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Europa, uno de los seis continentes que constituyen
la superficie emergida de la Tierra de acuerdo con la costumbre, aunque en
realidad sólo es la quinta parte más occidental de la masa continental
euroasiática, compuesta en su mayor parte por Asia. En general, para los
geógrafos modernos, los montes Urales, el río Ural, una parte del mar Caspio y
las montañas del Cáucaso forman la principal frontera entre Europa y Asia. El
término Europa quizás deriva de Europa, el nombre de la hija de Agenor en la
mitología griega, o posiblemente de Ereb, palabra fenicia que significa ‘ocaso’.
Europa, el segundo continente más pequeño de la Tierra, tiene una extensión de
10.359.358 km2 y ocupa la cuarta posición en cuanto a población, con unos
730.000.000 de habitantes (según estimaciones para mediados del año 2002). El
punto más septentrional del continente europeo es el cabo Nordkinn, en Noruega,
y el más meridional es la punta de Tarifa, en el sur de España. Se extiende de
oeste a este desde el cabo da Roca, en Portugal, hasta la vertiente nororiental
de los Urales, en Rusia.
Lectura adicional
ENSAYO HISTÓRICO:
Expansión de la cultura en la Europa medieval
Los Ensayos Históricos de Encarta reflejan el conocimiento y la visión de
destacados historiadores. En este ensayo, Karen Jolly, de la Universidad de
Hawai, sostiene que muchos de los modelos e instituciones sociales y políticas
de Europa surgieron de la cultura dinámica y vivaz de la edad media.
Europa ha sido durante mucho tiempo un territorio en el que han tenido lugar
grandes logros culturales y económicos. Los antiguos griegos y romanos crearon
civilizaciones importantes, famosas por sus contribuciones a la filosofía, la
literatura, el arte y los sistemas de gobierno. El renacimiento, que comenzó en
el siglo XIV, fue un periodo de grandes éxitos para artistas y arquitectos
europeos, y en la era de los descubrimientos, iniciada en el siglo XV, los
navegantes europeos viajaron a los lugares más apartados del mundo conocido
hasta la fecha. Más tarde, las naciones europeas, en especial España, Portugal,
Francia y Gran Bretaña, construyeron grandes imperios coloniales con vastas
posesiones en África, América y Asia. En el siglo XVIII se inició el desarrollo
de formas modernas de organización y producción industrial. Durante el siglo XX,
las dos guerras mundiales devastaron gran parte de Europa. Después de la II
Guerra Mundial, que acabó en 1945, el continente se dividió en dos importantes
bloques políticos y económicos: los países de Europa oriental, bajo el dominio
de la Unión Soviética, y los países de Europa occidental, bajo la influencia de
los Estados Unidos. Sin embargo, entre 1989 y 1991 el bloque del Este se
desintegró y sus dirigentes comunistas abandonaron el poder dando paso a
regímenes de tipo democrático en la mayoría de los países de Europa oriental. La
República Federal de Alemania y la República Democrática Alemana se
reunificaron. El Partido Comunista de la Unión Soviética se disolvió, los lazos
multilaterales militares y económicos entre Europa oriental y la Unión de
Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se redujeron o eliminaron, y la misma
URSS dejó de existir.
Lectura adicional
ENSAYO HISTÓRICO:
Intercambio cultural en la alta edad media europea
Los Ensayos Históricos de Encarta reflejan el conocimiento y la visión de
destacados historiadores. En el presente ensayo, Karen Jolly, de la Universidad
de Hawai, defiende que el intercambio cultural entre las tradiciones cristianas,
celtas, germanas, escandinavas y húngaras ayudó a fortalecer a Europa a
comienzos de la edad media, lo que permitió que el continente mantuviera su
propio dinamismo e influencia exterior después del año 1000.
Lectura adicional
ENSAYO HISTÓRICO:
Surgimiento de los principales estados europeos
Los Ensayos Históricos de Encarta reflejan el conocimiento y la visión de
destacados historiadores. En este ensayo, R. Bin Wong de la Universidad de
California, examina la incipiente formación de los estados europeos actuales y
centra su atención en un aspecto clave dentro del delicado equilibrio de poder
que va emergiendo: la forma en que los dirigentes concedieron influencia
política a sus súbditos a cambio de recursos económicos.
2. Entorno
Natural
Europa es una masa continental muy fragmentada que abarca algunas penínsulas
grandes, como la Escandinava, la Ibérica y la Italiana, al igual que algunas
pequeñas, como Jutlandia y Bretaña. También engloba gran número de islas
cercanas a la costa, en especial Islandia, las islas Británicas, las islas
Baleares, Cerdeña, Sicilia y Creta. Su litoral se extiende hasta el océano
Glacial Ártico, el mar del Norte y el mar Báltico al norte; el mar Caspio al
sureste; el mar Negro y el mar Mediterráneo al sur; y el océano Atlántico al
oeste. El punto más alto del continente es el monte Elbrús (5.642 m), en el
Cáucaso, al suroeste de Rusia. El punto más bajo de Europa se halla a lo largo
de la costa septentrional del mar Caspio, aproximadamente a 28 m por debajo del
nivel del mar.
2.1 Regiones fisiográficas
Selva Negra, Alemania La Selva Negra es una región montañosa y boscosa situada
en el suroeste de Alemania. Su nombre deriva de abetos que fueron encontrados en
las cumbres. Aunque el área es un destino idóneo para la práctica de actividades
recreativas, tales como el excursionismo, la polución atmosférica ha provocado
graves problemas. Se estima que más de la mitad de los árboles de la Selva Negra
han resultado dañados como consecuencia de la lluvia ácida.Corbis/Michael
Busselle
Desde un punto de vista geológico, Europa está formada, de norte a sur, por una
antigua masa de rocas cristalinas estables, un ancho cinturón de materiales
sedimentarios relativamente nivelados, una zona de estructuras geológicas
mezcladas, creada por la acción de las fallas, los plegamientos y los volcanes,
y una región montañosa de formación reciente en comparación con las anteriores.
Esta estructura geológica ha contribuido a crear las numerosas regiones
fisiográficas que constituyen el paisaje de Europa.
En Finlandia y gran parte del resto de la península Escandinava subyace el
escudo Fino-escandinavo, surgido durante la era precámbrica. Inclinado hacia el
este, forma las montañas de Suecia occidental y la meseta de Finlandia. La
glaciación ha labrado los profundos fiordos de la costa noruega y ha erosionado
la superficie de la meseta finlandesa. El movimiento de un segmento de la
corteza terrestre contra el escudo estable durante la orogenia caledoniana
(desde hace 500 millones hasta hace 395 millones de años) creó las montañas de
Irlanda, Gales, Escocia y Noruega occidental. La erosión posterior ha redondeado
y desgastado estas montañas en las islas Británicas, pero los picos de Noruega
aún alcanzan los 2.472 m de altitud.
Vosgos El macizo montañoso francés de los Vosgos, que se extiende al oeste del
valle del río Rin, tiene como principal característica el que sus cumbres más
elevadas, denominadas Le Donon y Col, se hallan cubiertas de nieve durante nueve
meses al año, lo que las convierte en el destino de un gran número de
aficionados a los deportes de invierno.Tony Stone Images/Joe Cornish
La segunda región geológica destacada, un cinturón de materiales sedimentarios,
se extiende en un arco desde el suroeste de Francia hacia el norte y hacia el
este, a través de los Países Bajos, Alemania y Polonia hasta alcanzar el
interior de Rusia occidental. También abarca una parte del sureste de
Inglaterra. Aunque deformadas en algunos lugares para formar cuencas, como la de
Londres y la de París, estas rocas sedimentarias, cubiertas por una capa de
rocalla depositada en las glaciaciones, están en general lo suficientemente
niveladas como para formar la gran llanura europea. Algunos de los mejores
suelos de Europa se encuentran en la llanura, en especial a lo largo de su
margen meridional, donde se ha depositado el loess, un material arrastrado por
el viento. La llanura tiene más anchura en el este.
Al sur de la gran llanura europea, una franja de estructuras geológicas
diferentes se extiende a través de Europa y crea los paisajes más intrincados
del continente, las montañas centroeuropeas. En toda esta región las fuerzas de
los plegamientos (cordillera del Jura), las fallas (Vosgos, Selva Negra), los
volcanes (macizo Central), y las elevaciones (meseta Central) han interactuado
para crear montañas, mesetas y valles alternos.
La principal región fisiográfica de Europa, situada más al sur, es también la de
formación más reciente. A mediados de la era terciaria, hace 40 millones de años
aproximadamente (véase Oligoceno), la placa afroárabe colisionó con la placa
euroasiática y desencadenó la orogenia alpina (véase Placas tectónicas). Las
fuerzas de compresión generadas por dicha colisión elevaron grandes masas de
sedimentos mesozoicos y crearon cordilleras como los Pirineos, los Alpes, los
Apeninos, los Cárpatos y el Cáucaso, que no sólo son las montañas más altas de
Europa sino también las más escarpadas. Los frecuentes terremotos indican que
los cambios orogénicos aún están teniendo lugar.
2.2 Hidrografía
Lago Ladoga, Rusia El lago Ladoga es el más grande de Europa. Está rodeado por
el bosque boreal o taiga que predomina en el noroeste de Rusia.Boris Kuznetsov/BorisKuznetsov.com
La naturaleza peninsular del continente europeo ha determinado una estructura
hidrográfica radial, en la que la mayoría de los ríos fluyen hacia el exterior
desde el núcleo del continente, a menudo desde cabeceras cercanas. El río más
largo de Europa, el Volga, fluye principalmente en dirección sur, hasta el mar
Caspio, y el segundo en longitud, el Danubio, fluye de oeste a este antes de
desembocar en el mar Negro. Entre los ríos de Europa central y occidental
destacan el Ródano y el Po, que desaguan en el mar Mediterráneo, y el Loira, el
Sena, el Rin y el Elba, que desembocan en el océano Atlántico o en el mar del
Norte. El Oder y el Vístula fluyen hacia el norte hasta el mar Báltico. La
estructura radial hidrográfica facilita la interconexión de ríos mediante
canales. Algunos ríos españoles, por su longitud y caudal, son dignos de
mención, como el Ebro, el Duero, el Tajo, el Guadiana y el Guadalquivir.
Existen lagos en zonas montañosas, como en Suiza, Italia y Austria, y en
regiones llanas, como en Suecia, Polonia y Finlandia. El lago de agua dulce más
grande de Europa es el lago Ladoga, al noroeste de Rusia.
2.3 Clima
Europa: mapa climático Las masas de agua moderan el clima de la parte occidental
de Europa; una región caracterizada por sus inviernos fríos y sus veranos
cálidos. En países de la zona mediterránea como España, Italia y Grecia las
temperaturas son más calurosas. En el interior de Europa el efecto moderador del
mar desaparece, por lo que los países al este de Polonia experimentan
condiciones climáticas mucho más frías y secas.© Microsoft Corporation.
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Aunque gran parte de Europa está situada en latitudes septentrionales, los mares
que rodean el continente, relativamente cálidos, proporcionan a la mayor parte
de Europa central y occidental un clima moderado, con inviernos fríos y veranos
templados. Los vientos del oeste, dominantes, calentados en parte al pasar sobre
la corriente oceánica del Atlántico Norte (corriente del Golfo), traen
precipitaciones durante casi todo el año. En la zona climática mediterránea
(España, Italia y Grecia) los meses de verano suelen ser calurosos y secos, y la
mayoría de las precipitaciones se recogen en otoño y primavera. Aproximadamente
a partir de Polonia central, hacia el este, se reduce el efecto moderador de los
océanos y, como consecuencia, el clima es más frío y seco. Las partes
septentrionales del continente también tienen este tipo de clima. Las
precipitaciones anuales varían entre los 510 y los 1.530 milímetros.
2.4 Flora
Olivo El olivo se extiende por toda la zona mediterránea. De su fruto, la oliva
o aceituna, se extrae el aceite de oliva de tan alta calidad culinaria.age
fotostock
Aunque buena parte del continente, en particular el oeste, estaba en su origen
cubierta de bosques, la flora ha sido transformada por la expansión humana y el
desmonte. Sólo los bosques de las zonas montañosas más septentrionales y de
zonas del norte y centro de la Rusia europea han permanecido relativamente a
salvo de la actividad humana. Por otra parte, Europa está cubierta en su mayoría
de bosques plantados (repoblación forestal) o que han vuelto a ocupar tierras
desmontadas. La zona de vegetación más grande de Europa, que corta la mitad del
continente desde el Atlántico a los Urales, es un cinturón de árboles de hoja
caduca y coníferas: robles, arces y olmos mezclados con pinos y abetos. Las
regiones árticas de Europa septentrional y las vertientes superiores de sus
montañas más altas se caracterizan por la vegetación de tundra, constituida
fundamentalmente por líquenes, arbustos y flores salvajes. Las temperaturas del
interior de Europa septentrional, más suaves pero aún frías, crean un ambiente
favorable al desarrollo de bosques de coníferas como la picea y el pino, aunque
también hay abedules y álamos. La mayor parte de la gran llanura europea está
cubierta de praderas, zonas de hierbas relativamente altas; Ucrania se
caracteriza por la estepa, una región llana y seca con hierbas cortas. Las
tierras que bordean el Mediterráneo destacan por los frutos de algunos de sus
árboles y arbustos, en especial aceitunas, cítricos, higos y uvas.
2.5 Fauna
Cigüeña blanca común Especie migratoria común en partes de Europa, África y
Asia. Emparentada con las garzas y los ibis, suele verse en áreas pantanosas o
en las márgenes de ríos y lagos, donde captura peces, anfibios, aves pequeñas y
mamíferos. Construye toscos nidos de ramas y otros materiales en árboles altos
así como en torres, edificios y chimeneas.Oxford Scientific Films/Richard
Packwood/BBC Natural History Sound Library. Reservados todos los derechos.
Alcotán Ave europea que habita en bosques abiertos en nidos viejos de otras
rapaces; muy veloz y gran cazador se alimenta sobre todo de libélulas. Su
plumaje rayado en el vientre y pecho, y su bigotera muy marcada es lo más
característico del alcotán.Bruce Coleman, Inc./H. Reinhard
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En otras épocas, Europa fue el hogar de una gran variedad de animales, como el
ciervo, el alce, el bisonte, el jabalí, el lobo y el oso. Sin embargo, los
humanos han ocupado o desarrollado tal cantidad de territorio europeo que
numerosas especies animales se han extinguido o reducido su número. El ciervo,
el alce, el lobo y el oso se pueden encontrar en estado salvaje y en cantidades
significativas sólo al norte, en Escandinavia y Rusia, y en la península de los
Balcanes. En otras zonas habitan sobre todo en reservas protegidas. Los saamis
(lapones) del extremo norte crían renos (caribúes domesticados). El rebeco y el
íbex (íbice) viven en las cumbres más altas de los Pirineos y los Alpes. En
Europa todavía hay muchos animales pequeños como la comadreja, el hurón, la
liebre, el conejo, el erizo, el lemming, el zorro y la ardilla, y gran número de
pájaros autóctonos, como el águila, el halcón, el pinzón, el ruiseñor, el búho,
la paloma, el gorrión y el tordo. Se cree que las cigüeñas traen buena suerte a
las casas donde anidan, en especial en los Países Bajos, y los cisnes adornan
los ríos y lagos europeos. Los salmones de Escocia, Irlanda y el Rin son muy
apreciados por los europeos y en las aguas costeras marinas hay gran variedad de
peces, incluidos especímenes de importancia comercial como el bacalao, la
caballa, el arenque y el atún. En los mares Negro y Caspio hay esturiones, de
los que se extrae el caviar.
2.6 Recursos minerales
En Europa existe una gran variedad de recursos minerales. Hay grandes
yacimientos de carbón en varias zonas del Reino Unido, en la región alemana del
Ruhr y en Polonia, Bélgica, la República Checa, Eslovaquia, Francia y Ucrania.
Hoy día las mayores fuentes europeas de mineral de hierro son las minas de
Kiruna (al norte de Suecia), la región de Lorena (en Francia) y Ucrania. En
algunas zonas de Europa se produce petróleo y gas natural en pequeñas
cantidades, pero las dos regiones más importantes en este sentido son el mar del
Norte (que explotan en su mayoría Gran Bretaña, los Países Bajos, Alemania y
Noruega) y las antiguas repúblicas soviéticas, en especial Rusia. Entre otros
muchos yacimientos minerales destacan los de cobre, plomo, estaño, bauxita,
mercurio, manganeso, níquel, oro, plata, potasio, arcilla, yeso, dolomita y sal.
3. Los Pueblos europeos
Aunque no se sabe con exactitud cuando se establecieron en Europa, los primeros
grupos humanos emigraron probablemente desde el Este en varias oleadas, en su
mayor parte a través de un puente de tierra, que ya no existe, desde Asia Menor
a los Balcanes y a través de las praderas del norte del mar Negro y desde el
sur, a través de la península Ibérica. Alrededor del año 4.000 a.C. algunas
zonas de Europa ya tenían una considerable población. Barreras geográficas como
los bosques, las montañas y los pantanos contribuyeron a dividir a los pueblos
en grupos que permanecieron separados durante largos periodos. No obstante, como
resultado de las migraciones hubo una constante mezcla racial.
3.1 Etnología
En Europa existe una gran variedad de grupos étnicos (personas unidas por una
cultura común, fundamentada principalmente en la lengua). La mayor parte de las
naciones europeas se componen de un grupo dominante, como los alemanes en
Alemania y los franceses en Francia. En varios países, sobre todo en el sur y el
centro de Europa, hay minorías étnicas; además, la mayoría de los países
contienen grupos más pequeños, como los saamis (lapones) de Noruega. Además, un
número considerable de turcos, negros africanos y árabes viven en Europa
occidental, la mayor parte de ellos como trabajadores temporales. A partir de
1989 y hasta 1991 se produjo la desmembración de la URSS en 15 repúblicas
distintas, cada una con su grupo étnico dominante. Los croatas, eslovenos y
macedonios, que constituían la mayoría de la población de sus respectivas
repúblicas en Yugoslavia, votaron a favor de la separación de Yugoslavia en 1991
para convertirse en Estados independientes. Bosnia-Herzegovina, con una variedad
de grupos étnicos mucho más diversa, se convirtió en el escenario de un
dramático conflicto étnico que tuvo lugar tras la declaración de independencia
de dichas repúblicas en 1992.
