Casa Obrero Mundial

Principal Correo

Fin de la Página

Sindicatos

 

Principal

Corrientes Sindicales
3er Foro Internacional OIT
Sindicalismo en Transición
Sindicalismo en maquiladoras
Casa Obrero Mundial
Educación Superior
Crisis Sindical
Jubilaciones IMSS
Estatuto Jurídico FSTSE
Noticias Laborales

La Revolución y los Trabajadores

Los Batallones Rojos[1]

Es patente que el patriotismo no es practicado
por los que nos lo inculcan. Es ése un sentimiento que hábilmente
se nos fomenta para tenernos a su disposición nuestros verdugos.
Ricardo Flores Magón

Creada a mediados de 1912 por un pequeño grupo de trabajadores mexicanos y unos cuantos activistas extranjeros, la Casa del Obrero Mundial (COM) había sido concebida como un centro de reunión proletario, donde los trabajadores de una y otra actividades productivas comentaban sus respectivos problemas y, al hacerlo, consolidaban la conciencia de clase (obrera), al identificar los rasgos comunes entre el panadero y la telefonista y de ambos con el obrero textil y el tipógrafo, por ejemplo.

Un centro de reunión con su biblioteca y sus aulas para estudiar derecho e historia, español y redacción, filosofía y ciencia política, oratoria y música, teatro y fotografía. En resumen, un centro de concientización basado en la “escuela racionalista”, abierto “a todo interesado en la superación de los trabajadores” para “acabar con la ignorancia”, principal enemigo del pobre en su lucha diaria por hacer valer sus derechos.

Inmersa en el contexto internacional, la lucha de la clase trabajadora contra el imperialismo, no fue raro que la clase obrera mexicana enarbolara la ideología del anarcosindicalismo, sustentada en la cual nacieron los primeros sindicatos mexicanos, en los pasillos de la casa de Matamoros 105, ciudad de México, primera sede de la COM.

Así, con el paso de los días, la COM se fue convirtiendo en el principal centro de organización sindical a nivel nacional y, por consiguiente, fue creciendo la fuerza del proletariado mexicano.

El 1° de mayo de 1913, organizada por la Casa, se celebró la primera marcha obrera por las calles de la ciudad de México, en conmemoración de los “Mártires de Chicago de 1887”. Frente a su creciente activismo sindical y postura crítica, un año después, Victoriano Huerta la cerró. No fue mucho lo que permaneció clausurada, con la entrada de los constitucionalistas –mediados de agosto de 1914– reabrió sus puertas.

I.                    La COM en el contexto de la guerra

Tras la derrota del régimen huertista (1913-1914), a pesar de los intentos conciliatorios de los “jacobinos”, al frente de los cuales se encontraba Álvaro Obregón, las diferentes facciones revolucionarias no llegaron a ningún acuerdo, por lo que, durante la Convención de Aguascalientes, celebrada en octubre de 1914, en vez de zanjar sus diferencias, éstas se acentuaron aún más. Así, en un extremo quedaron los “convencionistas” y, en el otro, los “constitucionalistas”, entre los que se encontraban los “jacobinos”, agrupados en su “ala radical”.

Ante el avance hacia la ciudad de México de las tropas zapatistas por el frente sur, y de las villistas por el norte, en noviembre, el gobierno constitucionalista, encabezado por Venustiano Carranza, la abandonó, y a finales del mismo mes se estableció en Veracruz, Ver.

La presencia de Francisco Villa y Emiliano Zapata en la capital del país se extendió desde principios de diciembre de 1914 hasta finales de enero de 1915, cuando frente al avance de Obregón enfilaron con sus huestes hacia el norte y el sur, respectivamente. De esa forma, Obregón y el pintor Gerardo Murillo (Dr. Atl), como representantes del constitucionalismo, pudieron reiniciar su campaña con los obreros del Distrito Federal, en su mayoría reunidos en la Casa del Obrero Mundial (COM), de tendencia anarquista.

Tal campaña había iniciado hacia septiembre de 1914 cuando, poco después de que Victoriano Huerta huyó del país y los constitucionalistas entraron en la ciudad de México, Obregón se puso en contacto con varios dirigentes de la COM, a la cual le entregó el Colegio Jesuita y las máquinas impresoras del periódico La Tribuna.

Para el “ala radical” de la facción constitucionalista, y sobre todo para Obregón, ésta debía representar ante el pueblo una “genuina revolución social”. Por lo mismo, y dado que su objetivo era conseguir el poder político, se necesitaba obtener el respaldo popular, del que en ese momento gozaban en gran medida los convencionistas.

Por lo tanto, se entiende que, presionado, Carranza haya decretado en diciembre de 1914, las Adiciones al Plan de Guadalupe y la Ley Agraria del 6 de enero de 1915, a través de las cuales buscaba “privar a Villa y a Zapata del apoyo popular…”, mediante la promesa de legislar en el área laboral y de restituir y dotar de tierras a los campesinos, para lo cual efectuaría las “expropiaciones indispensables”.

La publicación de ambos documentos marcó la culminación de uno de los medios empleados en la campaña mencionada, el cual consistió en promulgar varios reglamentos laborales, decretados por algunos gobernadores militares constitucionalistas en sus respectivos estados. Entre las principales disposiciones establecidas por estos códigos se encontraron el descanso dominical, jornada máxima de trabajo, salario mínimo, abolición de las tiendas de raya y la obligación, por parte de los empresarios, de instalar servicios médicos y escuelas para los trabajadores.

