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Por Karen Jolly
La alta edad media europea, que duró aproximadamente desde 1050 hasta 1300,
evoca en la mayoría de nosotros imágenes románticas de caballeros en brillantes
armaduras, espléndidos castillos y gloriosas catedrales. Y para muchas personas
la palabra medieval (del latín medium aevum; ‘edad media’) sugiere erróneamente
un paréntesis cultural entre el periodo clásico de las civilizaciones griega y
romana y el renacimiento. Al contrario, la alta edad media fue un periodo
dinámico que conformó la identidad y el desarrollo europeos, en parte
estimulados por la interacción de Europa con otras culturas de Eurasia y el
Mediterráneo. Durante estos años se crearon muchos de los esquemas e
instituciones sociales y políticas básicos asociados a la historia europea, y en
las islas Británicas, Francia, Alemania, Italia, Europa oriental, la península
Ibérica y Escandinavia se fueron dibujando nítidas fronteras políticas e
identidades culturales. Entre los siglos XI y XIV, una reacción en cadena de
desarrollos en los sectores económico, social y político hizo surgir nuevas
tendencias en los campos de la religión, la investigación, la literatura y las
artes, tendencias que han conformado la cultura europea hasta nuestros días.
Expansión económica y aparición de las ciudades
La expansión territorial, las innovaciones en la agricultura y el desarrollo de
las ciudades y el comercio trajeron consigo una rápida transformación económica
de la Europa medieval. Los cambios de disponibilidad y consumo de bienes
materiales y de distribución demográfica alteraron radicalmente las relaciones
sociales y la organización política en Europa. Estos cambios dieron origen a
clases nuevas y más independientes que competían entre sí y se equilibraban de
forma que ninguno de los grupos llegase a ostentar el poder absoluto.
La migración y la expansión de las fronteras ampliaron los límites de los países
europeos en el Mediterráneo, en Europa oriental y en la península Ibérica. Un
gran porcentaje de esta migración y expansión estuvo encabezado por grupos
guerreros como, por ejemplo, los normandos, descendientes de los vikingos en
Francia, que llegaron hasta Sicilia, o los Caballeros Teutónicos, que obligaron
a desplazarse a los campesinos alemanes hacia el este a los territorios eslavos.
Los cruzados, guerreros procedentes de toda Europa, respondieron a la llamada
del papa Urbano II en 1095 para rescatar la Tierra Santa de los musulmanes.
Durante el siglo XI y en la península Ibérica, la Reconquista cristiana llevada
a cabo por los reinos de Aragón, Castilla y León en el norte expandieron el
cristianismo por el sur y esta invasión absorbió los territorios del antiguo
califato musulmán de Córdoba, con su multicultural población compuesta de
musulmanes, judíos y cristianos.
La tala de bosques para pastos y las nuevas técnicas agrícolas se tradujeron en
una mayor producción de alimentos, un aumento de la población y mayor libertad
económica. Los útiles agrícolas, como el arado pesado, unidos a los nuevos
métodos de aprovechamiento de la fuerza animal, como el arreo de collar para los
caballos, permitieron a los agricultores cultivar con menor esfuerzo la tierra
fértil y densa de la Europa septentrional. El sistema de rotación triple
sustituyó a la alternancia de la cosecha doble, permitiendo a los agricultores
cultivar simultáneamente dos terceras partes, en lugar de la mitad de sus
tierras, y dejando un tercio en barbecho para regenerar los nutrientes. En el
siglo XII los dispositivos generadores de fuerza como el molino de viento y la
noria de agua para moler el grano contribuyeron también a aumentar la
producción. Como consecuencia, los europeos comenzaron a alimentarse mejor,
vivían más tiempo y aumentaron en número. Una mejor dieta con legumbres ricas en
hierro prolongó la vida media de las mujeres y aumentó su supervivencia tras los
alumbramientos. La población de Europa prácticamente se duplicó entre los siglos
XI y XIV, llegando en algunas regiones a triplicarse. El excedente de alimentos
y de población se tradujo en que un mayor número de individuos podía dedicar sus
esfuerzos a nuevos oficios y al comercio, en vez de a la agricultura de
subsistencia.