3.2 Demografía
La distribución de la población europea no ha sido estable durante largos
periodos, si bien su incremento ha sido notorio a lo largo de la historia,
debido a la diferencia entre las tasas de natalidad y mortalidad y a los
movimientos migratorios de todo tipo. A principios de la era cristiana, la parte
más densamente poblada de Europa bordeaba el mar Mediterráneo. En la década de
1980 Europa tenía la densidad de población total más alta del mundo. La zona más
densamente poblada era el cinturón que comenzaba en Gran Bretaña y continuaba
hacia el este a través de los Países Bajos, Alemania, Checoslovaquia, Polonia y
la URSS europea. En el norte de Italia también había una gran densidad de
población.
La tasa media de crecimiento anual de la población europea durante el periodo
comprendido entre 1980 y 1987 sólo fue del 0,3% (en el mismo periodo la
población de Asia creció cerca del 0,8% anual, y la de Estados Unidos un 0,9%
anual). En la misma época, hubo grandes variaciones en la tasa de crecimiento
según los países europeos. Así, a finales de la década de 1980, Albania tenía
una tasa de crecimiento anual del 1,9% aproximadamente y España del 0,5%,
mientras que las tasas de las ciudades de Gran Bretaña no cambiaron
significativamente y las de la antigua República Democrática Alemana
descendieron. En conjunto, la lentitud de la tasa de crecimiento de población se
debió sobre todo a la baja tasa de natalidad. Generalmente, los europeos
disfrutan al nacer de una de las más elevadas tasas de esperanza de vida, unos
75 años en la mayoría de los países, si la comparamos con las mismas tasas en la
India y la mayoría de los países africanos, por debajo de los 60 años.
Los movimientos de la población, voluntarios o involuntarios, han sido una
característica constante en la vida europea. A finales del siglo XX destacaron
dos movimientos: la migración de personas en busca de trabajo como ‘trabajadores
invitados’ (en alemán, gastarbeiter) y la migración de zonas rurales a zonas
urbanas. Trabajadores italianos, yugoslavos, griegos, españoles y portugueses
(al igual que turcos asiáticos, norteafricanos y de otras zonas no europeas) se
trasladaron, en su mayoría sin la intención de establecerse permanentemente, a
Alemania, Francia, Suiza, Gran Bretaña y otros países en busca de empleos.
Además, muchos europeos emigraron desde zonas rurales hasta las ciudades dentro
de las fronteras nacionales (éxodo rural). Entre 1950 y 1975, la población
urbana de Europa occidental aumentó de un 70% aproximadamente a casi un 80%; en
Europa oriental creció del 35% al 60%. Por otra parte, en comparación con las
emigraciones del siglo XIX y principios del XX, muy pocos europeos salieron del
continente. La mayor parte de las personas que dejaron Europa a finales del
siglo XX emigraron a Sudamérica, Canadá o Australia.
En la mayor parte de los países europeos la capital de la nación es la ciudad
más grande, pero además hay muchas otras ciudades importantes. Numerosas
capitales europeas tienen una gran trascendencia económica y cultural y albergan
numerosos lugares históricos. Entre las ciudades más famosas se encuentran
Berlín, Budapest, Londres, Madrid, Barcelona, Moscú, París, Praga, Roma,
Estocolmo y Viena.
3.3 Idiomas
Los europeos hablan una gran variedad de idiomas. Las principales familias
lingüísticas están formadas por las lenguas eslavas, que incluyen el ruso, el
ucraniano, el bielorruso, el checo, el eslovaco, el búlgaro, el polaco, el
esloveno, el macedonio y el serbo-croata; las lenguas germánicas, que engloban
el inglés, el alemán, el neerlandés, el danés, el noruego, el sueco y el
islandés; las lenguas románicas, entre las que se encuentran el italiano, el
francés, el español, el catalán, el portugués y el rumano. Estos idiomas tienen
básicamente los mismos orígenes y se clasifican dentro de las lenguas
indoeuropeas, que también comprenden el griego, el albanés y lenguas celtas como
el gaélico, el galés y el bretón. Además de las lenguas indoeuropeas, en el
continente hay pueblos que hablan lenguas ugrofinesas, además de otras lenguas,
como el vasco (euskera) y el turco. Muchos europeos utilizan el inglés, el
alemán, el español o el francés como segunda lengua.
3.4 Religión
A finales de la década de 1980 la mayor parte de los europeos se declaraban
cristianismo. El grupo religioso más numeroso, el católico, vive principalmente
en Francia, España, Portugal, Italia, Irlanda, Bélgica, el sur de Alemania y
Polonia. Otro gran grupo lo componen las confesiones protestantes, concentradas
en países del norte y el centro de Europa, como Inglaterra, Escocia, el norte de
Alemania, los Países Bajos y los países de Escandinavia. El tercer grupo
cristiano más importante era el ortodoxo, sobre todo en Rusia, Georgia, Grecia,
Bulgaria, Rumania, Serbia y Montenegro. Además, había comunidades judías en la
mayoría de los países europeos (la más numerosa en Rusia), mientras que los
habitantes de Albania, Bosnia-Herzegovina y Turquía eran en su mayor parte
musulmanes.
3.5 Cultura
En Europa hay una gran tradición cultural reflejada en la calidad de su
literatura, pintura, escultura, arquitectura, música y danza. A finales del
siglo XX París, Roma, Londres, Berlín, Barcelona, Madrid y Moscú eran centros
culturales especialmente famosos, pero otras muchas ciudades también mantenían
museos, grupos musicales y teatrales y otras instituciones culturales. Los
medios de comunicación (radio, televisión y cine) de buena parte de los países
europeos han alcanzado un gran desarrollo. También hay excelentes sistemas de
enseñanza y la tasa de alfabetización es alta en la mayoría de las ciudades.
Algunas de las más antiguas y mejores universidades del mundo, como Cambridge,
Oxford, París, Heidelberg, Praga, Upsala, Bolonia, Salamanca y Moscú se
encuentran en Europa.
4. Economía
Durante mucho tiempo, Europa ha dirigido las actividades económicas mundiales.
Como lugar de nacimiento de la ciencia moderna y la Revolución Industrial,
adquirió una superioridad tecnológica sobre el resto del mundo, lo cual le
proporcionó un dominio incuestionable durante el siglo XIX. La Revolución
Industrial, que comenzó en Gran Bretaña en el siglo XVIII y desde allí se
difundió a todo el mundo, implicaba el uso de maquinaria compleja y dio lugar a
un gran incremento en la producción agrícola y a nuevas formas de organización
económica. A partir de mediados del siglo XX, la creación de importantes
organizaciones supranacionales como la Unión Europea, la Asociación Europea de
Libre Comercio y la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico ha
estimulado el crecimiento económico.
4.1 Agricultura
En general, la agricultura europea es de tipo mixto: se producen varios tipos de
cultivos y actividad ganadera en la misma región. La parte europea de la antigua
URSS es una de las pocas regiones extensas donde predomina el monocultivo. Las
naciones mediterráneas mantienen un tipo de agricultura distinto, dominado por
la producción de cereales, aceite y cítricos. En la mayoría de estos países la
agricultura tiene más importancia en la economía nacional que en los países del
norte. En Europa occidental las industrias de productos cárnicos y lácteos son
las más relevantes. La importancia de los cultivos crece a medida que se avanza
hacia el este, como en la península de los Balcanes, donde suman aproximadamente
un 60% de la producción agrícola, y en Ucrania, donde la producción de cereales
eclipsa a cualquier otro tipo de cultivo. Europa en su totalidad destaca
particularmente por su elevada producción de trigo, cebada, avena, centeno,
maíz, patatas (papas), judías, guisantes (chícharos) y remolacha azucarera
(betabel). Además de ganado vacuno, se crían grandes cantidades de ganado
porcino, caprino y animales de granja.
A finales del siglo XX, Europa era autosuficiente en los productos agrícolas
básicos. En buena parte de la tierra arable se utilizaban técnicas avanzadas de
agricultura, como la aplicación de maquinaria moderna y fertilizantes químicos,
pero en regiones del sur y sureste de Europa aún dominaban la técnicas
tradicionales, poco eficientes. Durante gran parte del periodo en el que los
regímenes comunistas ocuparon el poder en Europa oriental, la agricultura de
estos países (con la excepción de Polonia y Yugoslavia) se basó en grandes
granjas y comunas estatales.
4.2 Silvicultura y pesca
Los bosques septentrionales, que se extienden desde Noruega a través del norte
de la Rusia europea, son la principal fuente de productos forestales de Europa.
Suecia, Noruega, Finlandia y Rusia tienen industrias forestales relativamente
grandes que producen pasta de madera, madera para la construcción y otros
artículos. En Europa meridional, España y Portugal fundamentalmente, se
manufacturan gran variedad de productos del corcho extraído del alcornoque.
Aunque todos los países europeos costeros poseen alguna industria pesquera, la
pesca tiene gran importancia en los países del norte, en especial Noruega y
Dinamarca. España, Rusia, Gran Bretaña y Polonia también son naciones pesqueras
destacadas.
4.3 Minería
La distribución actual de la población de gran parte de Europa ha estado
determinada por antiguas actividades mineras, en especial por la explotación de
carbón. Zonas carboníferas, como los Midlands (en Gran Bretaña), la región del
Ruhr (en Alemania) y Ucrania atrajeron a las industrias y estimuló la creación
de estructuras industriales que permanecen actualmente. Aunque el número de
personas dedicadas a la minería está descendiendo en Europa, principalmente a
causa de la mecanización, todavía existen varios centros importantes: el Ruhr
(en Alemania), Silesia (en Polonia) y Ucrania son productores importantes de
carbón. Se produce mineral de hierro en abundancia al norte de Suecia, al este
de Francia y en Ucrania. Se extrae gran variedad y cantidad de otros minerales,
como la bauxita, el cobre, el manganeso, el níquel, el potasio y el mercurio (en
España). Una de las más recientes e importantes industrias de extracción en el
continente es la producción de petróleo y gas natural en zonas cercanas a la
costa, en el mar del Norte. Durante mucho tiempo se han extraído grandes
cantidades de estos productos en la parte meridional de la Rusia europea, en
especial en la región del Volga.
4.4 Industria
Desde la Revolución Industrial, el sector secundario transformó radicalmente las
estructuras económicas y ayudó en la formación de unos nuevos patrones vitales y
culturales en Europa. Las zonas centrales y septentrionales de Inglaterra se
convirtieron pronto en centros de industria moderna, al igual que las regiones
del Ruhr y Sajonia (en Alemania), el norte de Francia, Silesia (en Polonia) y
Ucrania. El hierro y el acero, los metales fabricados, los tejidos, los barcos,
los vehículos motorizados, y el material móvil han sido productos fundamentales
en la industria europea durante mucho tiempo. La elaboración de productos
químicos y equipo electrónico y de otros artículos de alta tecnología ha
estimulado el crecimiento de la industria durante el periodo posterior a la II
Guerra Mundial. En conjunto, la actividad se concentra en especial en la parte
central del continente (una zona que se extiende por Inglaterra, el sur y el
este de Francia, el norte de Italia, Bélgica, los Países Bajos, Alemania,
Polonia, la República Checa, Eslovaquia, el sur de Noruega y el sur de Suecia),
así como en la Rusia europea y Ucrania.
4.5 Energía
Europa consume gran cantidad de energía. Las principales fuentes energéticas son
el carbón, el lignito, el petróleo, el gas natural y la energía nuclear e
hidroeléctrica. En Noruega, Suecia, Francia, Suiza, Austria, Italia y España hay
importantes instalaciones hidroeléctricas, que proporcionan gran parte de la
producción anual de electricidad. La energía nuclear es importante en Francia,
Gran Bretaña, Alemania, Bélgica, Lituania, Ucrania y otras antiguas repúblicas
soviéticas, Suecia, Suiza, Finlandia y Bulgaria. Irlanda se distingue del resto
de los países europeos en la utilización de la turba como principal fuente
energética para uso doméstico; también se utiliza para generar electricidad.
4.6 Transporte
Puente Erasmo, Rotterdam Concluido en 1996, el puente Erasmo salva el curso del
Nieuwe Mass (Nuevo Mosa), uno de los múltiples brazos en que se bifurcan los
ríos Rin y Mosa en su desembocadura, uniendo los dos sectores de la ciudad de
Rotterdam. Con sus 800 m de longitud y sus 139 m de altura, constituye, por su
belleza e importancia, una de las obras arquitectónicas contemporáneas más
importantes de los Países Bajos. Su nombre es un sincero homenaje al escritor,
erudito y humanista holandés Erasmo de Rotterdam, nacido en 1466 en la ciudad.B
and International Picture Service, Amsterdam
El sistema de transportes europeo está muy desarrollado, y es más denso en la
parte central del continente. Escandinavia, la antigua URSS europea y el sur de
Europa poseen infraestructuras de transporte menos desarrolladas. Existe gran
número de vehículos privados y buena parte de las mercancías se transportan por
carretera. Las redes de ferrocarril están en buen estado en la mayor parte de
los países europeos y son importantes para el transporte tanto de personas como
de mercancías. El transporte marítimo tiene un papel destacado en la economía
europea. Varios países, como Grecia, Gran Bretaña, Italia, Francia, Noruega y
Rusia mantienen grandes flotas de barcos mercantes. Rotterdam (en los Países
Bajos) es uno de los puertos con mayor tráfico del mundo. Otros puertos
importantes son Amberes (en Bélgica), Marsella (en Francia), Hamburgo (en
Alemania), Londres (en Gran Bretaña), Génova (en Italia), Gdańsk (en Polonia),
Bilbao (en España) y Göteborg (en Suecia). Una buena parte de las mercancías se
transportan al interior por vías fluviales; los ríos europeos con un tráfico
comercial destacado son el Rin, el Escalda, el Sena, el Elba, el Danubio, el
Volga y el Dniéper. Además, en Europa hay varios canales importantes. Casi todos
los países europeos cuentan con aerolíneas nacionales, y algunas, como Air
France, British Airways, Swissair, Iberia, Lufthansa (Alemania) y KLM (los
Países Bajos) tiene importancia mundial. La mayoría de los sistemas de
transporte de los países europeos son estatales. Desde la II Guerra Mundial se
han construido numerosos oleoductos para transportar petróleo y gas natural. La
Unión Europea (UE) ha propiciado el desarrollo de importantes redes
transeuropeas a través de sus países miembros.
4.7 Comercio internacional
En su mayoría, los países europeos mantienen un notable comercio internacional.
Gran parte de dicho comercio es de carácter interior, en especial entre miembros
de la Unión Europea, pero los europeos también comercian a gran escala con
países de otros continentes. Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia y los
Países Bajos se encuentran entre las principales naciones mercantiles del mundo.
Una buena parte del comercio intercontinental europeo se basa en la exportación
de productos industriales y en la importación de materias primas.
5. Historia
El rapto de Europa El rapto de Europa, cuadro pintado por el artista italiano
del siglo XVI Paolo Veronese, retrata el amor entre el dios griego Zeus y la
joven de belleza legendaria Europa. De acuerdo con la mitología griega, Zeus vio
a la joven princesa mientras ésta recogía flores y se enamoró al instante de
ella. Se convirtió en un toro y se la llevó por la fuerza a la isla de Creta,
donde ella le dio tres hijos.Culver Pictures
Desde la prehistoria hasta la actualidad, Europa ha sido ocupada por numerosos
pueblos. El siguiente resumen sólo incidirá en aquellos hechos, desarrollos,
tendencias e individuos que han sido responsables de transiciones o
transformaciones decisivas en Europa a través de los siglos. Hasta cierto punto,
las secciones de historia de los artículos de los países europeos contienen
datos más detallados sobre el origen, crecimiento y estado actual de la
civilización occidental. Dichas secciones también remiten al lector a una gran
variedad de artículos que tratan aspectos más amplios de la civilización
europea. Es más, varios artículos contienen referencias a otras entradas
relacionadas con los acontecimientos continentales. Un repaso de todo el
material pertinente puede ser un requisito anterior a la comprensión adecuada de
Europa en cualquier época.
5.1 Prehistoria y antigüedad
El hombre moderno (Homo sapiens sapiens) apareció por primera vez en Europa a
finales del paleolítico (antigua edad de piedra). Los cazadores y recolectores
dejaron tras de sí notables ejemplos de arte rupestre (hace entre 25.000 y
10.000 años), que se han encontrado en más de 200 cuevas, principalmente en
Francia y España. Hace unos 10.000 años, al final del pleistoceno (el más
reciente de los periodos glaciales) el clima comenzó a mejorar y se aproximó
gradualmente a las condiciones actuales. Con el tiempo, los pueblos del
neolítico desarrollaron economías agrícolas que sustituyeron a la caza y la
recolección. Durante el sexto milenio a.C., la agricultura se extendió a la
mayor parte de Europa occidental. Algunas de estas culturas neolíticas, que
nacieron alrededor del año 5.000 a.C., erigieron enormes monumentos de piedra
(megalitos), bien como estructuras funerales, bien como monumentos
conmemorativos de hechos notables. El desarrollo del neolítico temprano fue
especialmente intenso en las zonas del Danubio y los Balcanes, en las llamadas
culturas de Starcevo (cerca de Belgrado, en la Serbia actual) y Danubiana. En
los Balcanes meridionales, la cultura de Sesklo (en Tesalia) había desarrollado
complejas formas protourbanas alrededor del año 5.000 a.C. Ésta, a su vez,
condujo a la cultura de Dimini (también en Tesalia), caracterizada por las
aldeas fortificadas. Las excavaciones en los Balcanes han demostrado que en la
zona se utilizaba el cobre en el año 4.000 a.C. aproximadamente, durante la
cultura de Vinca (alrededor del año 4.500-3.000 a.C.). En esta época, el
comercio, especialmente del ámbar procedente del mar Báltico, adquiría cada vez
más importancia. Los grandes yacimientos de cobre y estaño de Europa central
(Bohemia) permitieron el desarrollo de la tecnología del bronce durante el
tercer milenio a.C. Las tumbas aristocráticas típicas de este periodo se cubrían
con túmulos o tumuli, pero a finales del segundo milenio antes de Cristo hubo un
cambio: la cremación se convirtió en algo común, y los entierros en urnas (que
dieron paso a la denominada cultura de los Campos de Urnas) se convirtieron en
una costumbre establecida.
