrea la existencia humana en un solo día; así, el Sol joven sale
en la mañana, madura al mediodía y envejece al atardecer. En el ocaso lo devora
la Tierra y se sumerge en el inframundo, en el dominio de los muertos. Para
volver a nacer cada día debe nutrirse de lo más preciado del ser humano: su
sangre.
Algunos historiadores afirman que el juego de pelota (como el de la ciudad
maya de Chichén Itzá), un rito deportivo-alegórico, simboliza el combate entre
las fuerzas antagónicas del cosmos: el bien contra el mal, el Sol contra la
Luna, el Cielo contra la Tierra. Tradicionalmente se ha afirmado que los
perdedores en el juego de pelota eran sacrificados para ofrecer su sangre a los
dioses, pero una revisión moderna de la historia apunta a que pudieran ser los
vencedores a quienes se les concedía el honor de ofrendar su sangre como
alimento de las deidades solares y, de ese modo, morir como los guerreros en
batalla, a los que se aseguraba la gloria eterna. Los muertos en combate eran
los encargados de conducir al Sol que nace cada día, mientras que las mujeres
muertas en el parto lo acompañaban por la tarde a su morada final. Según los
aztecas, el papel que debía cumplir el individuo era estar del lado del Sol, del
bien, para que éste siguiera prodigando la luz del día, así como los demás
dioses proveían de agua o de semillas. Las personas no debían preocuparse por
sus problemas sino porque los dioses siguieran vivos para poder resolverlos.
El culto al Sol en la Gran Tenochtitlan condujo a organizar, a mediados del
siglo XV, las ‘guerras floridas’, una serie de enfrentamientos que llevaron a
cabo los aztecas o mexicas y los texcocanos contra señoríos vecinos, sin que
existiera enemistad previa ni afán de dominación, sino el propósito místico de
tomar prisioneros para sacrificarles a los dioses que habían mandado sequías y
hambrunas, tal vez como síntoma de su molestia por la falta de alimento
espiritual.
En el Perú prehispánico, la muerte de los primeros tres soles por la
indiferencia de los humanos dio origen al cuarto Sol, obra de Viracocha. Este
dios emergió del lago Titicaca para crear el Cielo, la Tierra, el Sol y la Luna
y mandar salir a los hombres de las profundidades de la Tierra; luego
desapareció en el mar. Después de Viracocha, Inti, el Sol, es el dios más
importante ya que a él se deben todos los beneficios que hacen posible la
agricultura. El inca, supremo soberano, recibía su poder directamente de Inti,
siendo considerado hijo del dios Sol. La adoración del Sol comprendía un gran
número de templos dedicados a él, dentro de los cuales destaca el Koricancha
(Cuzco), un séquito de mujeres llamadas Acllas dedicadas a la elaboración de
chicha y tejidos para los ritos en su honor, una serie de posesiones materiales
y una fiesta que se prolongaba durante todo el mes de junio, cuando se celebraba
el Inti Raymi. Además, todos los días del año se sacrificaba una llama en honor
del Sol, excepto el primer día de cada mes, cuando se llegaban a sacrificar
hasta un centenar de llamas que luego eran consumidas por el fuego.
En la India, el Sol personificado como Surya era un dios hindú, considerado
maléfico por los drávidas del sur y benévolo por los munda de las zonas
centrales. Los babilonios eran adoradores del Sol, y en la antigua Persia la
adoración del Sol formaba parte del elaborado culto a Mitra, que más tarde se
extendió por todo el Imperio romano. Los egipcios de la antigüedad adoraban a Ra,
dios del Sol. La diosa del Sol, Amaterasu, es la deidad más elevada del panteón
sintoísta y tutelar de la casa imperial japonesa.
En la antigua Grecia, las deidades del Sol eran Helios y Apolo. La adoración
a Helios estaba muy extendida; templos dedicados a él fueron construidos en
Corinto, Argos, Troezen (que ya no existe) y otras muchas ciudades, pero el
asentamiento principal se encontraba en la isla de Rodas, en el Dodecaneso,
donde cada año se sacrificaban al dios cuatro caballos blancos. Un sacrificio
similar se ofrecía en la cima del monte Hagios Elias, en los montes Tayeto de
Laconia. Más tarde casi todas las funciones de Helios fueron atribuidas al dios
Apolo, en su advocación de Febo. La adoración del Sol continuó en Europa incluso
después de la introducción del cristianismo, como se hace patente por su
pervivencia disimulada bajo ritos y celebraciones cristianas tradicionales, como
la hoguera de Pascua y el leño de Navidad que se quema en los países
anglosajones. La adoración del Sol, o al menos las religiones centradas en una
deidad solar, es poco frecuente en general. La mayoría de las culturas que
muestran cultos solares estaban altamente organizadas y gobernadas por un
monarca, emperador o elite aglutinadora que se sumaba al ideal del reino solar
para justificar y consolidar su posición.[2]
Quinto Sol por Wikipedia
La Leyenda del Quinto Sol es un mito mesoamericano sobre la creación del
mundo y la humanidad. Según él, la Tierra ha pasado por cinco etapas diferentes
desde su creación, regidas cada una por un sol. La actual sería la era del
Quinto Sol. La versión más conocida de este mito es de los aztecas, y fue
recogida por Bernardino de Sahagún. Sin embargo está presente en otras
mitologías registradas por los misioneros de Indias, venidos a América en los
primeros años del siglo XVI. Otra versión muy conocida de este mito es la que se
encuentra en el Popol Vuh, un libro quiché donde se narra, además de la creación
del mundo, la epopeya de los hermanos Hunahpú e Ixbalanqué.
Para los aztecas el Quinto Sol fue creado en la antigua ciudad de
Teotihuacan.
Las civilizaciones mexicanas tenían en su haber una leyenda en que se decía
que una primera generación de hombres había sido destruida en épocas remotas por
alimañas o jaguares (Primer Sol).
La siguiente había sido destruida por huracanes o Viento (Segundo Sol).
Una tercera por erupciones volcánicas o Fuego (Tercer Sol).
La cuarta había desaparecido por los diluvios de Agua (Cuarto Sol).
Estos soles de cada una de las edades no eran como el actual que calienta
templadamente y que da vida; este último sol no había sido creado todavía, hasta
que sucedió aquel acontecimiento en el lugar de Teotihuacan.[3]


Fuentes:
[1] Agenda Cultural • Gobierno del Estado de
México-Instituto Mexiquense de Cultura • Marzo de 2007 • Año
12 • Número 03. Pág. 1
[2] "Culto al Sol." Microsoft® Student 2007 [DVD].
Microsoft Corporation, 2006. Microsoft ® Encarta ® 2007. © 1993-2006 Microsoft
Corporation. Reservados todos los derechos.
[3]
Quinto Sol. Wikipedia la Enciclopedia Libre. 2007.
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