Este aumento de productividad entre los siglos XI y XIV dio lugar a la
urbanización o crecimiento de los pueblos y ciudades de mercado donde los
ciudadanos compraban alimentos y materias primas procedentes de zonas rurales y
vendían objetos fabricados por artesanos locales así como artículos importados
de otras regiones. Las ciudades y los ciudadanos se independizaron de la
aristocracia terrateniente y pudieron regir sus propios negocios mediante
cédulas concedidas por los monarcas. La moneda se convirtió en un medio habitual
de transacción y nació la economía basada en el dinero, con sus correspondientes
actividades de banca, inversión y préstamo. Los comerciantes y los inversores
europeos crearon redes comerciales competidoras. Los mercaderes de las antiguas
ciudades-estado italianas, como Génova, Venecia y Pisa, importaban artículos de
lujo de Oriente y de los puertos del norte de África a cambio de materias primas
europeas. Entre los siglos XII y XIII, una serie de ciudades del norte de
Alemania constituyeron la Liga Hanseática que controlaba las rutas comerciales
que transportaban materias primas como maderas, pieles y metales por el mar
Báltico, el mar del Norte y las grandes vías fluviales, quedando de esta forma
vinculados Alemania, Inglaterra, los Países Bajos, Escandinavia y los países de
la Europa oriental. Aunque la mayor parte de los europeos continuaban viviendo
en zonas rurales, las ciudades cada vez dominaban más el panorama general.
Diversidad social
Los cambios económicos provocados por el desarrollo del comercio y la aparición
de las ciudades crearon nuevas tensiones en la sociedad medieval que traspasaron
los límites de clases, sexos, etnias y religiones. La interacción entre las
clases rurales y las clases urbanas produjo el establecimiento de nuevas
organizaciones políticas y leyes diseñadas para equilibrar las exigencias de las
clases enfrentadas.
Con la aparición de las ciudades, las nuevas clases sociales, como comerciantes
y artesanos, alteraron los esquemas sociales establecidos por la sociedad
medieval. Según el enfoque tradicional, había tres órdenes que actuaban
conjuntamente en la comunidad rural: la aristocracia guerrera o las personas que
se dedicaban a luchar, el paisanaje o las personas que se dedicaban a trabajar,
y el clero o las personas dedicadas a la oración. Estas comunidades
tradicionales estaban organizadas jerárquicamente y vinculadas entre sí como una
familia, en la que los nobles actuaban como un padre que vela por su familia y
los habitantes del poblado. Los ciudadanos, que se ganaban la vida como
artesanos o comerciantes, rompieron con estas servidumbres rurales y estos lazos
familiares creando nuevas redes sociales a través de asociaciones denominadas
gremios. Los gremios de los comerciantes velaban por los intereses de la ciudad,
regulando el comercio con los extranjeros y procurando ciertos beneficios para
sus miembros. Los gremios de artesanos organizados por curtidores, carniceros y
tejedores establecieron un control sobre salarios y precios y fijaron reglas
para realizar el aprendizaje y para el ingreso como miembro. Para algunos
escritores religiosos, las libertades urbanas de las nuevas ciudades amenazaban
con socavar el orden jerárquico tradicional de la sociedad. Otros calificaron a
los comerciantes de mundanos y materialistas al no realizar ninguna labor propia
y beneficiarse del trabajo de terceras personas en su actividad de compra y
venta de artículos. Para contrarrestar esta opinión, los gremios distribuyeron
su riqueza dando limosna a los pobres y construyendo iglesias para demostrar de
forma patente el fervor colectivo de sus miembros.
Los papeles adoptados por las mujeres en la sociedad patriarcal de la alta edad
media ilustran la nueva y más amplia gama de clases sociales. Tradicionalmente
las funciones de las mujeres con respecto a los hombres estaban definidas,
siendo el matrimonio y la maternidad sus principales funciones sociales y
políticas. Sin embargo, las mujeres estaban activas y ejercían su influencia en
la sociedad. Las mujeres de la realeza y la aristocracia ejercieron su autoridad
en los tribunales y gestionaban entornos familiares complejos, como cuando
Blanca de Castilla asumió la regencia de Francia en nombre de su hijo, el rey
Luis IX. Las burguesas regentaban talleres de elaboración de cerveza y de
tejidos, llegando incluso a constituir de forma transitoria sus propios gremios.