5.1.1 La llegada de los indoeuropeos
Las investigaciones aún no han determinado con exactitud donde se originaron las
lenguas indoeuropeas que se hablan en gran parte de Europa en la actualidad.
Algunos investigadores creen que la cultura del kurgan (túmulo), que se inició
al norte del mar Negro alrededor del año 2500 a.C., fue una primitiva cultura
indoeuropea. De acuerdo con esta teoría, en el año 2220 a.C. aproximadamente,
estos indoeuropeos invadieron y se extendieron por los Balcanes, e introdujeron
los caballos en la región; después se dispersaron por toda Europa. Por
consiguiente, a mediados de la edad del bronce los pueblos de los Balcanes y
Europa central pudieron haber hablado lenguas indoeuropeas. No obstante, y con
la excepción de las civilizaciones de Creta y Grecia, en el segundo milenio
a.C., la mayor parte de Europa desconocía la escritura.
La primera civilización que maduró en Europa fue la de Creta, en el segundo
milenio a.C. Llamada civilización minoica por el legendario rey Minos, esta
sociedad de la edad del bronce controló el Egeo alrededor del año 1600 a.C.
(véase Civilización del Egeo). La fecha de la llegada de los primeros invasores
griegos a Grecia es poco fiable. Muchos eruditos están de acuerdo en que fue
cerca del año 1900 a.C. Hacia el año 1400 a.C. aproximadamente, estos griegos
(llamados micénicos por su principal ciudad, Micenas) habían conquistado los
dominios cretenses. La civilización micénica mantenía contactos comerciales con
Oriente Próximo y Britania. No obstante, después del año 1200 a.C., la sociedad
micénica fue casi totalmente destruida debido a la invasión de los pueblos del
Norte, probablemente de griegos dorios, quienes, a pesar de tener una cultura
menos avanzada, habían aprendido a fabricar armas de hierro. El comienzo de la
edad del hierro se caracterizó por una regresión cultural.
5.1.2 Culturas de la edad del hierro
Daga y punta de lanza de la edad de hierro El hierro llegó a Europa
aproximadamente en el año 1000 a.C. Posibilitó la fabricación de armas más
resistentes y duraderas que las construidas con bronce. Se cree que el
procedimiento de la fundición del hierro fue inventado por los hititas, que
habitaban en la Turquía actual. No obstante, el hierro se corroe con más rapidez
que el bronce, por lo que la mayor parte de los objetos de esa era están en
malas condiciones.THE BETTMANN ARCHIVE
A finales de la edad del bronce, la población había comenzado a incrementarse
rápidamente en otras zonas de Europa. A principios de la edad del hierro, que
comenzó aproximadamente en el año 1000 a.C., las tribus de la cultura de los
Campos de Urnas de Centroeuropa comenzaron su expansión a lo largo de los ríos
más importantes y dieron lugar a importantes grupos, como los celtas y los
eslavos, al igual que los itálicos y los ilirios. Al norte de Italia, la cultura
de Villanova (alrededor de 1000-700 a.C.) adquirió gran importancia, y otra
cultura similar, la de Halstatt (aproximadamente 750-450 a.C.) se difundió a
gran parte de Europa occidental con la expansión de los celtas entre los siglos
VII y IV a.C. Los celtas también se identifican con la cultura de La Tène
(aproximadamente 450-58 a.C.), cuyo precedente inmediato era la de Halstatt.
Alrededor del año 500 a.C., los germanos comenzaron a expandirse desde
Escandinavia meridional y el Báltico. En la península Ibérica, los celtas se
encontraron el año 900 a.C. con los iberos, que ya se habían instalado en ella
mucho antes, procedentes del sur. Fue el primer gran mestizaje peninsular.
5.1.3 La supremacía de Grecia
Imperio de Alejandro Magno Este mapa ilustra las campañas militares y la
extensión del imperio del rey macedonio Alejandro Magno durante el siglo IV a.C.
Tras sofocar las rebeliones locales en el año 336 a.C., Alejandro dirigió una
gran expedición militar contra los persas, a los que derrotó en la mayoría de
las batallas, y abrió casi todo el Imperio persa a los macedonios. Después de
conquistar Babilonia, Susa y Persépolis, Alejandro avanzó hasta India y alcanzó
el río Hifasis antes de regresar a Macedonia para administrar su vasto imperio.©
Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.
Ampliar
Alrededor del año 800 a.C. la civilización griega comenzó su resurgir tras la
conmoción de la invasión doria, pero en una forma diferente de la cultura
micénica. Esto se debió en gran parte a los fenicios, que habían establecido
puestos comerciales en el Mediterráneo y difundido elementos de la civilización
de Oriente Próximo hacia el Oeste. Los griegos tomaron de ellos el alfabeto
fenicio, al que añadieron vocales llenas. En el siglo VIII a.C. las
ciudades-estado griegas comenzaron a expandirse, estableciendo colonias en el
Mediterráneo occidental; en el siglo siguiente, la civilización helénica había
alcanzado su madurez. La creación de colonias aumentó y la prosperidad del
comercio entre estos asentamientos y con otros pueblos tuvo como consecuencia la
difusión de la civilización griega. La mayoría de estas nuevas ciudades griegas,
aunque casi independientes, estaban unidas por una cultura común. Eran
conscientes de su herencia helénica y consideraban a los otros pueblos bárbaros.
La mayoría de los grupos étnicos del Mediterráneo occidental (incluidos los
etruscos, que habían sustituido a los miembros de la cultura de Villanova)
pronto adoptaron elementos de la cultura griega. La mayoría de los centros
urbanos importantes del área, griegos o no, pasaron de ser monarquías a crear
regímenes aristocráticos, que finalmente dieron lugar a oligarquías comerciales
(plutocracias).
Aproximadamente en el siglo V a. C. algunos centros griegos, como Atenas, se
habían convertido en democracias. En esa época, Grecia comenzó a ser amenazada
por la expansión del Imperio persa, fundado en el siglo anterior. Pronto los
persas conquistaron toda Asia Menor y, en el año 490 a.C., atacaron Grecia.
Después de que los persas fueran rechazados definitivamente (479 a.C.), la
Atenas democrática surgió como la mayor potencia del mundo griego. Se estableció
un imperio ateniense en el Egeo que precipitó la integración económica y
cultural de la región; el siglo V a.C. fue la edad de oro de la civilización
griega clásica. No obstante, las políticas expansionistas atenienses y las
antiguas rivalidades económicas y políticas provocaron la guerra del Peloponeso
(431-404 a.C.) en la que gran parte de Grecia fue devastada; las guerras entre
las ciudades griegas continuaron en el siglo siguiente.
Macedonia, situada al norte de Grecia, no había sido en su origen parte del
mundo griego. Alrededor del siglo IV a.C., sin embargo, su clase dirigente se
había helenizado. Bajo Filipo II, Macedonia conquistó gran parte de Grecia, y su
hijo, Alejandro Magno añadió el Imperio persa a estas posesiones. Tras su
muerte, sus sucesores dividieron el imperio, por lo que los centros de gravedad
durante el siguiente periodo (conocido como helenístico) se trasladaron a
ciudades como Alejandría, en Egipto, y Antioquía, en Turquía. Finalmente,
Macedonia y Grecia fueron conquistadas por Roma en el siglo II a.C.
5.1.4 El dominio de Roma
Imperio romano, 117 d.C. En términos de extensión absoluta, Roma alcanzó su
cenit bajo el reinado de Trajano. Trajano, un gobernante de la dinastía
Antonina, conquistó Dacia (en la actualidad parte de Rumania y Hungría) y parte
de Arabia, y consiguió varias victorias importantes en Partia (Irán).© Microsoft
Corporation. Reservados todos los derechos.
Al contrario que Grecia, a principios de la edad del hierro Italia estaba
fragmentada en numerosos grupos étnicos y lingüísticos. Mezclados entre las
primeras culturas neolíticas, hubo varios grupos de indoeuropeos que se
infiltraron en el norte de Italia a finales del segundo milenio a.C. y
posteriormente se expandieron por toda la península. El más numeroso de estos
grupos fueron los itálicos. Una importante cultura de la edad del hierro (la de
Villanova) se desarrolló al norte y tuvo un gran impacto en las regiones
vecinas. Probablemente durante el siglo X a.C., los etruscos, o al menos su
clase dirigente, emigraron desde Asia Menor. Se establecieron en Italia central
y septentrional y crearon una civilización compuesta por elementos villanovianos
y orientales. A esto se añadió una intensa influencia de la civilización griega,
incluido el alfabeto, procedente de las colonias griegas del sur.
Alrededor de esta época —la fecha tradicional es el año 753 a.C.— se fundó Roma
junto al río Tíber. Los romanos eran un pueblo latino perteneciente al grupo
itálico. Roma (al principio una simple aldea) fue ocupada y civilizada por los
etruscos hasta finales del siglo VI a.C. Posteriormente, los romanos comenzaron
la conquista de las zonas vecinas, y, a principios del siglo IV a.C., habían
conquistado la importante ciudad etrusca de Veii. Tras un revés temporal causado
por la invasión de los galos (una tribu celta), los romanos continuaron
anexionándose grandes zonas de Italia; a principios del siglo III a.C. la mayor
parte de Italia central y septentrional era romana. Al contrario que los
griegos, los romanos conectaron sus dominios con carreteras y garantizaron la
total o parcial ciudadanía a los asentamientos situados fuera de Roma, una
política que finalmente dio lugar a una lengua y una cultura más o menos
uniformes.
5.1.4.1 La expansión de Roma
En las llamadas Guerras Pírricas (280-271 a.C.), Roma consiguió el control de la
Italia meridional griega y, al absorber esta área, se helenizó en parte. La
conquista puso a Roma en confrontación directa con Cartago, una antigua colonia
fenicia del norte de África, por el control del Mediterráneo occidental. En las
posteriores guerras con Cartago (véase Guerras Púnicas), Roma obtuvo la victoria
y Sicilia, Córcega, Cerdeña, y el norte de África cayeron bajo su esfera de
influencia. El dominio romano de la península Ibérica no fue fácil y entre los
episodios de resistencia se hizo célebre la defensa de Numancia, cuyos
habitantes prefirieron morir antes de entregarse. Frente a los romanos, el héroe
peninsular Viriato inventó un tipo de acción militar que se hizo célebre, la
guerra de guerrillas. A mediados del siglo II a.C., Cartago había sido destruida
por Roma, que también conquistó Macedonia y Grecia. Los romanos limpiaron los
mares de piratas y extendieron sus carreteras por toda la región, con lo que
facilitaron las comunicaciones y favorecieron la unión cultural. Esta amalgama
cultural romano-helenística fue bilingüe: el latín dominó al oeste y el griego
al este.
5.1.4.2 El Imperio romano
Augusto Augusto, el primer gobernante de Roma después de que se convirtiera en
un imperio. Restauró el orden civil, la paz y la prosperidad en una ciudad que
había sufrido con el asesinato de Julio César varias décadas de guerras civiles.
Nacido Cayo Octavio y adoptado por César, recibió del Senado el nombre de
Augusto, que significa ‘consagrado’, después de vengar la muerte de César y
consolidar su poder. Más tarde recibió el título de imperator, del que se deriva
la palabra ‘emperador’.Culver Pictures
Tras un periodo de guerras civiles y luchas, la República romana se transformó
en un Imperio bajo el emperador Augusto, aproximadamente a principios de la era
cristiana. En los 200 años siguientes el nivel de prosperidad del Mediterráneo
alcanzó un grado tal que en muchos aspectos no pudo ser igualado hasta 1.500
años después. El Imperio romano asimiló a numerosos pueblos; además, en el año
212 d.C., la mayor parte de los hombres libres nacidos dentro de los confines
del Imperio se convirtieron en ciudadanos romanos. Este concepto de ciudadanía
universal fue único en el mundo antiguo. Más allá de las fronteras del Imperio,
ciertos elementos de la cultura grecorromana influyeron también en las tribus
celtas y germanas. La península Ibérica sufrió un profundo proceso de
romanización. Se dice que era ‘el granero de Roma’ y una de sus provincias más
ricas. Romanos famosos nacidos en la península fueron Quintiliano, el poeta
Lucano y el filósofo Séneca.
El siglo III d.C. fue una época de quiebra de las estructuras imperiales,
después de la cual el emperador Diocleciano reorganizó el Imperio. Muchas de sus
reformas económicas y sociales anticiparon la edad media y sus cambios
administrativos acabaron con la supremacía de Italia. En el siglo IV, bajo
Constantino I el Grande, Constantinopla (actual Estambul) reemplazó a Roma como
capital, y el cristianismo se convirtió de hecho, si bien no oficialmente, en la
religión del Estado. En el siglo V, tras la caída del Imperio romano de
Occidente ante los grupos germánicos invasores, que dio lugar a la instauración
de una serie de reinos germanos, la Iglesia conservó la herencia romana. La
romanización del Imperio había sido tan completa que hoy día las lenguas que se
derivan del latín se hablan en Francia, España, Portugal, Italia, partes de
Suiza y Rumania.
5.1.5 Las grandes migraciones
Mientras la civilización se consolidaba en el Mediterráneo, en otras partes de
Europa hubo grandes cambios. Las culturas de la edad del bronce y del hierro de
las regiones periféricas consistían principalmente en comunidades pastoriles y
agrícolas, mucho menos estables que los asentamientos grecorromanos. Las
emigraciones de áreas más pobres a zonas más ricas fueron continuas, y el
movimiento de un pueblo o tribu desplazaba a su vez a otros pueblos y a menudo
provocaba reacciones en cadena. Los primeros en comenzar dichos movimientos
durante los siglos finales de la era precristiana y principios de la era
cristiana fueron las tribus germánicas. Estas tribus habían ocupado partes de
Escandinavia meridional y Alemania septentrional a finales de la edad del
bronce. Durante la edad del hierro comenzaron a emigrar al sur, quizás a causa
de un empeoramiento del clima. En el siglo II a.C. dos tribus germánicas, los
cimbrios y los teutones, alcanzaron la zona que hoy día es Provenza, pero fueron
rechazados finalmente por los romanos. Los suevos tuvieron más éxito y ocuparon
parte de la Alemania actual. Las tribus celtas de esa región fueron empujadas
hacia el oeste para ser conquistadas muchos años más tarde por los romanos bajo
mando de Julio César. La expansión romana hacia los territorios germánicos fue
interrumpida en el año 9 d.C., cuando tropas germánicas dirigidas por Arminio (Hermann)
aplastaron a las legiones romanas en el bosque de Teoburgo. Como consecuencia,
Roma estableció una zona de contención al este del Rin y al norte del Danubio.
Aproximadamente en el año 150 d.C., las migraciones y posteriores dislocaciones
de pueblos se intensificaron de nuevo y amenazaron las fronteras imperiales. El
emperador Marco Aurelio luchó con éxito contra los marcomanos y los cuados, al
igual que contra un pueblo no germano, los yacigos; un ejemplo de las
características de este periodo es que Marco Aurelio pasó gran parte de su
reinado luchando con las tribus invasoras. A comienzos del siglo III d.C., los
alamanes habían penetrado al norte de la frontera romana, y al este los godos
comenzaron su infiltración en la península de los Balcanes. Tras su derrota ante
las tropas imperiales, los godos se convirtieron en mercenarios de Roma.
Durante la segunda mitad del siglo III, los grupos germánicos (incluidos los
francos) penetraron en el Imperio. Se hicieron grandes esfuerzos para fortalecer
las defensas interiores. Bajo el emperador Aureliano se construyó una muralla
alrededor de la misma Roma, Dacia fue abandonada, y se reclutaron cada vez más
mercenarios germánicos para formar parte de los ejércitos romanos. Roma sólo
pudo capear la crisis del siglo III gracias a la reestructuración del Imperio
por parte de Diocleciano, realizada en principio para enfrentarse a las tribus
germanas con más eficiencia. Después de la mitad del siglo IV la situación
parecía estar bajo control, pero un nuevo pueblo, los hunos, invadió Europa
desde Asia central y causó una nueva serie de reacciones. Los godos fueron
empujados hacia los Balcanes y derrotaron a los romanos en Adrianópolis en el
año 378. En el 410 los visigodos de Alarico I saquearon Roma y provocaron una
conmoción en todo el Imperio. Poco después los vándalos, tras atravesar la
península Ibérica, penetraron en el norte de África bajo dominio romano y
establecieron un reino. En el año 451 un ejército romano, formado en gran parte
por visigodos, derrotó a los hunos de Atila, pero años más tarde Roma fue
saqueada de nuevo, esta vez por los vándalos. En ese momento Britania, Galia e
Hispania estaban ocupadas por tribus germánicas. El final del Imperio de
Occidente llegó en el año 476, cuando mercenarios germánicos depusieron al
emperador Rómulo Augústulo y convirtieron a su jefe, Odoacro, en rey de Italia.
En esta época, Hispania estaba dominada ya por los visigodos, que habían
abrazado la herejía arriana, que no aceptaba que Cristo fuera parte de la
Santísima Trinidad, considerándolo simplemente un profeta. A partir del dominio
romano, florecieron mártires y santos.
5.2 Inicios de la edad media
Rómulo Augústulo fue depuesto en el año 476 sin haber designado heredero, y
cuando a Zenón, el emperador del Imperio de Oriente, le aconsejaron que no había
una razón inmediata para designar un sucesor, la sugerencia parecía razonable.
En teoría, en la ley y en los corazones del pueblo, el Imperio era invulnerable.
Muchos reinados de emperadores habían sido cortos, muchos habían terminado
violentamente y los pueblos germánicos beligerantes habían estado presentes en
la vida política romana durante más de un siglo. Nadie podría haber imaginado en
la época que Rómulo Augústulo (que irónicamente llevaba el nombre del legendario
fundador de Roma) iba a ser el último emperador romano de Occidente y que una
época había terminado.
5.2.1 El conflicto romano-germánico
Con el final del siglo IV los pueblos germanos del norte y el este del Imperio
romano habían comenzado un movimiento hacia el oeste y el sur. Eran pueblos
agrícolas y pastoriles y, como todos los pueblos pastores con un alto grado de
nomadismo, tenían una larga historia de migraciones.