Las mujeres campesinas trabajaban en tareas manuales intensivas, produciendo
alimentos y manteniendo sus familias. Algunas mujeres abandonaron tal situación
para convertirse en criadas domésticas en grandes mansiones o en las ciudades,
donde sus derechos eran mínimos. Las mujeres religiosas optaron por renunciar a
la vida terrenal de matrimonio y familia en favor de una existencia espiritual e
intelectual en un convento. Aunque las mujeres no podían llegar al sacerdocio,
ejercieron gran influencia sobre la sociedad como visionarias, asesoras
espirituales y escritoras. Una de estas mujeres de gran influencia fue la
abadesa alemana Hildegarda de Bingen (1098-1179), futura santa, que a menudo se
pronunció acerca de temas religiosos, políticos y sociales de su época.
Tanto en el orden jerárquico como en el comunal de la edad media, todo el mundo
tenía su sitio y era consciente de él. La identidad de cada persona estaba
vinculada a su linaje, clase y adscripción religiosa; la violación de tales
demarcaciones ponía en peligro el orden de la sociedad. Como respuesta a la
supuesta amenaza de gentes no cristianas, como los judíos, musulmanes, gitanos y
herejes religiosos, existían unas leyes de carácter discriminatorio que
marginaban a estos grupos de la sociedad. El antisemitismo, es decir, el odio
hacia los judíos, a veces indujo a bandas cristianas a asesinar judíos
tildándoles de “asesinos de Cristo”, como cuando los cruzados atravesaron
Alemania en 1096. Sin embargo, a pesar de la discriminación y el temor que a
menudo restringieron sus contactos comerciales y sociales, las comunidades
judías lograron preservar una sólida conexión interna a través de las familias,
las sinagogas y los contactos con judíos tanto en Europa como fuera de ella. De
hecho, los judíos desempeñaron un papel fundamental en la sociedad medieval al
ejercer notable influencia en el saber medieval.
Centralización política y desarrollo del gobierno consensuado
En medio del crecimiento económico y la agitación social, la alta edad media
presenció la estabilización de las fronteras políticas de Europa y la expansión
de los gobiernos centralizados por todo el continente. Basados en la fortaleza
económica de las ciudades y el comercio, los diferentes gobernantes europeos
crearon burocracias competentes para regentar sus dominios, como resulta
evidente de la creciente utilización de documentos legales escritos. El poder de
estos nuevos dirigentes estaba limitado, sin embargo, por la presión ejercida
por los grupos sociales y las organizaciones políticas rivales, tales como la
aristocracia, la ciudadanía y la Iglesia.
Desde el siglo XI hasta el XIII las comunidades en expansión en Europa
desarrollaron una identidad política estable, generalmente bajo un gobernante
central. El control regio se extendió en Inglaterra con los Angevinos (Plantagenet),
en Francia con los Capetos y en Alemania bajo el Sacro Imperio Romano Germánico.
Entre tanto fueron surgiendo reinos cristianos recién unificados en la península
Ibérica, como los reinos de Castilla y León (que formaron la denominada Corona
de Castilla) y Portugal; en Escandinavia, como los de Dinamarca, Noruega y
Suecia; y en Europa oriental, como el reino de Hungría ocupado por los magiares,
la dinastía Piast en Polonia y la Rusia de Kíev. Los pueblos eslavos de Europa
oriental recibían influencias tanto de Europa occidental como del Imperio
bizantino y así, por ejemplo, la población eslava de Rusia se convirtió al
cristianismo bizantino u ortodoxo oriental bajo la dinastía de Kíev fundada por
los escandinavos en el siglo X, constituyendo una sólida cultura cristiana
eslava que sobrevivió incluso a la conquista mongol del siglo XIII.