Para afrontar la emigración germánica, Roma, con serios problemas económicos,
siguió una política de adaptación pragmática. El Imperio, cuya extensión era
excesiva, se podía permitir perder territorio, que se cedía inmediatamente a los
germanos; pero los emperadores decidieron defender puntos estratégicos vitales,
como los puertos mediterráneos, de los que dependía Europa meridional para
conseguir el imprescindible trigo norteafricano. A mediados del siglo V, sin
embargo, los grupos germánicos tenían el control político del Imperio de
Occidente. Los francos invadieron la Galia a principios del siglo V, la
península Itálica se convirtió en un reino godo por invitación del emperador,
los visigodos conquistaron la península Ibérica alrededor del año 507 y los
vándalos habían invadido las provincias del norte de África, ricas en cereales,
en el año 428 aproximadamente. En la península Ibérica, la conversión del
visigodo Recaredo al cristianismo (año 587), resolvió el conflicto que
enfrentaba a la iglesia hispanorromana con la elite invasora dominante. Se
acepta que con Recaredo se estableció un proyecto de unidad
político-territorial, incorporando a los pueblos peninsulares en el sistema
político de la monarquía visigoda.
Las tribus germánicas querían tierras y riquezas, pero también deseaban vivir
como romanos, y lo que se considera convencionalmente como la ‘barbarización’
del Imperio de Occidente debería considerarse con la misma firmeza la
romanización de los bárbaros. El conflicto básico entre ambos pueblos fue
religioso.
Los germanos occidentales eran paganos que adoraban un panteón de dioses
celestiales y deidades naturales. Los germanos orientales ya se habían
convertido al cristianismo gracias a la intensa actividad misionera desarrollada
por el obispo Ulfilas, un seguidor de la doctrina del arrianismo, que mantenía
que Cristo era totalmente humano y no tenía naturaleza divina. En el año 380
esta teoría se consideró una herejía. De este modo, los pueblos germánicos
fueron odiados y temidos menos como enemigos políticos de Roma que como
portadores de una versión herética del cristianismo.
5.2.2 Los orígenes del poder de la Iglesia
La guerra de los Países Bajos (1568-1648) Este mapa muestra la distinta
evolución de los territorios implicados en la llamada guerra de los Países
Bajos, que enfrentó a éstos contra la Monarquía Hispánica entre 1568 y 1648.©
Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.
La oposición religiosa a los invasores paganos y arrianos dio un nuevo sentido a
la Iglesia y al Papado durante este periodo. El gobierno eclesiástico se había
organizado de forma muy parecida a la administración provincial romana: el
control estaba en las manos de los obispos independientes locales. No obstante,
tres obispados, Alejandría, Antioquía y Roma, ocuparon posiciones comparables a
las de los gobernadores provinciales, al supervisar no sólo las congregaciones
de sus propias ciudades, sino también las de los territorios vecinos. Los tres
fueron figuras de gran prestigio y cada uno recibió el título honorífico de papa
(padre). El papa de Roma tenía el prestigio adicional de ser el heredero directo
de san Pedro, el primer obispo de Roma. En principio la influencia del Papado
creció por la enorme actividad de varios papas romanos, pero la transigencia, la
parálisis y el colapso final del gobierno romano en Occidente fue un motivo aún
más importante: mientras la autoridad política se desintegraba, los obispos
permanecieron firmes en lo que ellos consideraban la verdad y el antiguo orden,
y el último representante de este orden en Roma ya no eran el emperador o el
Senado sino el papa, que ocupaba la silla de San Pedro.
5.2.3 El Imperio bizantino
Imperio bizantino El Imperio bizantino se desarrolló a partir de los territorios
orientales del Imperio romano, tras la caída de las regiones occidentales del
mismo en el siglo V. La armonía inicial entre Iglesia y Estado permitió que la
primera época del imperio (entre los siglos IV y VI) fuera de esplendor. Las
Cruzadas sometieron a un esfuerzo excesivo los territorios de Bizancio durante
el siglo XI y precipitaron la decadencia del Imperio. Constantinopla, la
capital, fue saqueada en 1204 por los cruzados venecianos y conquistada en 1453
por los turcos otomanos.© Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.
Sin embargo, un emperador romano dirigía aún el Imperio de Oriente y sus
sucesores continuarían reinando durante otros 1.000 años. Constantinopla era
ahora la ciudad que gobernaba las provincias romanas del Mediterráneo oriental,
aunque el Imperio se había transformado de tal manera que los historiadores
modernos lo han llamado bizantino en lugar de romano.
Todos los elementos básicos del Imperio bizantino estuvieron presentes en la
época del gran emperador del siglo VI, Justiniano I. La tendencia del Imperio,
presente durante toda la historia de Roma, a convertirse en una autocracia
militar quedó eliminada definitivamente durante su reinado. El gobierno se
convirtió por entero en un cuerpo profesional y civil, centrado en el palacio
imperial y, lo más importante, en el emperador mismo. La ley romana se codificó
de forma sistemática. La economía y la recaudación de impuestos se
centralizaron. La política religiosa de Justiniano también contribuyó a la
centralización. En una época de intensos conflictos religiosos y revisión de la
doctrina, el Imperio bizantino se convirtió en el Imperio ortodoxo y la religión
del emperador en la religión oficial del Estado.
En los primeros años de su reinado, Justiniano se embarcó en un intento de
reconquistar el Occidente arriano. El reino vándalo de África cayó rápidamente,
al igual que el itálico de los lombardos y la zona oriental del reino de los
visigodos en la península Ibérica. No obstante, debido a la presión continua de
los Sasánidas de Persia, el Imperio perdió su poder militar en la península
Ibérica, que resurgió como un reino visigodo con una cultura y una organización
política particulares. En Italia, las fuerzas imperiales se retiraron a Sicilia
y a su plaza fuerte del Adriático, Ravena, y dejaron el resto de la península a
los lombardos. Los Balcanes fueron completamente devastados por los ávaros y los
pueblos eslavos.
En efecto, las conquistas occidentales de Justiniano dieron a la Europa medieval
su estructura cultural característica. Los territorios europeos mediterráneos se
separaron del norte, económica y culturalmente subdesarrollado. En realidad eran
parte de Oriente Próximo, una evolución que se consumó en el siglo VII, cuando
el norte de África y el suroeste de Europa (la península Ibérica y partes del
sureste de Francia) cayeron ante los ejércitos musulmanes.
5.2.4 El ascenso de los francos
En el norte, la historia europea desde el siglo V al IX estuvo dominada por un
grupo de tribus germánicas occidentales denominadas colectivamente francos. Al
contrario que los germanos orientales, los francos se convirtieron directamente
de su antiguo paganismo al cristianismo católico, sin un periodo intermedio de
arrianismo. Los francos salios comenzaron su conversión definitiva el año 496,
después de que su jefe guerrero Clodoveo I se bautizara por el rito cristiano
junto a muchos de sus seguidores. Clodoveo I, un descendiente de Merovech o
Merowig (que reinó entre 448 y 458) y parte de la familia gobernante de los
francos salios, fue el primer rey de la dinastía merovingia. Gracias a sus
numerosas victorias contra otros pueblos y el éxito de una larga serie de
complejas disputas familiares características de la cultura franca, se convirtió
en el gobernante supremo de todos los francos.
A la muerte de Clodoveo, por la ley tradicional de los francos salios, las
tierras bajo su control se dividieron entre sus cuatro hijos. Éstos, a su vez,
dejarían sus tierras a todos sus herederos masculinos, de manera que toda la
época de gobierno merovingio se caracterizó por periodos alternos de
fragmentación y consolidación, dependiendo del número y habilidades de los
herederos.
Esta era llegó a su fin en el siglo VIII. Históricamente los últimos reyes
merovingios se ganaron el apelativo de rois fainéants (‘reyes perezosos’). Poco
a poco el poder se concentró en el cargo del mayordomo de palacio y no en el
rey, hasta que, en el año 751, el rey Childerico III y su único hijo fueron
encarcelados. Su pelo largo (simbolismo de su nobleza) fue cortado y el
mayordomo de palacio, Pipino el Breve, hijo del gran guerrero Carlos Martel, se
proclamó rey de los francos, el primero de la dinastía carolingia en asumir el
título real.
El golpe de Estado carolingio nunca habría ocurrido sin la intervención activa
del papa. En varias cartas que ambos mandatarios se cruzaron entre el año 740 y
el 750, el rey carolingio inquiría sobre la conveniencia de mejorar el gobierno
del reino, en el que todo el poder no estaba en manos del monarca; el papa
respondió citando el precedente bíblico de David, ungido por el profeta Samuel
mientras el rey Saúl aún vivía. Es más, el papa siguió el precedente y ungió a
Pipino, y seguiría ungiendo a sus descendientes en un ritual de consagración
real.
5.2.5 Carlomagno
Imperio de Carlomagno En el año 768 Carlomagno gobernaba el reino franco junto a
su hermano Carlomán. Carlomán murió en el año 771, por lo que Carlomagno se
convirtió en el único rey. Entonces conquistó Sajonia, Lombardía, Baviera y
otras zonas al este y el oeste para ampliar su imperio.© Microsoft Corporation.
Reservados todos los derechos.
El más grande de los reyes carolingios fue Carlomagno (742-814) que en su propia
época fue una figura mítica y legendaria. Su reinado marcó la culminación del
desarrollo franco. Bajo su gobierno, los francos, por medio de una serie de
conquistas, se convirtieron en los dueños de Occidente y en los garantes del
poder papal en Italia. Carlomagno derrotó a los lombardos en Italia, a los
frisios en el norte, a los sajones en el este, se anexionó el ducado de Baviera
y expulsó a los musulmanes del sur de Francia. Consolidó su poder sobre este
vasto territorio al conseguir que los miembros de los sectores terratenientes se
aliaran entre sí y con él mismo mediante juramentos especiales de lealtad, que
se recompensaban ocasionalmente con tierras de zonas recién conquistadas y con
absoluta jurisdicción sobre sus súbditos. Esta política —el primer ejemplo
importante de los crecientes lazos de dependencia personal conectados con el
poder político llamado feudalismo— no sólo proporcionó a Carlomagno un
suministro permanente de guerreros, sino que también contribuyó a controlar más
fácilmente su territorio. Los vasallos del rey y sus subordinados más cercanos,
así como los vasallos de éstos, se convirtieron a su vez en delegados y
representantes del propio monarca.
Carlomagno Carlomagno, o Carlos el Grande, fue uno de los líderes militares más
importantes del medievo. Conquistó gran parte de Europa occidental y central.
Como rey, Carlomagno revitalizó la vida política y cultural que había
desaparecido con la caída del Imperio romano cuatro siglos antes.Hulton Getty
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El aumento del sentido de misión cristiana de Carlomagno fue inseparable de la
consolidación militar y política. Fundó monasterios en territorios fronterizos
que funcionaron como establecimientos de colonizadores que sometieron los
bosques y pantanos (los imponentes hogares de los antiguos dioses paganos) al
control cristiano y los hicieron cultivables. También fueron centros de
actividad misionera y educacional, pues la expansión del cristianismo requería
un clero preparado, un rito homogeneizado y la producción de libros importantes.
La clave fue la educación, y el trabajo práctico de fundación y dotación de
personal de las escuelas monásticas y catedralicias demandaba ayuda exterior.
Carlomagno la encontró en Roma y en las tierras lombardas de Italia, donde las
antiguas tradiciones educativas no habían muerto por completo. No obstante, la
mayor contribución a la reforma educacional carolingia fue anglo-irlandesa, pues
los grandes monasterios de Inglaterra e Irlanda eran ricos en libros y en su
preparación; de hecho, el consejero principal de Carlomagno fue el erudito
inglés Alcuino de York.
Sacro Imperio Romano Germánico Denominado inicialmente Imperio de Occidente, el
Sacro Imperio Romano se desarrolló en los territorios europeos del antiguo
Imperio romano después de la adopción del cristianismo. Cuando Otón I el Grande
fue coronado rey de Germania en el 936, pronto dominó los ducados alemanes de
Sajonia, Franconia, Baviera, Suabia y Lotaringia. Tras su victoria en el 955
frente a las fuerzas magiares invasoras, comenzó la expansión del Imperio hacia
Occidente.© Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.
Ampliar
El reino de los francos, como resultado de todo ello, integró Europa territorial
y culturalmente como no se había hecho desde el Imperio romano. El día de
Navidad del año 800, Carlomagno fue a oír misa a la catedral de San Pedro de
Roma. Según se cuenta, mientras se levantaba de orar, el papa colocó una corona
en su cabeza, se inclinó ante él y le proclamó imperator et augustus ante el
pueblo. Así pues, Carlomagno se convirtió no sólo en el emperador de los
francos, sino también de Roma. El poder del nuevo Estado (que se llamó Sacro
Imperio Romano Germánico), la organización de la Iglesia y las antiguas
tradiciones de Roma se habían vuelto indistinguibles entre sí.
5.2.6 Nuevas invasiones
Asentamiento vikingo La expansión vikinga tuvo lugar entre los siglos IX y XII.
La ilustración que aquí se reproduce muestra un modelo de pequeño asentamiento
costero vikingo. Estos dinámicos escandinavos surcaron buena parte de los mares
y establecieron numerosas factorías a lo largo del mundo conocido e incluso en
territorios ignorados por las principales naciones europeas de la época, como
Norteamérica.© Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.
Los últimos años del reinado de Carlomagno estuvieron marcados por tensiones
políticas que continuaron en los reinados de sus descendientes. Por el sur se
produjo la invasión musulmana, que en sus inicios contó con el apoyo de los
judíos, que en gran número habitaban las tierras del norte de África y la
península Ibérica. El año 711 las tropas islámicas atravesaron el estrecho de
Gibraltar y se extendieron por toda la península, llegando hasta el sur de
Francia. A finales del siglo IX y durante el siglo X Europa fue el escenario de
una renovada desintegración política y una serie de invasiones desastrosas, esta
vez de los vikingos (escandinavos procedentes del norte) y de los magiares que,
procedentes de Asia, avanzaban hacia el Oeste, a través de las llanuras del
Danubio. Las tierras fronterizas dejaron de cultivarse, el comercio se
interrumpió y los viajes eran peligrosos incluso en distancias cortas.
Lectura adicional
Inicio de la islamización de la península Ibérica
La historiadora francesa Rachel Arié, distinguida especialista en el estudio de
la historia y la cultura hispanomusulmanas, es la autora de la obra de la que se
extrae el siguiente fragmento dedicado a la primigenia islamización de la
península Ibérica, consecuencia de la rápida conquista y penetración del
territorio por parte de las tropas árabes y bereberes entre los años 711 y 756.
Durante este periodo existieron varias tendencias. Por un lado, Europa
experimentó otra gran ola de fragmentación política; sin embargo, aunque las
fuerzas partidarias de la centralización política eran débiles, no puede decirse
lo mismo del poder de las familias terratenientes locales. También fue una época
de dominio de los monasterios benedictinos, grandes propietarios que se
mezclaron en la red de alianzas feudales. Finalmente, el Papado se convirtió por
derecho propio en un poder secular que ejerció un control político directo sobre
gran parte de Italia central y septentrional. Gradualmente elaboró un aparato de
autoridad central sobre las iglesias regionales y los monasterios, y, por medio
de su expansión diplomática y de la administración de justicia, también acumuló
un notable poder político en toda Europa.
5.3 Alta y baja edad media
En el año 1050 aproximadamente, Europa estaba entrando en un periodo de grandes
y rápidas transformaciones. Las condiciones de la vida material que produjeron
estos cambios aún no están del todo claras, aunque las siguientes causas se
pueden citar con seguridad: el largo periodo de emigraciones germánicas y
asiáticas había terminado y Europa disfrutaba de un nivel de población estable y
continuado, había comenzado e iba a continuar una expansión de la población de
proporciones sorprendentes. La vida urbana, que nunca cesó del todo durante los
siglos anteriores, experimentó un notable crecimiento y desarrollo, y por ello
rompió la tendencia medieval hacia la autosuficiencia económica. La economía y
el comercio, en particular en las tierras mediterráneas de Italia y el sur de
Francia y en los Países Bajos, se incrementó en cantidad, regularidad y
extensión. En la península Ibérica, los incipientes reinos cristianos del norte
iniciaron una larguísima guerra contra las sucesivas invasiones almorávides y
almohades, en una reconquista que se prolongó durante siete siglos.
5.3.1 Fermento y crecimiento intelectual
Catedral gótica Durante el siglo XII la arquitectura alcanzó una nueva cumbre en
Europa con el desarrollo del estilo gótico. Las principales características de
este estilo eran el arco y la cúpula ojival, los arbotantes, la delicada
tracería y las típicas vidrieras en forma de rosetón.Culver Pictures
A la vez que la economía europea se hacía más compleja, las instituciones
sociales y políticas también se diversificaron. En cada rama de los asuntos
públicos —gobierno local, administración de justicia, regulación del comercio y
el desarrollo de las instituciones educativas necesarias para proporcionar
personal a cada administración de acuerdo a su reglamentación— apareció una
estructura similar en complejidad y desarrollo.
Los nuevos imperativos de esta compleja vida social produjeron un fermento
intelectual sin precedentes en la historia europea. Este fermento, presente en
todas las esferas de la ciencias, ha terminado siendo conocido como el
renacimiento del siglo XII. Las leyes eclesiásticas y seculares se
sistematizaron, discutieron y cuestionaron como nunca antes. La retórica y la
lógica se convirtieron en objeto de examen por derecho propio y dieron lugar a
investigaciones de la cultura clásica, olvidada durante mucho tiempo. La
doctrina teológica fue explorada y promovió nuevos métodos de crítica. Entre
tanto, en Córdoba, capital musulmana, se produjo un notable sincretismo
religioso y cultural, ya que en esta ciudad convivieron durante siglos
musulmanes, judíos y cristianos en paz y armonía. A través de Córdoba, Europa
conoció la filosofía griega y la literatura clásica, gracias a las traducciones
árabes y a la escuela de traductores de Toledo; también gracias a ellos la
medicina, la astronomía y las ciencias antiguas y modernas penetraron en el
continente. Los árabes transmitieron a Europa las matemáticas, e introdujeron
productos como el papel, el arroz y la caña de azúcar.
Desarrollo del amor cortés El concepto de amor cortés se desarrolló entre las
clases aristocráticas de Europa a partir del siglo XI. En el amor cortés, un
hombre amaba con devoción a una mujer, apasionada pero castamente, aunque ésta
no fuera libre de corresponderle. Debido a que los matrimonios medievales
consistían a menudo en poco más que contratos comerciales, el amor cortés fue el
único romance verdadero en las vidas de muchos europeos. Como muestra esta
pintura, Couple Amoureux, (Pareja de enamorados), el amor cortés fue el tema
esencial en buena parte de las obras de los artistas, trovadores y autores
medievales.Culver Pictures
Todo ello favoreció el que los europeos occidentales comenzaron a pensar en sí
mismos de una nueva manera, un cambio que se reflejó en las innovaciones en las
artes creativas. En literatura, la lírica amorosa y el romance cortés
aparecieron en las lenguas vernáculas emergentes, y tuvo lugar un brillante
resurgir de la escritura en latín. La pintura y la escultura dedicaron nueva
atención al mundo natural e hicieron un intento sin precedentes de representar
extremos emotivos y vitales. La arquitectura floreció con la construcción, a lo
largo de rutas de peregrinaje por las que se viajaba frecuentemente, de iglesias
en un estilo que combinaba materiales y técnicas grecorromanas con una estética
totalmente nueva.
También hubo cambios de gran alcance en la vida espiritual. En el siglo XII se
establecieron nuevas órdenes religiosas, como la orden cisterciense (que intentó
purificar las tradiciones del monacato benedictino) y las órdenes de los frailes
mendicantes, que procuraron ajustar el ideal monástico a la nueva vida urbana.
En todas ellas era frecuente un nuevo sentido de piedad individual, basado no en
el ritual, sino en la identificación individual con el sufrimiento de Cristo. El
desarrollo del culto a la Virgen María, una figura relativamente poco importante
en los siglos precedentes, tuvo un espíritu similar.
5.3.2 Evolución política
Al mismo tiempo, los pueblos se empezaron a identificar a sí mismos como
miembros de grupos y comunidades con intereses distintos a los de sus vecinos.
Los hechos políticos del periodo tuvieron una relación íntima con estas nuevas
identidades.
Uno de los hechos más importantes fue el rápido ascenso hegemónico de los
normandos. Descendientes de los vikingos que se establecieron en el norte de
Francia durante los siglos IX y X y convertidos en feudatarios del rey de
Francia, los normandos entraron en escena en la historia europea en 1066, año en
que tuvo lugar la batalla de Hastings, mediante la que conquistaron Inglaterra
bajo el mando de Guillermo I el Conquistador, quien aseguró su conquista con un
programa de reasentamientos intensivos; los normandos, cuya lengua era la misma
de los francos, se convirtieron en la clase dirigente de Inglaterra, unida a
Guillermo por la concesión de tierras y las obligaciones feudales. Esta
feudalización política sistemática y la imposición de otras instituciones
normandas llevaron a Inglaterra a la principal corriente del desarrollo político
y social del continente. El hecho de que el duque de Normandía (un feudo
dependiente del rey de Francia) fuera también rey de Inglaterra, convirtiéndose
así en un personaje de igual posición y más poder, ilustra la creciente
complejidad del mundo europeo. El conflicto político, y con él la idea del
Estado como institución autónoma, fue inevitable.
En los territorios germánicos e italianos del Sacro Imperio Romano Germánico, la
nueva actividad del Papado como un órgano de gobierno real entró en conflicto
con el poder del emperador en una maraña de sucesos conocidos colectivamente
como la querella de las investiduras. Durante el primer periodo del Imperio no
se había hecho una separación estricta en teoría o en la práctica entre los
campos eclesiástico y político. Desde el momento de la alianza histórica de los
carolingios con el papa, el emperador ya no se consideró únicamente una figura
secular. De la misma manera, los obispos eran poderes seculares por derecho
propio, consejeros o siervos feudales de reyes y emperadores. No se cuestionaba
que el poder secular debía tener parte en la elección de obispos y tener una
presencia activa en la coronación o investidura episcopal. Precisamente esta
práctica provocó la lucha cuando el papa Gregorio VII declaró la primacía de la
Iglesia en la elección y consagración de sus propios funcionarios.
El resultado más importante de la controversia fue que cuestionaron todas las
relaciones entre Iglesia y Estado. Dentro de la teología, el derecho y la teoría
política, el Estado, como entidad secular, fue examinado críticamente, al igual
que la Iglesia, no sólo como comunidad de devotos cristianos, sino también como
una aristocracia administrativa de obispos al servicio del papa. A finales del
siglo XII la Iglesia se convirtió en un gran poder político europeo junto a los
distintos Estados seculares emergentes.
5.3.3 La unidad cultural
Las fuerzas materiales y culturales liberadas en el siglo XII prolongaron su
impacto durante los siguientes 200 años. Europa se había convertido en una
unidad cultural, por la que se expresó de forma institucional lo que era el
pensamiento de la Iglesia cristiana. Esta unidad se reflejó con más claridad que
nunca en una serie de expediciones militares (las Cruzadas) en las que se
pretendía arrebatar al islam los lugares santos cristianos de Oriente Próximo.
La jerarquía de la Iglesia predicó en favor de las cruzadas, que consiguieron el
apoyo de las nuevas órdenes monásticas, para las que el ‘peregrinaje militar’
representaba el camino a la salvación individual y colectiva. La idea de la
guerra santa, sin embargo, rebasó las divisiones sociales y atrajo tanto a la
aristocracia guerrera tradicional como a los campesinos, las nuevas clases de
artesanos y los trabajadores de las ciudades surgidos por el crecimiento de la
sociedad urbana. En la península Ibérica, la tolerancia tradicional entre
musulmanes, judíos y cristianos vivió épocas de crisis y, conforme se extendían
los reinos cristianos hacia el sur, los monarcas y la Iglesia tuvieron que
intervenir con frecuencia para apaciguar los ánimos populares, que achacaban a
los judíos, incluso a los conversos o ‘nuevos cristianos’, la culpa y
responsabilidad por todos los desastres. Se estaba incubando la más grave crisis
de identidad nacional, origen de la Inquisición y de la expulsión de judíos y
moriscos, ocurrida a finales del siglo XV y del siglo XVI respectivamente.
La creciente intolerancia hacia las poblaciones no cristianas dentro y fuera de
las fronteras de Europa tuvo la misma importancia como expresión de la unidad
cultural cristiana. El islam, el enemigo infiel de la lejana Jerusalén, también
era el enemigo en las fronteras, y en Sicilia siglos de intercambio comercial e
intelectual llegaron a su fin. También en el periodo comprendido entre los
siglos XII y XIV la intolerancia hacia los judíos que se habían establecido en
toda Europa se extendió y se hizo más virulenta. Decretos punitivos
restringiendo el asentamiento y la colonización judías coincidieron con
atrocidades y motines en masa contra la población judía, y se establecieron las
bases del antisemitismo ideológico: los judíos, como criaturas extrañas y
demoníacas, envueltas en conspiraciones internacionales y culpables de la muerte
ritual de niños cristianos, entraron en el folclore de la imaginación europea.
Finalmente durante esta época hubo un aumento de las herejías, una expresión de
la inquietud intelectual y social de la época, y de los esfuerzos políticos y
militares en destruirlas, que se reflejaron sobre todo en la cruzada al sur de
Francia contra la herejía de los albigenses.
Así pues, la unidad cultural europea no estuvo libre de conflictos. Al
contrario, estuvo en un precario estado de equilibrio, y sus elementos, en
continuo desarrollo, inevitablemente entraron en conflicto unos con otros en los
siglos siguientes. Los pueblos y ciudades continuaron su crecimiento económico y
demográfico. En Italia, Inglaterra y los Países Bajos comenzaron a luchar por la
autonomía política. La lucha fue particularmente cruel en Italia, donde las
ciudades se encontraban entre los conflictivos diseños políticos del Imperio y
el Papado. También fueron destacadas las luchas internas entre distintos grupos
sociales urbanos. Como resultado, se intensificó el pensamiento político y
social que hoy día se llama humanismo, mientras el pueblo intentaba articular
sus propias posiciones.
5.3.4 El ascenso de la conciencia nacional
Lectura adicional
Renacimiento: ¿autodefinición o autoengaño?
El texto que se reproduce a continuación es un extracto de la versión española
del capítulo titulado “Renacimiento’: ¿autodefinición o autoengaño?”, cuyo autor
es el erudito estadounidense de origen alemán Erwin Panofsky, uno de los más
insignes historiadores que ha dado el siglo XX al estudio del arte. Pertenece a
una obra suya, aparecida en 1960 bajo el nombre de Renaissance and renascences
in western art, fruto de una serie de conferencias dadas por Panofsky en 1952
con el objeto de efectuar las conexiones iconográficas existentes entre la edad
antigua, la edad media y el periodo histórico y creativo que dio en llamarse
renacimiento.
La lucha general por la supremacía entre Iglesia y Estado se convirtió en una
constante de la historia europea. En los siglos XIII y XIV la unidad cultural
europea fue desafiada en toda Europa por intereses locales, regionales y
nacionales. Esto se manifestó en el incremento real del poder del rey de Francia
y en su enfrentamiento con el rey de Inglaterra, en teoría su inferior. También
se evidenció en la esperanza, incluso en ausencia de cualquier poder unificador
potencial, de una Italia independiente del papa y el emperador, y libre de
luchas cívicas y territoriales. En todo Occidente se vivía un sentimiento de
renovación, expansión y descubrimiento. En la península Ibérica, acabada la
reconquista en 1492, con la toma de Granada por los Reyes Católicos, se
aseguraba la unidad territorial y se establecía el primer Estado en el sentido
moderno del término, del mismo modo y simultáneamente a lo que ocurría en
Francia e Inglaterra.
La conciencia nacional y regional, así como la desarrollada en las ciudades, el
crecimiento continuo del comercio dentro de Europa y hacia Oriente, la
extraordinaria creatividad intelectual y artística del renacimiento y la
confusión y conflictividad social fueron algunos de los rasgos del final de la
edad media. Incluso la terrible aparición de la peste negra, a mediados del
siglo XIV, y su periódica reaparición no alteraron fundamentalmente estas
tendencias.
Ningún suceso aislado puede exponer mejor la inquietud de este periodo que el
primer viaje de Cristóbal Colón, en el siglo siguiente. Espoleada por la
rivalidad nacional y el interés comercial en abrir nuevas rutas comerciales
hacia el Oriente, la Monarquía Hispánica costeó las especulaciones del navegante
y mercader veneciano. El rey portugués, Enrique el Navegante, había rechazado
los planes de Colón, por lo que éste se dirigió a la Corte española, donde
Isabel la Católica, tras vencer muchas dudas, y buscando apoyo económico ajeno,
financió la expedición de Colón. El resultado fue inesperado. Había un nuevo
mundo al Oeste. Los horizontes se ampliaban y el mundo físico y material se
había convertido en un objeto de curiosidad intelectual. Europa estaba lista
para aumentar el escenario de sus operaciones. El ‘encuentro‘ de las nuevas
tierras con Occidente ocurrió en un momento crucial para España. Terminadas las
guerras de reconquista, expulsados los hispanomusulmanes y coincidente con la
salida de los judíos que no aceptaban ser cristianos, los reyes de España vieron
en los descubrimientos y posterior conquista la mejor manera de dar una salida
natural al impulso expansivo y a las energías acumuladas en las guerras
peninsulares.
5.4 Inicio de la época moderna
El siglo y medio que transcurrió entre la llegada europea a América y el final
de la guerra de los Treinta Años fue una época de transición y tensión
intelectual. Después de 1648, la religión siguió siendo importante en la
historia europea, pero no se volvió a dudar de la prioridad de las
preocupaciones seculares. Debido a que este cambio de valores suscitó inquietud
e incertidumbre en su comienzo, los pueblos de Europa exhibieron una profunda
ambivalencia: ya no eran medievales, pero tampoco eran modernos.
5.4.1 El nacimiento de una nueva era
Esta ambigüedad se manifestó en quienes, a finales del siglo XV, comenzaron a
explorar las tierras situadas más allá de las costas europeas. Inspirados por el
celo religioso, exploradores como Vasco da Gama, Cristóbal Colón y Fernando de
Magallanes hicieron posible un vasto esfuerzo descubridor y misionero. Motivados
también por el afán de conseguir bienes materiales, contribuyeron a una
revolución comercial y al desarrollo del capitalismo. Portugal y España, como
patrocinadores de los primeros viajes, fueron los primeros en recoger la cosecha
económica. Aunque la enorme cantidad de plata que fluyó a España contribuyó a
una ‘revolución de los precios’ (rápida devaluación del dinero e inflación a
largo plazo), en un principio sirvió para poner un extraordinario poder en manos
del rey Felipe II, de quien se decía que “en sus dominios no se ponía nunca el
Sol”. Heredero de los dominios de los Habsburgo en Europa occidental y América,
Felipe se autoproclamó defensor de la fe católica. Su oposición a las ambiciones
del Imperio otomano en el Mediterráneo no se debió sólo a que los turcos eran
competidores imperiales sino también a que eran ‘infieles’ musulmanes. Del mismo
modo, sus campañas contra los Países Bajos e Inglaterra tuvieron a la vez
motivaciones políticas y religiosas, pues en ambos casos sus enemigos eran
protestantes.
5.4.1.1 La Reforma protestante
Martín Lutero Martín Lutero, teólogo y reformador religioso alemán, precipitó la
Reforma protestante con la publicación en 1517 de sus 95 Tesis, que detallaban
las indulgencias y excesos de la Iglesia católica. Lutero estaba convencido de
que la esencia del cristianismo no se encontraba en una elaborada organización
dirigida por el papa, sino en la comunicación personal y directa con Dios. La
protesta de Lutero desencadenó una serie de renuncias a la Iglesia católica y
creó las condiciones necesarias para el desarrollo de movimientos protestantes
posteriores, como el calvinismo y el presbiterianismo.THE BETTMANN ARCHIVE
La Reforma protestante que Felipe II detestaba comenzó en 1517, año en que
Martín Lutero expuso a debate público sus 99 tesis. En busca de la salvación
personal y ofendido por la venta de indulgencias papales, el profesor de
Wittenberg había llegado a una conclusión que se diferenciaba en poco de la que
había provocado la muerte de Jan Hus un siglo antes. Lutero renunció a
retractarse incluso cuando se enfrentó a una bula de excomunión. No obstante, a
pesar de su carácter religioso, tras proclamar que la salvación sólo se obtiene
mediante la fe, el desafío de Lutero a la Iglesia se mezcló con aspectos
políticos. Al reconocer el peligro de las repercusiones políticas de sus ideas,
Carlos V puso a Lutero bajo proscripción imperial.
La ruptura de Lutero con la Iglesia podría haber sido un hecho aislado si no
hubiera sido por la invención de la imprenta. Sus escritos, reproducidos en gran
número y muy difundidos, fueron los catalizadores de una reforma más radical
incluso, la de los anabaptistas. En su determinación por recrear la atmósfera
del cristianismo primitivo, los anabaptistas se opusieron a los católicos y a
los luteranos por igual. La Reforma tampoco pudo ser contenida geográficamente;
triunfó en Suiza cuando Zuinglio impuso sus ideas en Zurich. En Ginebra, Juan
Calvino, francés de nacimiento, publicó la primera gran obra de la teología
protestante, Institución de la religión cristiana (1536). El calvinismo demostró
ser la más militante políticamente de las confesiones protestantes.
Incapaz de conservar la unidad cristiana occidental, la Iglesia católica no
cedió territorio a los protestantes. La Contrarreforma, que no sólo fue una
respuesta al desafío protestante, representó un esfuerzo por vigorizar los
instrumentos de la autoridad de la Iglesia católica. El Concilio de Trento
reafirmó el dogma tradicional católico, denunció los abusos eclesiásticos y
potenció la Inquisición y el Índice de libros prohibidos. Con la Compañía de
Jesús, fundada por san Ignacio de Loyola, la Contrarreforma podía enorgullecerse
de contar con una organización tan militante y dedicada como la de cualquier
confesión protestante.
5.4.1.2 Las guerras religiosas
Lectura adicional
Desastre de la Armada Invencible
Los historiadores británicos Colin Martin y Geoffrey Parker escribieron en 1987
un brillante ensayo dedicado a analizar la flota de guerra promovida por el
monarca español Felipe II a finales de su reinado, que ha pasado a ser más
conocida como la Armada Invencible. El siguiente texto es un extracto del
epígrafe titulado “Vencedores y vencidos” en el cual se describe el desastre de
la también llamada Gran Armada, acaecido en 1588.
Alentada fundamentalmente por los monarcas españoles Carlos V y Felipe II, la
lucha entre los católicos y los protestantes no se limitó al área espiritual.
Durante el periodo 1550-1650, las prolongadas guerras religiosas ocasionaron la
destrucción general del continente. No obstante, estas guerras religiosas se
entrelazaron de modo inextricable con las contiendas políticas, que finalmente
adquirieron un papel de gran importancia. En Francia, un sangriento conflicto
civil entre los católicos y los hugonotes se prolongó durante 30 años hasta que
Enrique IV fue reconocido como rey en 1593. Al poner el poder secular por encima
de la lealtad religiosa, el protestante Enrique se convirtió al catolicismo, la
religión de la mayoría de sus súbditos. En los Países Bajos, la España católica
y las provincias holandesas, calvinistas, entablaron una brutal y larga guerra
(1567-1609) que finalizó con la victoria de estas últimas. La religión se
identificó muy de cerca con las aspiraciones nacionales; el líder holandés
Guillermo de Orange-Nassau, católico y luterano antes de hacerse calvinista,
reunió a su pueblo para convocar la resistencia nacional por encima de todo.