Los gobernantes medievales carecían de poder absoluto; su fuerza radicaba más
bien en el establecimiento de relaciones estratégicas con la aristocracia, las
ciudades y la Iglesia. Incluso al tiempo que los reyes iban centralizando su
poder, las nuevas asambleas representativas en el Parlamento de Inglaterra y los
Estados Generales de Francia durante la edad media fueron sentando las bases de
un gobierno de consenso popular. Por ejemplo, Enrique I de Inglaterra, que reinó
de 1100 a 1135, creó un eficaz sistema de control del gobierno mediante el
Exchequer (administración de Finanzas), el órgano encargado de recaudar e
invertir el erario público. Su nieto, Enrique II, que reinó de 1154 a 1189,
contribuyó al desarrollo del derecho común que unificó el reino. Pero el rey
Juan Sin Tierra, que ocupó el trono entre 1199 y 1216, se vio obligado por los
barones a firmar la Carta Magna en 1215, un antecedente de la monarquía
constitucional en Inglaterra.
A menudo, los conflictos entre estos centros rivales de poder dieron lugar a
nuevas teorías políticas y leyes. Por ejemplo, durante la el siglo XI, cuando
comenzó la llamada Querella de las Investiduras, los papas y los gobernantes
laicos debatieron el derecho a la investidura o nombramiento de los obispos. Al
tiempo que los dirigentes religiosos europeos iban adquiriendo una autoridad más
sistemática sobre sus iglesias, los reformadores procuraban liberar las iglesias
locales del control de los aristócratas y monarcas laicos. Sin embargo, los
reyes europeos estaban acostumbrados a nombrar sus propios arzobispos y obispos,
ya que estas personas, por lo general pertenecientes a familias aristocráticas,
actuaban como administradores reales. Cuando Gregorio VII, papa entre 1073 y
1085, rechazó el nombramiento de un obispo realizado por el emperador del Sacro
Imperio Romano Germánico Enrique IV, se desencadenó un dilatado conflicto que
enturbió las relaciones entre Iglesia y Estado. Los siguientes papas, tales como
el dinámico Inocencio III, cuyo pontificado duró de 1198 a 1216, utilizaron el
mismo mecanismo burocrático que solían usar los gobernantes seglares para
desarrollar teorías legales que liberasen a la Iglesia de la influencia laica.
Aunque finalmente infructuosos, los argumentos aducidos por ambas partes del
conflicto contribuyeron a definir los límites de la autoridad política tanto
para la autonomía eclesiástica como para el gobierno seglar.
Religión y erudición
Las tensiones creativas en la sociedad y la política medievales originaron
nuevas ideas, tales como las intercambiadas en los debates acerca de la fe y la
razón en las nuevas universidades. Asimismo dieron cauce a la aparición de
nuevas órdenes religiosas y formas de espiritualidad. Las nuevas ideas surgieron
en el seno de la religión popular durante las luchas entre el cristianismo
ortodoxo y las numerosas herejías. La influencia de los eruditos judíos y
musulmanes, el auge de una clase educada de profesionales de carrera y el
crecimiento de un público lector urbano fueron factores que contribuyeron
asimismo a este fermento cultural e intelectual en Europa.
Durante los siglos XII y XIII surgieron las universidades en las principales
ciudades europeas. Estas universidades cubrían las necesidades pedagógicas en el
estudio de las siete artes liberales (gramática, retórica, lógica, astronomía,
geometría, aritmética y música) proporcionando una educación con un enfoque
significativo hacia las futuras carreras. Las universidades que se
especializaron en las disciplinas superiores, como Bolonia en derecho, Salerno
en medicina y París en teología y filosofía, se convirtieron en centros de
debate intelectual. La escuela filosófica del siglo XII conocida como
escolasticismo desarrolló nuevos planteamientos lógicos basados en la
recuperación de Aristóteles por parte de los europeos a partir de fuentes
islámicas y judías. Los eruditos discutían la forma en que los hombres podían
llegar a conocer la verdad: el conocimiento de la verdad podía alcanzarse a
través de la fe, por medio de la razón humana y la investigación o mediante
alguna combinación de ambas formas. Aun cuando ninguno de estos pensadores
negaban la fe cristiana tal como se revela en la Biblia, algunos, como san
Anselmo, anteponía la fe a la razón, mientras otros, como Pedro Abelardo,
colocaba la razón en primer lugar. El gran filósofo dominico del siglo XIII,
Tomás de Aquino, elaboró una brillante síntesis de fe y razón, mientras que un
grupo de filósofos conocidos como nominalistas ponía en duda que el lenguaje
humano pudiera describir la realidad con exactitud. Estas indagaciones acerca de
la naturaleza del conocimiento contribuyeron a la investigación científica,
evidente en las teorías experimentales del científico y filósofo inglés Roger
Bacon (c. 1214-1294).
Entre tanto, muchas personas buscaban una experiencia más holística y espiritual
del mundo que la proporcionada a través del intelecto o los ritos eclesiásticos
ordinarios. Los visionarios y los reformadores crearon nuevas órdenes como la
cisterciense, la franciscana y la dominica. San Francisco de Asís rechazó el
materialismo urbano de sus padres y de la Iglesia local y definió un estilo de
vida mendicante para los seguidores de su orden, aprobada por la Iglesia,
constituida por frailes franciscanos (varones) y clarisas (mujeres). Muchos
pensadores religiosos del siglo XIII se vieron influidos por la anterior
filosofía del neoplatonismo cristiano, síntesis de las ideas de Platón y el
misticismo cristiano. Bajo esta influencia, rechazaron el enfoque aristotélico
de racionalizar la religión pensando que la revelación divina podía comprenderse
mejor utilizando la experiencia. El cisterciense Bernardo de Claraval, que
falleció en 1153, temía que la lógica escolástica de Pedro Abelardo pudiera
anular la comprensión auténticamente espiritual. Más tarde, el franciscano san
Buenaventura, que vivió entre 1221 y 1274, elaboró una filosofía mística que
inducía a los cristianos a la contemplación del reino ideal de Dios.
La religión popular también reflejaba este fermento social y religioso. La
mayoría de las personas de la Europa medieval eran cristianos que eran
bautizados en el momento de su nacimiento y participaban en los ritos
eclesiásticos a lo largo de toda su vida; hacían penitencia por sus pecados,
iban a misa y realizaban peregrinaciones a los lugares santos que albergaban
reliquias veneradas. En las ciudades, el pueblo laico comenzó a buscar una
experiencia religiosa más intensa para contrarrestar el materialismo de sus
existencias urbanas. Muchos se sintieron atraídos por nuevos movimientos
religiosos, algunos de los cuales no gozaban de la aprobación de la Iglesia.
Esto provocó conflictos entre las enseñanzas ortodoxas impartidas por la Iglesia
y las prácticas y herejías que eran condenadas como falsas por la Iglesia y
consideradas peligrosas para la cristiandad. Al igual que las órdenes
religiosas, los herejes como los cátaros (también conocidos como albigenses),
los valdenses y los franciscanos celestinos o espirituales hacían hincapié en la
vida espiritual, pero además criticaban el materialismo de la Iglesia y
desafiaban su autoridad. Por ejemplo, los cátaros rechazaban el cuerpo como algo
malo y no veían la necesidad de la existencia de sacerdotes. Los jerarcas de la
Iglesia los condenaron por herejes y los dirigentes seglares, dedicados a
sofocar los levantamientos locales contra su autoridad, realizaron una cruzada
militar destinada a destruir sus reductos en el sur de Francia. La Iglesia, cuyo
orden y doctrina se veían amenazados por estos grupos, nombró predicadores como
los dominicos para impartir la doctrina correcta y además encomendó a los
inquisidores la persecución y el castigo de los herejes.
La literatura y las artes
El desarrollo de la sociedad urbana, las innovaciones intelectuales y el
conflicto entre espiritualidad y orden en la Iglesia contribuyeron conjuntamente
al desarrollo de nuevos estilos creativos en la literatura, las artes, la
arquitectura y la música. El comercio y la economía basada en el dinero europeos
sufragaron esta creatividad, como quedó patente en la importación de los estilos
y materiales de otros países, en el patrocinio aristocrático de las artes y en
las contribuciones de los artesanos y los gremios de comerciantes a la
construcción de iglesias monumentales en sus ciudades.