También en Inglaterra la lucha religiosa fue parte de un esfuerzo mayor para
asegurar la independencia nacional. Bajo la reina Isabel I las razones de estado
dictaron la política religiosa; como resultado, la autonomía administrativa
protestante y el ritual católico fueron hábilmente tejidos para fabricar una
solución intermedia: la Iglesia de Inglaterra (Iglesia anglicana). Con ayuda de
tormentas traicioneras (el ‘viento protestante’), la Inglaterra de Isabel
rechazó a la Armada Invencible que Felipe II de España había enviado en 1588, lo
que supuso una victoria tanto nacional como religiosa. Al conocer esa derrota,
el rey español exclamó: “He enviado mis naves a luchar con los hombres, no
contra los elementos”. España perdió su liderazgo europeo, que pasó a Francia,
su enemigo tradicional.
La guerra de los Treinta Años fue la última guerra religiosa y la primera
moderna. Iniciada en Bohemia, donde los Habsburgo católicos y los checos
protestantes mantenían una fiera oposición, la confrontación fue alimentada por
dos países luteranos, Dinamarca y Suecia. Sin embargo, casi desde el principio,
su carácter fue ambiguo; aunque desde el principio las pasiones religiosas
contribuyeron a su estallido, en 1635 la guerra se convirtió en una lucha
política entre la dinastías Habsburgo y Borbón, ambas católicas. Ejemplo de este
periodo de tensiones, a la vez que de transición, fue el cardenal Richelieu, un
miembro de la Iglesia católica cuyos intereses eran seculares y que implicó a
Francia en la contienda. Al final de la guerra, Francia surgió como la potencia
más poderosa del continente europeo y el prototipo del Estado secular y
centralizado.
5.4.2 La era del absolutismo
Europa 1500-1700 A partir de los estados feudales de la edad media, las regiones
de Europa emergieron como naciones poderosas y centralizadas. Francia obtuvo la
supremacía tras su triunfo sobre Inglaterra en la guerra de los Treinta Años en
1648. Gracias a los esfuerzos del cardenal Richelieu, Francia se convirtió en la
potencia mundial dominante.© Microsoft Corporation. Reservados todos los
derechos.
En la resaca de la guerra de los Treinta Años, el absolutismo comenzó a tomar
una forma reconocible; el Estado, secular y centralizado, reemplazó a las
instituciones y conceptos políticos feudales como instrumento de poder e
influencia mundial. A través de los esfuerzos de los cardenales Richelieu y
Mazarino, Francia entró en escena como la primera gran potencia moderna. En
1661, cuando Luis XIV asumió el gobierno del país, comprendió que sólo se
podrían conquistar nuevos territorios mediante la movilización de los recursos
económicos y militares de todo el Estado. La serie de guerras que provocó en
Europa no pudieron transformar sus sueños más audaces en realidades, pero el
esfuerzo en sí mismo habría sido imposible sin las políticas económicas
mercantilistas de Jean-Baptiste Colbert y la creación de un gran ejército
permanente. La vasta burocracia civil y militar que inevitablemente llevaba
consigo la ambición territorial desenfrenada del monarca francés pronto comenzó
a tomar vida propia, y, aunque el rey pudo haber creído que él era el Estado, de
hecho se había convertido en su principal servidor. La aristocracia francesa
corrió una suerte similar. Cuando la diversidad feudal cayó víctima del
racionalismo burocrático, los aristócratas fueron obligados a ceder el poder
político a los funcionarios de la burocracia estatal, llamados intendentes. En
España, la muerte de Carlos II sin sucesor provocó la guerra de Sucesión. La
llegada de la nueva dinastía de los Borbones coincidió con la implantación del
absolutismo. Felipe V abolió los fueros de los distintos reinos, se extinguieron
las Cortes y se centralizó el poder basado en una férrea burocracia.
5.4.2.1 La centralización del Estado
Otros monarcas europeos emularon rápidamente el absolutismo francés. El zar
Pedro I el Grande dedicó sus energías a transformar Rusia en una importante
potencia militar. Como parte de este programa de occidentalización creó un
Ejército y una Armada permanentes, estimuló el estudio de la tecnología
occidental e insistió en que la nobleza se definiera por el servicio al Estado.
Tomó, además, medidas para racionalizar la administración del gobierno. Estos
esfuerzos se coronaron con éxito cuando Rusia derrotó a Suecia en la guerra del
Norte (1700-1721). Pedro y sus sucesores, acomodados en su nueva capital, San
Petersburgo, no pudieron ser excluidos durante más tiempo de la ecuación
política de Europa. Ni tampoco Prusia, donde la estructura política fruto de su
evolución histórica era similar a la de los estados más centralizados: la guerra
y el impulso expansionista dictaron la concentración del poder, la normalización
de los procedimientos administrativos y la creación de un Ejército moderno y
permanente.
El precio a pagar por el fracaso en la centralización del poder político era la
decadencia política, como se manifestó en Polonia y el Imperio otomano. La
persistencia de la independencia aristocrática debilitó tanto a Polonia que
finalmente fue repartida en tres ocasiones (1772, 1793, 1795) por los estados
vecinos de Austria, Prusia y Rusia. Los turcos, en otras épocas temidos
conquistadores del sureste europeo, fueron incapaces de impedir que los
jenízaros y funcionarios provinciales usurparan el poder que una vez perteneció
al sultán. Como consecuencia, el Imperio otomano entró, antes del final del
siglo XVIII, en un proceso que le acabó convirtiendo en el ‘enfermo de Europa’.
De las guerras que asolaron Europa entre 1667 y 1721, surgió un sistema estatal
que, en general, sobrevivió hasta 1914. Al comienzo del periodo, Francia
permaneció de forma incontestada como la potencia militar más poderosa de
Europa; sin embargo, en la segunda década del siglo XVIII aproximadamente, Gran
Bretaña, Austria, Rusia y Prusia se convirtieron en potencias con las que había
que contar. En lugar de ser un imperio francés, Europa se organizó como un grupo
de grandes potencias en equilibrio político. La estabilidad política se
convirtió en un principio de la diplomacia europea (conocida con el nombre de
‘concierto europeo’) y en una contestación efectiva a cualquier agresión que
tuviera por objeto la hegemonía continental.
5.4.2.2 La visión secular del mundo
La secularización del pensamiento Los nuevos filósofos del siglo XVII rompieron
con los dogmas religiosos de su época al explicar el funcionamiento del mundo
sobre una base secular. Francis Bacon y René Descartes creían que los hombres
podían por sí mismos dar sentido a sus vidas. Isaac Newton y Voltaire sostenían
que el Universo era gobernado por las leyes naturales antes que por la mano
directa de Dios.
Sir Francis Bacon Sir Francis Bacon fue el más influyente y versátil escritor
inglés del siglo XVII. Sus escritos incluían la ética, la filosofía, la ciencia,
el derecho, la historia y la política.Hulton Deutsch
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René Descartes René Descartes, el primer filósofo moderno, creía que las
ciencias y las matemáticas podían explicar y predecir los acontecimientos del
mundo físico. Descartes desarrolló el sistema de coordenadas cartesianas para
ecuaciones gráficas y formas geométricas. Los mapas modernos utilizan un sistema
de cuadrícula que se remonta a las técnicas gráficas cartesianas.Hulton Deutsch
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Sir Isaac Newton La obra de sir Isaac Newton representa una de las mayores
contribuciones a la ciencia jamás hechas por un solo individuo. En especial,
estableció las leyes del movimiento y la gravitación universal, participó en la
invención de la rama de las matemáticas llamada cálculo y realizó experimentos
de investigación sobre la naturaleza de la luz y el color.Rex Features, Ltd.
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Voltaire Filósofo y escritor, fundador y una de las figuras más brillantes de la
Ilustración, Voltaire mantenía que la literatura debía ser el vehículo del
cambio social. Sus ingeniosos escritos demostraban su aversión al cristianismo,
lo que a menudo le causó conflictos con figuras políticas y religiosas.Culver
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Junto a la secularización de la política hubo una secularización del
pensamiento. La revolución científica del siglo XVII sentó las bases de una
visión del mundo que no dependía de las asunciones y categorías cristianas. Al
liberarse de la teología, los filósofos descubrieron nuevos aliados en la
ciencia y las matemáticas. Para pensadores como Francis Bacon y el filósofo
francés René Descartes, el destino del alma era menos importante que el
funcionamiento del mundo natural, y aunque Bacon era empirista y Descartes un
racionalista, ambos creían que el poder de la razón humana, utilizado
correctamente, se imponía a la autoridad.
Entre los distintos creadores del pensamiento moderno, ninguno fue más
importante ni más celebrado que el físico inglés Isaac Newton, que descubrió una
explicación mecánica que abarcaba todo el Universo sobre la base de la ley de la
gravedad universal. El respeto que Newton inspiró a los filósofos del siglo
XVIII difícilmente puede ser exagerado. Determinados a popularizar una imagen
del mundo científica y a adaptar sus métodos a la tarea de la crítica social y
política, las principales figuras de la Ilustración pusieron los problemas del
mundo directamente en el centro de su actividad intelectual. En el compendio más
famoso del pensamiento ilustrado, la Enciclopedia (1751-1772), Denis Diderot (el
editor), Jean d’Alembert, Voltaire y otros autores cuestionaron la concepción
religiosa del mundo y abogaron por el humanismo científico basado en la ley
natural.
5.4.2.3 El despotismo ilustrado
Durante la segunda mitad del siglo XVIII, la ilustración se alió con el
absolutismo. Inspirados por los filósofos, monarcas absolutos como Federico II
el Grande de Prusia, José II de Austria y Catalina II de Rusia, se modelaron a
sí mismos en el ideal del rey filósofo e intentaron, con distintos niveles de
éxito, utilizar el poder al servicio del bien común. A pesar de su sinceridad,
su mayor éxito fue radicalizar aún más el absolutismo. Bajo su mando, el
particularismo político continuó su retirada ante el avance de la uniformidad
legal a través de los códigos de leyes y las regulaciones administrativas y
burocráticas. Efectivamente, hubo un resurgir aristocrático durante el siglo,
pero los aristócratas debían su nueva vitalidad a su obligación de servir al
Estado. En resumen, bajo los monarcas absolutos ilustrados la centralización del
poder se desarrolló rápidamente; en un auténtico esfuerzo por mejorar el
bienestar de sus súbditos, los déspotas ilustrados introdujeron aún más el poder
del Estado en la existencia diaria. En España, bajo Carlos III florecieron las
artes y las letras amparados por gobiernos dirigidos por políticos excelentes,
como el conde de Aranda, el conde de Campomanes, Gaspar Melchor de Jovellanos y
el conde de Floridablanca, amigos y seguidores de los ilustrados franceses y de
los nuevos ideólogos ingleses.
5.5 La era de las revoluciones
Hacia finales del siglo XVIII la concentración de poder en manos del monarca
comenzó a ser desafiada. La rebelión europea contra el absolutismo se
intensificó con el éxito de la guerra de la Independencia estadounidense y la
creación de los Estados Unidos y por el auge de la burguesía inglesa, el cual
coincidió con la Revolución Industrial. Esta rebelión cristalizó por primera vez
en Francia, en 1789, y desde allí se extendió por todo el continente durante el
siglo siguiente.
5.5.1 La Revolución Francesa
La Revolución Francesa abarcó una serie de acontecimientos que transformaron la
atmósfera política, social e ideológica de la Europa moderna. Estos hechos
comenzaron cuando la aristocracia, que rehusó a pagar impuestos, obligó al rey
Luis XVI a restablecer los moribundos Estados Generales en la primavera de 1789.
Pocos sospechaban que esta decisión desataría fuerzas elementales e
irresistibles de descontento. Aunque tenían diferentes fines, aristócratas,
burgueses, sans-culottes (los habitantes pobres de las ciudades) y campesinos se
unieron en la resolución de alterar las condiciones de su existencia. Junto a
esta declaración de sus intereses, un cuerpo de ideas y teorías políticas
heterogéneas orientó las energías revolucionarias, en particular, la doctrina de
Jean-Jacques Rousseau de la soberanía popular que influyó en los líderes más
capaces del tercer estado (el pueblo llano). Cuando la Asamblea Nacional
proclamó la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano en agosto de
1789, pretendía advertir al resto de Europa que había descubierto unos
principios de gobierno universalmente válidos.
5.5.1.1 El reinado del Terror
La monarquía constitucional que había surgido en 1791 era tan insatisfactoria
para el rey como para los jacobinos, una facción de los revolucionarios. En la
Asamblea Legislativa (1791-1792), éstos y los girondinos (otra facción
revolucionaria menos radical) propugnaron establecer una república, al mismo
tiempo que preparaban una declaración de guerra contra Austria (abril de 1792).
Cuando las tropas francesas sufrieron reveses iniciales, la temperatura
revolucionaria subió todavía más y, en septiembre, la recién formada Convención
Nacional proclamó la República en Francia. El 21 de enero de 1793, Luis XVI fue
ejecutado y durante el año y medio siguiente, el país fue gobernado por
dirigentes revolucionarios, cuyos sueños de perfección moral y odio a la
hipocresía inspiraron un periodo conocido como reinado del Terror, que convirtió
a la guillotina en el símbolo del mesianismo político. La furia moral del Comité
de Salvación Pública no conoció fronteras territoriales, y sus miembros llevaron
a cabo una escalada de guerras contra una coalición de potencias europeas cuyo
absolutismo chocaba con sus ideales revolucionarios. Su éxito puede atribuirse
en parte a la conscripción obligatoria instituida en agosto de 1793, que
demostró el terrible potencial militar de una nación en armas. No obstante, el
miedo invadió finalmente al propio Comité; en julio de 1794 Maximilien de
Robespierre, su máximo dirigente, fue arrestado y ejecutado. Durante la reacción
posterior, los franceses olvidaron pronto ‘la república de la virtud’ y dieron
la bienvenida a una nueva etapa casi como un símbolo de libertad.
5.5.1.2 Llegada de Napoleón al poder
El gobierno del Directorio, muy difamado, intentó asimilar los elementos menos
controvertidos de la herencia revolucionaria y llevar un coup de grace (golpe de
gracia) al mesianismo jacobino. El Directorio, determinado a alentar las
carreras de hombres de talento, hizo posible el rápido acceso al poder de
Napoleón Bonaparte. Con la connivencia de dos directores, Napoleón preparó un
golpe de Estado en noviembre de 1799, gobernó de forma autoritaria y se coronó
emperador en 1804. Napoleón, un estudiante que llegó a la mayoría de edad
durante la Revolución, está considerado como el último de los monarcas
absolutistas. Como parte de su plan para extender los principios de la
Revolución Francesa, promulgó el Código napoleónico, un sistema codificado de
leyes, y puso la educación bajo control estatal. Entre los principios
revolucionarios de libertad e igualdad, prefirió este último en el conocimiento
de que sólo sería estimulado por una autoridad central fuerte.
5.5.2 Las Guerras Napoleónicas
Guerras Napoleónicas Napoleón, en una continuación de la Revolución Francesa,
mantuvo una serie de guerras contra una alianza de varias monarquías europeas
cuyos gobernantes dinásticos temían que la popularidad de las reformas
democráticas en Francia podrían extenderse a otros países. Así pues, Austria, el
Reino Unido, Prusia, España, los Países Bajos y Cerdeña formaron la Primera
Coalición, cuyo objetivo era derrotar a las fuerzas de Napoleón y restaurar al
trono a la nobleza francesa.© Microsoft Corporation. Reservados todos los
derechos.
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En los asuntos exteriores, Napoleón renovó el expansionismo de Luis XIV con un
convencimiento firme de algunos principios ilustrados. Abolió los antiguos
privilegios feudales e impuso la igualdad legal en los territorios, que se
extendían por la mayor parte de la Europa continental y que añadió al Imperio
francés por la fuerza de las armas. En su pasión por la centralización del
poder, sacrificó las complejidades históricas en favor de las exigencias de la
comodidad administrativa, como por ejemplo en la creación de la Confederación
del Rin.
Lo que Napoleón no acertó a apreciar fue hasta qué punto las unidades
administrativas más grandes y las reformas igualitarias promovían la conciencia
nacional. Al igual que su éxito dependía del entusiasmo nacional francés, su
caída fue provocada por el desarrollo de la conciencia nacional de otros pueblos
europeos. Las Guerras Napoleónicas (1799-1815) se diferenciaron de las de Luis
XIV en que no eran simplemente entre Estados, sino entre Estados nacionales.
Tras una serie de desastres (sobre todo la campaña de Rusia y la interminable
‘guerra peninsular’ en España y Portugal), Napoleón fue derrotado y el poder
europeo recobró un equilibrio más adecuado; los llamados Cien Días (1815) que
siguieron a su huida de Elba y culminaron en la batalla de Waterloo un año más
tarde, constituyeron su desesperada y arriesgada jugada final. Al igual que los
dirigentes de la Revolución, Napoleón había incrementado el poder del Estado
centralizado y le añadió una explosiva mezcla de nacionalismo.
5.5.2.1 Liberalismo, nacionalismo y socialismo
Príncipe de Metternich-Winneburg El estadista y diplomático austriaco Klemens
Metternich-Winneburg fue la principal figura política de su país durante la
primera mitad del siglo XIX. Dirigió su actividad internacional con el objeto de
lograr el equilibrio de poder europeo que mantuviera la paz continental.
Falleció en 1859, en Viena, once años después del estallido revolucionario que
le obligó a él a dimitir de su cargo de canciller y al emperador Fernando I a
abdicar.Woodfin Camp and Associates, Inc./Hulton Deutsch Collection Limited
Tras la derrota de Napoleón, los aliados victoriosos se reunieron en Viena,
decididos a restaurar el antiguo orden (véase Congreso de Viena). El ministro de
asuntos exteriores austriaco Klemens von Metternich, que defendía el principio
de legitimación, restauró a los Borbones en Francia, aseguró la hegemonía de los
Habsburgo en las zonas de habla alemana e italiana de Europa central y forjó un
acuerdo general para vigilar el continente contra cualquier alteración
revolucionaria. Metternich trató de ayudar al monarca absolutista español
Fernando VII en sus pretensiones de recuperar sus dominios americanos, pero tuvo
que enfrentarse a la resistencia de los ingleses, que apoyaban a los insurgentes
en la América española. No obstante, su autoritaria actuación sólo fue una
acción de contención. Las ideas revolucionarias europeas siguieron actuando en
la sombra, conspirando con la ayuda del auge de la industrialización y una
población en rápido crecimiento para impedir cualquier intento de vuelta atrás.
5.5.2.2 Los románticos
Giuseppe Mazzini El revolucionario genovés Giuseppe Mazzini luchó a favor de la
unificación italiana defendiendo la opción republicana. Después de ser uno de
los carbonarios, en 1831 fundó la Joven Italia en su exilio francés. Promovió
una serie de sublevaciones republicanas en el reino de Cerdeña al tiempo que se
convertía en el adalid del nacionalismo europeo. Durante las revoluciones de
1848 regresó a Italia y fue elegido brevemente dirigente de la proclamada
República Romana. Falleció en 1872, once años después de la creación del reino
de Italia.Corbis
La imaginación romántica resultó afectada por el drama conmovedor de la
revolución y la guerra. Los románticos, que rechazaron el cálculo racional y el
control clásico, inventaron un Napoleón idealizado y confirieron al liberalismo,
al socialismo y al nacionalismo un fervor emotivo. Como herederos de la
ilustración y representantes de la burguesía, los liberales (concepto acuñado en
las Cortes de Cádiz, en 1812) hicieron campaña en favor del gobierno
constitucional, la educación secular y la economía de mercado, que liberaría a
las fuerzas productivas del capitalismo. Su llamamiento, aunque real, se
limitaba sólo a un segmento relativamente pequeño de la población y pronto fue
eclipsado por el mensaje de ideologías rivales, en parte a causa de su
indiferencia hacia la cuestión social, a la que socialistas utópicos como
Charles Fourier, Henri de Saint Simon y Robert Owen ofrecieron provocativas, si
bien fantásticas, respuestas. Y lo que es más, el liberalismo fracasó en generar
el tipo de entusiasmo exaltado que surgió con la aparición de la conciencia
nacional. Activado por la Revolución Francesa, Napoleón y las obras del
historiador alemán Johann Gottfried von Herder, el nacionalismo romántico superó
a todas las ideologías en liza, en especial al este del Rin. Mientras el
cristianismo empezaba a perder su influencia sobre las vidas individuales,
dirigentes como Giuseppe Mazzini, en Italia y Adam Mickiewicz, en Polonia fueron
capaces de imponer en la conciencia nacional un carácter mesiánico. En España,
la revolución liberal que implantó la primera Constitución duró muy poco. El rey
Fernando VII volvió a implantar el absolutismo en 1814 y tuvo que enfrentarse a
la revuelta de los liberales, que lograron imponer su política entre 1820 y
1823, durante el llamado Trienio Liberal.
5.5.2.3 Revoluciones y socialismo científico
A pesar de la vigilancia de Metternich, algunas de estas ideologías no pudieron
ser eliminadas y entre 1815 y 1848 Europa fue sacudida por tres crisis
revolucionarias. En 1848 las llamas de la revuelta se extendieron a lo largo de
toda Europa, con la excepción de Gran Bretaña, Rusia y la península Ibérica. Sin
embargo, cuando las cenizas se enfriaron finalmente, estaba claro que la
revolución romántica se había consumido a sí misma. Efectivamente, Metternich
había sido expulsado de Austria y en Francia se había proclamado la Segunda
República francesa, pero la mayoría de los levantamientos fracasaron, y los
sueños revolucionarios se habían frustrado para convertirse en realidades. No
obstante, la época de la Restauración llegó a su fin. Los ferrocarriles, la
industrialización y la próspera población urbana estaban alterando el paisaje de
Europa al mismo tiempo que el pensamiento materialista comenzó a desafiar la
primacía romántica de la poesía y la filosofía. La ciencia se estaba
convirtiendo en un lema, la garantía del progreso inexorable. En 1851, la Gran
Exposición de Londres rindió homenaje a los logros técnicos del siglo. Charles
Darwin, a pesar de su visión de una naturaleza salvaje, predicó la
“supervivencia de los más aptos”. Karl Marx y el revolucionario alemán Friedrich
Engels se mofaron del socialismo utópico y elaboraron un socialismo ‘científico’
fundamentado en propuestas más radicales de transformación de la sociedad.
5.5.2.4 La política pragmática
En política, la antorcha pasó a los partidarios de la realpolitik (en alemán,
‘política pragmática’). Así, el liberal, pero pragmático, Camillo Benso di
Cavour tuvo éxito donde Mazzini había fracasado; unificó Italia al combinar una
hábil diplomacia con el uso de ejércitos regulares. Al rechazar el desafío
cerrado a compromisos del revolucionario húngaro Lajos Kossuth, el político
húngaro Ferenc Deák negoció la autonomía de Hungría en el contexto de la
monarquía de los Habsburgo. En Francia, Napoleón III forjó un gobierno
autoritario en el que aunó progreso económico (industrialización) y social
(programas de bienestar público) con disciplina política y orden social. Por
otra parte, se produjo el hecho más importante del tercer cuarto de siglo,
cuando Otto von Bismarck unificó Alemania. Convencido de que los grandes
problemas de su tiempo sólo podrían ser resueltos con “sangre y hierro”, utilizó
las guerras contra Dinamarca, Austria y Francia para convertir el nuevo Estado
nacional alemán en una de las principales potencias de Europa. Sin embargo,
incluso el legendario canciller, un patriota prusiano indiferente a las
ideologías, fue obligado a hacer concesiones a los socialistas y los liberales.
Su fracaso final en el empeño por aislar la diplomacia de la pasión nacional
preparó el camino de la I Guerra Mundial.
En España, el siglo XIX, tras la muerte de Fernando VII, la pérdida de todos los
dominios americanos y el enfrentamiento entre liberales y conservadores fue una
época de graves convulsiones políticas. La revolución de 1868 provocó la caída
de la monarquía de Isabel II, el advenimiento de la Primera República y la
Restauración de la monarquía, en 1874, con el reinado de Alfonso XII, hijo de
Isabel II.
5.6 El siglo XX
Para la mayoría de los europeos la época comprendida entre 1871 y 1914 fue la
Belle Époque. La ciencia había hecho la vida más cómoda y segura, en un
principio el gobierno representativo había conseguido una gran aceptación y se
esperaba con confianza el progreso continuo. Orgullosas de sus logros y
convencidas de que la historia les había asignado una misión civilizadora, las
potencias europeas reclamaron enormes territorios de África y Asia para
convertirlos en sus colonias. No obstante, algunos creían que Europa estaba al
borde de un volcán. El novelista ruso Fiódor Dostoievski, el filósofo alemán
Friedrich Nietzsche, el psiquiatra austriaco Sigmund Freud y el sociólogo alemán
Max Weber advirtieron sobre el optimismo fácil y rechazaron la concepción
liberal de una humanidad racional. Tales presagios comenzaron a parecer menos
excéntricos a la luz de las dudas contemporáneas que suscitaba el consenso
liberal. Un nuevo y virulento brote de antisemitismo surgió en la vida política
de Austria-Hungría, Rusia y Francia; en la cuna de la revolución, el caso
Dreyfus amenazó con derribar la Tercera República. Las rivalidades nacionales se
exacerbaron por la competición imperialista y el problema de las nacionalidades
en la mitad húngara de la Monarquía Dual se intensificó debido a la política de
magiarización del gobierno húngaro y la influencia de las unificaciones alemana
e italiana en los pueblos eslavos.
Mientras, la clase trabajadora industrial crecía en número y fuerza organizada,
y los partidos socialdemócratas marxistas presionaban a los gobiernos europeos
para equiparar las condiciones y las oportunidades de trabajo. El emperador
Guillermo II de Alemania apartó de su lado a Bismarck en 1890. Durante dos
décadas, el ‘canciller de hierro’ había servido como el “honesto corredor de
bolsa” de Europa, al realizar con gran destreza una asombrosa política de
alianzas internacionales que permitieron el mantenimiento de la paz en el
continente. Ninguno de sus sucesores poseía la habilidad necesaria para
preservar el sistema de Bismarck, y cuando el emperador incompetente desechó la
realpolitik en favor de la weltpolitik (la política imperial), Gran Bretaña,
Francia y Rusia formaron la Triple Entente.
5.6.1 Las guerras mundiales
El peligro alemán, junto a la rivalidad entre Rusia y Austria en los Balcanes,
implicaba una actividad diplomática que presentaba dificultades demasiado
grandes para los mediocres funcionarios que dirigían los ministerios de Asuntos
Exteriores europeos en la víspera de 1914. Cuando el terrorista serbio Gavrilo
Princip asesinó al archiduque austriaco Francisco Fernando de Habsburgo el 28 de
junio de 1914, no hizo sino encender la mecha del barril de pólvora sobre el que
se asentaba Europa.
5.6.1.1 La I Guerra Mundial
Europa antes y después de la I Guerra Mundial Después de la I Guerra Mundial, el
mapa de Europa sufrió grandes transformaciones. Por los términos del Tratado de
Versalles (1919), Alemania cedió territorio a Bélgica, Dinamarca, Francia,
Checoslovaquia y Polonia. Estos dos últimos países, al igual que Rumania y
Yugoslavia, recibieron, además, territorios del Imperio Austro-Húngaro, que fue
disuelto tras el fin de la contienda. El Imperio otomano también se desintegró,
a excepción de Turquía, por lo que la Sociedad de Naciones convirtió la mayor
parte de las naciones que lo integraban en mandatos franceses o británicos.©
Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.
El entusiasmo con que los pueblos europeos saludaron el estallido de las
hostilidades pronto se convirtió en horror cuando las listas de bajas aumentaron
y los objetivos limitados se volvieron irrelevantes. Lo que se había proyectado
como una breve guerra entre potencias, se convirtió en una lucha de cuatro años
entre pueblos. En las últimas semanas de 1918, cuando finalmente terminó la
guerra, los imperios Alemán, Austriaco y Ruso habían desaparecido, y la mayor
parte de una generación de jóvenes murió. El que el presidente de Estados
Unidos, Woodrow Wilson, fuera la principal figura de la conferencia de paz de
París (1919) demostró ser una señal de lo que estaba por llegar. Decidido a
convertir el mundo en un lugar “seguro para la democracia”, Wilson había
implicado a Estados Unidos en la guerra contra Alemania en 1917. Mientras
proclamaba su llamada a una Europa democrática, Lenin, el dirigente bolchevique
que en el mismo año se hizo con el poder en Rusia, llamaba al proletariado
europeo a la lucha de clases y sentaba las claves ideológicas de la revolución
socialista. Ignorando ambas premisas ideológicas, Francia y Gran Bretaña
insistieron en una paz con reparaciones económicas, y Alemania, Austria,
Hungría, Bulgaria y Turquía fueron obligados a firmar tratados que no tenían
nada que ver con sueños mesiánicos.
España, que había permanecido neutral, seguía arrastrando una profunda crisis de
identidad, tras el desastre de 1898, la guerra con los Estados Unidos, la
pérdida de Cuba y Filipinas, y sus repetidos fracasos militares en Marruecos.
Pero a pesar de la neutralidad, la sociedad se dividió profundamente en dos
bandos: los ‘aliadófilos’ frente a los ‘germanófilos’.
5.6.1.2 El periodo de entreguerras
La Guerra Civil española (1936-1939) ABCNews VideoSource/Archive Films
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En las postrimerías de la catastrófica guerra y de una epidemia de gripe que
provocó veinte millones de muertos en todo el mundo, muchos europeos creyeron,
junto al filósofo Oswald Spengler, que eran testigos de la ‘decadencia de
Occidente’. Por supuesto, aún podían encontrarse signos de esperanza: se había
fundado la Sociedad de Naciones y se decía que en el este y el centro de Europa
había triunfado el principio de la autodeterminación. Rusia se había liberado de
la autocracia zarista y Alemania se había convertido en una república. No
obstante, la Sociedad de Naciones ejerció poca influencia, y el nacionalismo
continuó siendo una espada de doble filo. La creación de Estados nacionales en
Europa central llevaba consigo necesariamente la existencia de minorías
nacionales, porque la etnicidad no podía ser el único criterio para la
construcción de fronteras defendibles. Los zares habían sido reemplazados por
los bolcheviques, que rechazaron reconocer la legitimidad de cualquier gobierno
europeo. Lo más importante fue, quizás, que el Tratado de Versalles, al
establecer que existía un culpable de la guerra, había herido el orgullo
nacional alemán, mientras que los italianos estaban convencidos de que les
habían negado su parte legítima del botín de posguerra.
Benito Mussolini, al explotar el descontento nacional y el temor ante el
comunismo, estableció una dictadura fascista en 1922. Aunque su doctrina
política era vaga y contradictoria, se dio cuenta de que, en una época en la que
la política dirigida a las masas estaba en pleno auge, una mezcla de
nacionalismo y socialismo poseía el mayor potencial revolucionario. En Alemania,
la inflación y la depresión dieron a Adolf Hitler la oportunidad de combinar
ambas ideologías revolucionarias. A pesar de su nihilismo, Hitler nunca dudó de
que el Partido Nacional Socialista Alemán era el vehículo prometido a su
ambición. Por su parte, el sucesor de Lenin, Stalin, subordinó el ideario
internacionalista de la revolución al concepto de la defensa de la patria rusa,
y al proclamar ‘el socialismo en un único país’, erigió un aparato gubernamental
jamás igualado en omnipresencia.
La crisis española desembocó en el destronamiento pacífico de la monarquía, tras
las elecciones municipales de 1931. Pero la República fue contestada desde sus
inicios por las fuerzas conservadoras y los sectores más radicales del
anarcosindicalismo; los poderes fácticos, la Iglesia y los terratenientes,
provocaron con sus continuos vetos y obstáculos gravísimos enfrentamientos
políticos y sociales. En 1936 estalló una cruenta guerra civil, que dividió de
inmediato a la opinión pública en todo el mundo. Acabó en 1939 con el triunfo
del general Francisco Franco, que había tenido el apoyo decisivo de Hitler y
Mussolini.
5.6.1.3 La II Guerra Mundial
Al afrontar la creciente beligerancia de estos estados totalitarios y el
confirmado aislamiento de Estados Unidos, las democracias europeas se
encontraron a la defensiva. Bajo el liderazgo de Neville Chamberlain, Gran
Bretaña y Francia adoptaron una política de apaciguamiento, que sólo fue
abandonada tras la invasión alemana de Polonia el 1 de septiembre de 1939.
Cuando la II Guerra Mundial comenzó, las rápidas victorias del ejército alemán
persuadieron a casi todos, excepto a Winston Churchill, de que el ‘nuevo orden’
de Hitler era el destino de Europa. Pero después de 1941, cuando Hitler ordenó
el ataque a la Unión Soviética y los japoneses bombardearon Pearl Harbor,
soviéticos y estadounidenses se unieron a Gran Bretaña en un esfuerzo común para
obligar a Alemania a rendirse incondicionalmente. El rumbo de la guerra cambió
en 1942 y 1943 y tras el desembarco y la batalla de Normandía, Alemania y sus
restantes aliados sucumbieron al final de una terrible lucha en los frentes
oriental y occidental. En la primavera de 1945, Hitler se suicidó y una Alemania
arrasada se rindió a las potencias aliadas.
5.6.2 La era de posguerra
En los días finales de la guerra, las unidades militares de Estados Unidos y la
Unión Soviética se encontraron en su avance cerca de la ciudad alemana de Torgau.
Este elocuente encuentro simbolizó la decadencia del poder europeo y la división
del continente en dos esferas de influencia, estadounidense y soviética. En poco
tiempo, la tensión y la sospecha engendrada por la proximidad geográfica de las
dos superpotencias mundiales tomó la forma de Guerra fría, una prueba de nervios
que fue particularmente dura en el nacimiento de la era atómica.
5.6.2.1 Enfrentamiento Este-Oeste
El Plan Marshall llega a Milán El denominado Plan Marshall aportó entre 1947 y
1952 la ayuda económica estadounidense necesaria para la reconstrucción de los
países europeos devastados durante la II Guerra Mundial. En esta fotografía se
muestra la llegada a Milán en enero de 1948 de un tren cargado con alimentos
destinados a la necesitada población de la ciudad italiana.Fotocronache Olympia/Archivio/Publifoto
Al haber sufrido tremendas pérdidas durante la guerra, la URSS estaba decidida a
establecer una zona de seguridad en Europa oriental que la separara del mundo
capitalista europeo. Entre 1945 y 1948, dictadores apoyados por la Unión
Soviética consiguieron el poder en el corazón de Europa, desgarrado por la
guerra. En Alemania, las zonas de ocupación aliadas comenzaron a transformarse
en entidades políticas; en 1949, los gobiernos de Alemania Occidental y Alemania
Oriental ya se habían creado, con lo que simbolizaban la división del
continente. Alarmado por el establecimiento de gobiernos comunistas en Europa
oriental y por la vulnerabilidad de Europa occidental, que se encontraba en
ruina económica, el secretario de Estado de Estados Unidos, George C. Marshall,
propuso un programa de ayuda de largo alcance destinado a acelerar la
recuperación económica europea (véase Plan Marshall). Éste, rechazado por los
gobiernos de Europa Oriental bajo la hegemonía de la Unión Soviética, posibilitó
una milagrosa recuperación económica de Europa Occidental. La creación de la
Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) evidenció aún más la
dependencia europea de Estados Unidos.
Al rechazar la invitación de Hitler a participar en la guerra, el general Franco
logró mantenerse neutral, pero no consiguió ganarse la simpatía de los
‘aliados’, que le negaron los beneficios y las ayudas del Plan Marshall. Entre
1945 y 1953 el gobierno español tuvo que soportar el ostracismo internacional,
tras ser rechazada su presencia en las organizaciones internacionales del mundo
occidental.
Los Estados europeos, que ya no eran dueños de sus destinos, en especial Francia
y Gran Bretaña, fueron forzados a desmantelar sus imperios. Durante las primeras
dos décadas de la posguerra tuvo lugar un impresionante proceso de
descolonización, que fue preparado en parte por el auge de los movimientos
nacionales en Asia, África y Oriente Próximo en el periodo de entreguerras. Esta
decadencia del imperialismo y el colonialismo reflejó la crisis europea, tanto
espiritual como política. Las aplastantes revelaciones en relación con los
campos de concentración nazis y los dolorosos recuerdos de colaboración se
transformaron en un sentimiento de culpabilidad generalizada. Para muchos, el
existencialismo del filósofo francés Jean Paul Sartre representó la última
palabra en lo concerniente a la condición humana.