La alfabetización aumentó en la Europa medieval, especialmente entre la
población laica urbana que disponía de más tiempo para la lectura. Aunque la
mayoría de los libros estaban escritos en latín, que era considerada la
principal lengua de estudio, se comenzaron a producir más libros en las lenguas
regionales como el inglés, el francés y el alemán. A partir de esta literatura
vernácula nacieron nuevos estilos y géneros. En las cortes, los trovadores
escribían y representaban poemas líricos que celebraban el amor entre los
caballeros y las damas. Las narraciones épicas sobre el heroísmo guerrero, como
Beowulf, dejaron paso a los romances que cantaban el amor cortesano y la
hidalguía de los caballeros, algunos de cuyos ejemplos se encuentran en los
libros artúricos como La búsqueda del Santo Grial y Sir Gawain y el caballero
verde. Las fábulas de animales a menudo realzaban las virtudes y habilidades de
los trabajadores por encima de las características de las clases más altas. Los
Cuentos de Canterbury de Chaucer caricaturizaban a todas las clases sociales.
Los libros religiosos, los sermones, las biografías de santos y las narraciones
de milagros proporcionaban literatura enriquecedora a los lectores piadosos, en
su mayoría mujeres. Los libros eran volúmenes manuscritos, minuciosamente
copiados por los escribas en pergaminos de pieles de animales utilizando plumas
de ave o cañas. Los manuscritos más costosos estaban decorados con ilustraciones
dibujadas con oro y colores brillantes de Cristo y otros santos, así como
enredaderas, plantas y bestias fantásticas que se cruzaban y entrelazaban en los
márgenes.
Los cambios de estilo también se produjeron en las artes visuales como la
pintura, la escultura, la metalistería, el arte del vidrio emplomado y la
arquitectura, así como en las artes escénicas de la música y el teatro.
Sufragado por patrocinadores religiosos y seglares e influido por las
civilizaciones islámica y bizantina, durante los siglos XI y XII fue surgiendo
un renacimiento artístico de estilo románico. La arquitectura románica produjo
catedrales macizas e imponentes con arcos de medio punto y fantásticas tallas en
piedra. En los siglos XII y XIII el estilo gótico introdujo innovaciones
técnicas y dio cauce a una expresión más emocional. Los arcos apuntados, las
nervaduras y los arbotantes de las catedrales góticas, como Notre Dame en París,
permitieron a los constructores edificar muros más altos y ligeros y ventanas
con vidrieras policromadas que proporcionaban al interior una sensación de
iluminación celestial. En el exterior de las catedrales góticas, las alargadas y
esbeltas estatuas de santos con tranquilidad beatífica reflejaban una humanidad
idealizada. Durante este periodo, la música y la escritura musical así como la
arquitectura gótica fueron ganando en complejidad. Las melodías monofónicas del
canto gregoriano, las piezas de danza instrumentales y las baladas de trovadores
evolucionaron hacia una música polifónica más compleja que entrelazaba
diferentes voces. La música formaba parte integral de la expresión sentimental
en la vida medieval. Las representaciones constaban de una parte seglar que
abarcaba desde cantos cortesanos y animadas danzas a canciones de las tabernas,
y por otra religiosa que abarcaba desde arias cantadas de la misa hasta
representaciones de misterios que escenificaban pasajes bíblicos. Gran parte del
arte de este periodo se encuentra aún vigente en la actualidad.
Conclusión
La edad media estuvo marcada por la diversificación y el desarrollo de la
economía y la sociedad, así como por las tensiones sociales y los conflictos
políticos y religiosos posteriores. Estos avatares trajeron consigo también
nuevos planteamientos creativos en la expresión artística, la teoría legal y la
filosofía. La cultura dinámica y vivaz que surgió de la economía, la sociedad,
la política, la religión, la erudición y las artes europeas situó a Europa en un
primer plano mundial.
Acerca de la autora: Karen Jolly es profesora asociada de Historia en la
Universidad de Hawai. Es editora de Tradition and Diversity: European
Christianity in a World Context to 1500 y autora de Popular Religion in Late
Saxon England: Elf Charms in Context.
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