5.6.2.2 Resistencia al control soviético
Países bajo la influencia de la Unión Soviética Al final de la II Guerra
Mundial, en 1945, los regímenes comunistas alcanzaron el poder en varios países
del este de Europa que habían sido ocupados por las fuerzas soviéticas. Entre
1945 y 1948, ocho países cayeron bajo la esfera de influencia soviética. Aunque
la mayor parte de sus gobiernos estaban sometidos al dominio soviético, el líder
de Yugoslavia, Tito, mantuvo una tenaz independencia y en 1948 rompió sus
relaciones con Moscú.© Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.
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No obstante, Europa demostró ser muy resistente. Casi desde el principio, los
dirigentes soviéticos aprendieron que el fuerte orgullo nacional que anima a los
pueblos de la Europa Oriental no podía ser suprimido fácilmente. En 1948 fueron
incapaces de impedir que Josip Broz Tito (un combatiente de la resistencia
comunista), se embarcara en una aventura distinta: el socialismo autogestionario
en Yugoslavia (véase Partidos comunistas). En 1953, el año de la muerte de
Stalin, los alemanes orientales se amotinaron, y en 1956 los húngaros libraron
una heroica batalla (destinada al fracaso) contra los soviéticos. En 1968, de
nuevo el control soviético fue puesto a prueba en Checoslovaquia, donde el
dirigente comunista Alexander Dubcek comenzó la liberalización de la vida checa
durante el breve periodo conocido como la primavera de Praga. Otra vez las
fuerzas militares soviéticas, junto a tropas de otros países del Pacto de
Varsovia, aplastaron el experimento del ‘socialismo con rostro humano’, pero
voces de resistencia y reforma continuaron haciéndose oír. La propia URSS tuvo
que hacer frente a las presiones nacionalistas cuando algunas de sus repúblicas
comenzaron a rechazar el gobierno central.
En España, a partir de 1953, el general Franco supo sacar ventaja de su
proclamado anticomunismo, y consiguió reanudar relaciones y contactos con los
gobiernos occidentales e iniciar su entrada en todos los organismos, empezando
por la UNESCO en ese mismo año.
5.6.2.3 Resistencia a la influencia estadounidense
Los estadounidenses, que habían sido mucho mejor recibidos que los soviéticos,
trataron a los europeos como aliados en la Alianza Atlántica. Algunos, en
cambio, percibieron los peligros de la influencia de Estados Unidos. Éste fue el
caso del general Charles de Gaulle, que se convirtió en el presidente de la V
República de Francia en 1959. Al negarse a conceder a Estados Unidos una
presencia permanente en Europa Occidental, De Gaulle interrumpió la colaboración
francesa con la OTAN y comenzó a desarrollar una fuerza disuasoria nuclear
propia. Debido a la relación especial que Gran Bretaña mantenía entonces con
Estados Unidos, el presidente francés vetó la candidatura británica a la
Comunidad Económica Europea (CEE) o Mercado Común. De Gaulle, que veía a Europa
extenderse del Atlántico a los Urales, abogó por una inestable federación de
estados independientes (L’Europe des patries). A esta visión se oponían aquéllos
que consideraban que era necesaria y posible una unión más integral. El primer
paso en esa dirección había sido tomado en 1951, cuando Francia, la República
Federal de Alemania, Italia y los Países Bajos se pusieron de acuerdo en
establecer el Mercado Común del Carbón y el Acero. A esto le siguió en 1957 la
formación de la Comunidad Económica Europea. Aunque tuvo un considerable éxito
económico, el Mercado Común no evolucionó hacia la unión política europea tan
rápidamente como algunos de sus fundadores habían esperado (véase Unión
Europea).
En 1975, tras la muerte de Francisco Franco, se inició en España un periodo de
transición, que culminó en las primeras elecciones libres de 1977 y la
proclamación de una Constitución democrática en 1978.
5.6.3 El futuro de Europa
Organigrama de la Unión Europea Esta ilustración reseña los principales órganos
institucionales de la Unión Europea y señala las relaciones existentes entre
ellos.© Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.
A principios de la década de 1980, cuando el sindicato polaco Solidaridad estaba
en pleno apogeo, el gobierno, con el apoyo soviético, declaró la ley marcial y
encarceló a muchos de los disidentes anticomunistas. A finales de la misma
década, sin embargo, las condiciones económicas de Europa Oriental se
deterioraban tan rápidamente que los gobiernos comunistas no pudieron retener
por más tiempo la ola de protestas públicas. Durante 1989 y 1990, las elecciones
libres dieron lugar a gobiernos democráticos en Polonia, Hungría y
Checoslovaquia. A finales de 1989 la línea divisoria entre Este y Oeste, el muro
de Berlín, fue derribado; el régimen de la República Democrática Alemana se
disolvió, y en octubre de 1990 Alemania Oriental fue absorbida por la Alemania
Occidental (República Federal de Alemania). En septiembre de 1991 la
independencia de tres repúblicas bálticas de la Unión Soviética, Estonia,
Letonia y Lituania, fue reconocida a nivel internacional; la URSS también aceptó
antes del final de 1991 la independencia del resto de las repúblicas soviéticas,
lo que significó su total desintegración. La Comunidad de Estados Independientes
(CEI), formada en diciembre de 1991 por prácticamente todas las antiguas
repúblicas soviéticas, fue la sucesora de la URSS.
El desarrollo político en Europa y la antigua URSS provocó un importante cambio
que afectó a la presencia militar estadounidense en el continente. A finales de
1995, el Ejercito estadounidense había reducido sus instalaciones militares en
Europa de un total de 893 a 319.
Desaparición de la URSS ABCNews VideoSource
Ampliar
En Europa Occidental, el final de la Guerra fría levantó esperanzas de
cooperación total, e incluso de amistad entre Este y Oeste. Estas perspectivas
se ensombrecieron, no obstante, con la creciente inestabilidad de las antiguas
repúblicas soviéticas y por el estallido de la guerra entre serbios y croatas en
Croacia, y serbios, croatas y musulmanes en Bosnia-Herzegovina. En abril de
1992, cuatro de las seis repúblicas constituyentes de Yugoslavia (Eslovenia,
Croacia, Bosnia-Herzegovina y Macedonia) habían declarado su independencia, y
las dos restantes (Serbia y Montenegro) se habían unido y constituido un nuevo
Estado, la República Federal de Yugoslavia, que la comunidad internacional se
negó a reconocer como Estado soberano, y que desde febrero de 2003 recibe el
nombre de Serbia y Montenegro. La guerra finalizó tras la firma de los Acuerdos
de Dayton entre los bandos enfrentados.
El 1 de enero de 1993, asimismo, Checoslovaquia se dividió en dos repúblicas
distintas, la República Checa y Eslovaquia.
Por su parte, los países miembros de la Comunidad Europea (ahora llamada Unión
Europea) habían establecido en un principio el 1 de enero de 1993 como fecha
límite para la integración económica. El Tratado de la Unión Europea o Tratado
de Maastricht, diseñado para intensificar la integración política y económica de
la Comunidad Europea, fue ratificado finalmente por los doce miembros de la
Unión Europea en 1993. Ésta eliminó la mayor parte de las fronteras comerciales
interiores y permitió la libre circulación de ciudadanos de la Unión, además de
elegir a la ciudad alemana de Frankfurt como sede del nuevo Instituto Monetario
Europeo. Pero los planes para adoptar políticas de defensa común a través de la
Unión Europea Occidental y crear una moneda única a finales del siglo XX se han
retrasado. En mayo de 1994, Finlandia, Suecia y Austria solicitaron su ingreso
en la Unión Europea (UE), que se hizo efectivo en 1995. El 15 de diciembre de
1996 se aprobó el estatuto jurídico del euro (nombre adoptado un año antes para
la futura moneda única europea), el nuevo Sistema Monetario Europeo (SME) y el
llamado Pacto de Estabilidad, por el que los estados miembros deben continuar
sus respectivas políticas de convergencia toda vez que, en 1999, comenzó a
utilizarse el euro, si bien hasta el año 2002 su uso quedó limitado a
transacciones de carácter financiero.
En 1993 Europa sufrió una recesión económica y un alto nivel de desempleo.
Además, el flujo de exiliados y refugiados procedentes de Europa suroriental y
el norte de África provocó una escalada del nacionalismo racista y xenófobo y de
rechazo contra los inmigrantes, especialmente en la Alemania reunificada. Pero
el proceso irreversible tendente a la eliminación de fronteras dentro de la
Unión Europea, la solicitud de ingreso en la misma realizada por países del
antiguo bloque del Este y la apertura en 1994 del túnel del Canal de la Mancha,
que une Dover y Calais, después de más de cinco años de construcción, son
algunos buenos ejemplos del espíritu favorable a la cooperación y al
entendimiento entre los pueblos y los ciudadanos del Viejo Continente.
Bibliografía
Estas fuentes proporcionan información adicional sobre Europa.
-
Amin, Samir. Imperialismo y desarrollo desigual.
Barcelona: Fontanella, 1976. Análisis de las nuevas formas del imperialismo
tras los procesos de emancipación de la tutela colonial, desde la
perspectiva estructuralista centro-periferia.
-
Braillard, Philipe. El imperialismo. México, D.
F.:Fondo de Cultura Económica, 1981. Estudio del imperialismo abordado desde
un enfoque globalizador y sistémico.
-
Colorado, Arturo. Imperialismo y colonialismo.
Madrid: Anaya, 1991. Síntesis divulgativa en la que se presenta un
esquemático panorama del imperialismo como fenómeno histórico. La obra asume
la cronología tradicional sobre el imperialismo, entre 1870 y 1914.
-
Fieldhouse, David K. Economía e Imperio. La
expansión de Europa 1830-1914. Madrid: Siglo XXI de España Editores, 1977.
Excelente estudio sobre el imperialismo como fenómeno y realidad histórica.
En sus páginas se hace una rigurosa valoración de la interpretación
tradicional del imperialismo como producto directo de las fuerzas económicas
y como reflejo del carácter y de las necesidades del capitalismo europeo de
la época. Es el primer intento de valoración global y rigurosa de estas
hipótesis, no sólo en un plano teórico sino también atendiendo a cual fue la
importancia relativa de los factores económicos en el proceso de
construcción de los imperios. La obra lleva a cabo una sistemática
valoración de la historiografía y un amplio estudio de la expansión imperial
en distintas áreas geográficas.
-
Fieldhouse, David K. Los imperios coloniales
desde el siglo XVIII. Madrid: Siglo XXI de España Editores, 1984. Completa y
rigurosa síntesis sobre la historia de los imperios coloniales (europeos),
en la que el autor opta por un hilo narrativo eurocentrista y por asumir la
cuestión como expresión de las actividades europeas en el mundo de ultramar.
Partiendo de la premisa de que el imperio significa potencia y autoridad la
obra pretende responder a tres grandes cuestiones: ¿cómo y por qué se llegó
a la posesión de colonias?, ¿cómo eran éstas gobernadas? y ¿qué ventajas
obtuvieron los dominadores?
-
Headrick, Daniel R. Los instrumentos del
imperio. Tecnología e imperialismo europeo en el siglo XIX. Madrid: Alianza
Editorial, 1989. Autor de una de las vertientes de estudio más novedosas y
originales sobre el imperialismo, esta obra suya analiza la incidencia de la
tecnología en la potenciación de los instrumentos de poder político y
económico en el establecimiento de relaciones hegemónicas entre los europeos
y el mundo de ultramar. En ese haz de preocupaciones ocupa, asimismo, un
destacado lugar el análisis de la transferencia de las tecnologías entre los
centros y las periferias de los sistemas imperiales.
-
Heffner, Jean y Serman, William. De las
revoluciones a los imperios. Madrid: Akal, 1989. Manual dirigido a
estudiantes universitarios, de gran utilidad pedagógica y en la que se hace
una presentación y valoración global del imperialismo, en su nueva
concepción, sus rasgos, sus formas de organización y su tipología. Todo ello
en el marco de las relaciones internacionales.
-
Hernández Sandoica, Elena. El colonialismo
(1815-1873). Estructuras y cambios en los imperios coloniales. Madrid:
Síntesis, 1992. Interesante estudio, abordado desde planteamientos
estructuralistas y eurocéntricos, en el que se analiza, tanto desde una
perspectiva teórica como desde la realidad y singularidad de cada imperio
colonial, la transición desde los viejos imperios coloniales a las nuevas
formas del colonialismo capitalista, al socaire de la crisis del
mercantilismo y la conformación de una economía y una sociedad capitalista.
Un estudio en el que se reflexiona sobre el fenómeno del colonialismo como
un proceso inserto en el sistema mundial, atendiendo no sólo a la dimensión
económica de la dependencia sino también a las propias relaciones de poder,
y en el que se ilustra como la comprensión del colonialismo en este periodo
es inseparable del largo proceso de mundialización del capitalismo.
-
Hobsbawm, Eric J. La era del imperio
(1875-1914). Barcelona: Labor, 1989. Última entrega de la excelente
trilogía, elaborada por el más universal de los historiadores marxistas
británicos, cuyos orígenes se sitúan en el inicio del ciclo de revoluciones
burguesas. Este volumen es representativo de una de sus más prolíficas
líneas de trabajo, el estudio de la contemporaneidad o de la baja edad
moderna. En su trilogía pretende comprender y explicar el siglo XIX y el
lugar que ocupa en la historia, comprender y explicar un mundo en proceso de
transformación revolucionaria, buscar las raíces del presente en el suelo
del pasado y, especialmente, ver el pasado como un todo coherente. En la
presente obra aborda uno de los fenómenos más paradigmáticos del cenit de la
hegemonía europea, los imperios coloniales, como una nueva forma de imperio.
-
Hobson, J. A. Estudio del imperialismo. Madrid:
Alianza Editorial, 1980. Es, sin duda, la obra más representativa del
pensamiento liberal anglosajón sobre el imperialismo. Coincidente con
algunos de los planteamientos expuestos por el norteamericano Charles A.
Conant, el trabajo de Hobson, aparecido por vez primera en 1902, culmina la
literatura liberal que privilegia los factores económicos, en el cuadro
general de la consolidación y expansión del capitalismo, a la hora de
analizar el imperialismo.
-
Jover Zamora, José María. 1898: teoría y
práctica de la redistribución colonial. Madrid: Fundación Universitaria
Española, 1979. Análisis de un aspecto específico del fenómeno imperialista
a tenor del proceso de redistribución que se fue produciendo desde finales
del siglo XIX, en el cual incardinar la crisis del 98 español en su
dimensión internacional. La obra es una de las más importantes aportaciones
de la historiografía española al estudio del imperialismo.
-
Lenin. El imperialismo, fase superior del
capitalismo. Moscú: Editorial Progreso, 1983. Reedición del folleto escrito
en 1916 por el principal dirigente bolchevique, que culmina la literatura
marxista sobre la interpretación del imperialismo. Éste era para Lenin la
consecuencia de la expansión y la mundialización del capitalismo y la
expresión de la culminación del mismo, en la que sus contradicciones se
manifestaban a nivel mundial.
-
López de Chirico, S. El desarrollo europeo y la
expansión imperialista de 1870 a 1914. Madrid: Cincel-Kapelusz, 1979.
Trabajo de carácter divulgativo sobre la situación general de Europa, su
proyección hacia el mundo de ultramar y las relaciones internacionales del
periodo imperialista.
-
Mommsen, W. J. La época del imperialismo.
Madrid: Siglo XXI de España Editores, 1971. Cuadro general de la Europa de
la época, en el que se dedica un breve capítulo al fenómeno imperialista
entre 1885 y 1906.
-
Palloix, Christian. La cuestión del imperialismo
en Lenin y Rosa Luxemburg. Madrid: Castellote, 1977. Análisis de los
planteamientos teóricos de dos de las formulaciones más influyentes y
clásicas en la interpretación marxista del imperialismo.
-
Pertierra de Rojas, José Fernando. La expansión
imperialista en el siglo XIX. Madrid: Akal, 1988. Equilibrada y breve
síntesis sobre la expansión colonial y el fenómeno imperialista, abundando
tanto en sus aspectos conceptuales como en su marco descriptivo, en virtud
de su ritmo cronológico y en sus itinerarios geográficos y geopolíticos. La
obra consta, asimismo, de una sugerente recopilación de fuentes y
bibliografía.
-
Schnerb, R. El siglo XIX. El apogeo de la
expansión europea, 1815-1914. 2 vols. Barcelona: Editorial Destino, 1982.
Panorama de la Europa decimonónica en el que se hace una reflexión en torno
a los elementos civilizatorios que confieren una coherencia al siglo XIX, el
siglo de la dominación europea.
-
Schumpeter, Joseph A. Imperialismo. Clases
sociales. Madrid: Tecnos, 1986. Traducción española de la teoría del
imperialismo y las clases sociales del insigne economista austriaco,
aparecida por vez primera en dos ensayos publicados en 1919 y 1927. Defensor
de una concepción del imperialismo prioritariamente política, inserta en la
crítica general a que fue sometida la explicación económica durante el
periodo de entreguerras. De acuerdo con sus tesis, el imperialismo no fue
tanto el resultado de los nuevos desarrollos económicos, sociales o
políticos en Europa, como la expresión del residuo feudal superviviente de
la Europa precapitalista que se había fusionado con el capitalismo burgués.
-
Vidal Villa, J. M. Teorías del imperialismo.
Barcelona: Anagrama, 1976. Obra escrita en plena crisis económica de la
década de 1970 y en un marco de retroceso general del capitalismo a escala
mundial. A lo largo del libro se presenta un completo panorama de la
evolución de las teorías del imperialismo, desde autores clásicos como Adam
Smith, Karl Marx, Hobson o Lenin hasta las interpretaciones más recientes de
Palloix, Samir Naïr, Poulantzas o Gunder Frank.
-
Wallerstein, Immanuel. El moderno sistema
mundial. Madrid: Siglo XXI de España Editores, 1979-1984. Estudio del gran
teórico del sistema mundo capitalista, a partir del concepto economía-mundo
capitalista y a tenor de la cual ha elaborado una de las más sugerentes,
influyentes y polémicas interpretaciones estructuralistas sobre la
articulación del sistema mundial a partir de la civilización capitalista.
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