Como ante tales medidas la COM seguía manteniendo su postura neutral ante el conflicto civil –porque así lo decidieron la mayoría de sus militantes–, el cual se había convertido, declaró, en “una batalla política de ambiciones bastardas”, Obregón y Murillo se valieron de la difícil situación económica para conseguir su objetivo.

A partir del inicio de la Revolución, en 1910, la estructura del gasto público se fue modificando al incrementarse cada vez en mayor medida las erogaciones destinadas a cubrir las necesidades del conflicto bélico. Así, al emplearse 80% del total de los ingresos de la Secretaría de Hacienda en éste, en poco tiempo se creó una “economía de guerra”.

Para que los pobladores de la ciudad de México pudieran enfrentar la creciente inflación, se creó la Junta Revolucionaria de Socorro, la cual, dirigida por el Dr. Atl y Alberto J. Pani, instaló varios puestos de ayuda, en los que entre el 6 y el 10 de febrero de 1915 fue repartida una considerable cantidad de dinero constitucionalista en sustitución de las “sábanas” villistas.

En particular, la situación de los habitantes pobres del Distrito Federal se tornaba cada vez más precaria, porque a la escasez de productos de primera necesidad –los zapatistas impedían el abastecimiento, ya que estaban estacionados en los límites de la ciudad– se sumaba el gran desequilibrio monetario ocasionado por la existencia de diferentes tipos de papel moneda, emitidos por cada una de las facciones revolucionarias durante su estancia en la capital de la República.

Por su parte, el 7 de febrero del mismo año, Obregón resolvió la huelga que los electricistas habían declarado pocos días antes en la Compañía Telefónica y Telegráfica Mexicana: la confisca y entrega a los trabajadores. Además, sosteniendo que lo implantaba para “aliviar la aflictiva situación … de las clases menesterosa y trabajadora …”, decretó un “subsidio extraordinario” de medio millón de pesos a las iglesias, comerciantes y empresarios de la ciudad.

Aparte de todo lo anterior, Murillo entregó a un grupo de dirigentes de la COM aproximadamente 15 mil pesos para que los repartieran entre sus trabajadores.

El 8 de febrero, esa organización realizó una asamblea general para determinar su posición respecto de la situación nacional. Cuando ya se había redactado el documento que establecía que la Casa no respaldaría a “ninguna de las facciones que se disputan el poder”, Murillo protestó. Argumentó que la constitucionalista era la que garantizaba el bienestar del pueblo. Como no era miembro de la COM, su intervención provocó el desorden; mientras algunos estaban de acuerdo con él, la mayoría exigía que se retirara. Finalmente, como no pudo restablecerse el orden, no llegaron a ningún acuerdo. Dos días después, un grupo de 67 dirigentes de la COM efectuaron una reunión secreta en la que resolvieron terminar con la política de neutralidad y adherirse al bando constitucionalista.1

En el texto del “acta” redactada aseguraron que era necesario participar en la Revolución, porque de esa manera se “salvaría al pueblo de la Región Mexicana […] del hambre que [lo] amenaza”, particularmente al sector obrero. Dijeron que la COM se uniría a los constitucionalistas porque, estaban convencidos, eran los que “más garantías de transformación social [otorgaban] al obrero”.

El 12 de febrero, inmediatamente después de haberse enterado, Obregón comunicó por telégrafo dicho convenio a Carranza. Cinco días más tarde, la comitiva de la Casa (integrada por Celestino Gasca, Rosendo Salazar, Salvador Gonzalo García, Juan Tudó, Rodolfo Aguirre, Roberto Valdés, Rafael Quintero y Carlos M. Rincón) y Rafael Zubarán Capmany, Secretario de Gobernación constitucionalista, suscribieron un pacto, en el cual se establecieron las bases de la alianza entre la COM y la facción carrancista.

El Gobierno afirmó en la primera cláusula del pacto, que “mejoraría por medio de leyes apropiadas la condición de los trabajadores, expidiendo durante la lucha todas las leyes que sean necesarias …”. Además, se comprometió a atender “las justas reclamaciones de los obreros”, en los conflictos que con motivo de los “contratos de trabajo” sucedieran con los empresarios.

En la sexta cláusula se acordó que la COM haría “propaganda activa”, con el objetivo de conseguir el apoyo de “todos los obreros de la República” para la facción constitucionalista, porque ésta haría “efectivo para las clases trabajadoras, el mejoramiento que éstas persiguen por medio de sus agrupaciones”. Dicha tarea la realizaría a través de “comités revolucionarios”, los cuales, además de la “labor de propaganda”, también organizarían en sindicatos a los trabajadores de los lugares controlados por el ejército de Carranza.

Finalmente, en la octava cláusula quedó establecido que los contingentes militares obreros se denominarían “rojos”, cualesquiera que fuera la forma en que se organizaran (batallones, regimientos, brigadas, divisiones o compañías).

El Comité Revolucionario, a partir de ese momento máximo órgano de dirección de la COM, y los comités de Prensa y Publicidad y de Propaganda –los tres integrados por personajes del grupo que la madrugada del 11 de febrero acordó formar una “división compuesta por elementos meramente obreros”– consiguieron enrolar a varios miles de trabajadores del Distrito Federal. No existe una cifra sobre el número exacto de obreros que integraron las milicias de la Casa, pero todas las fuentes coinciden en que fueron aproximadamente entre 4 y 7 mil, aparte el Grupo Sanitario Ácrata, compuesto por obreras, destinado a atender a los heridos.

Conforme iban siendo alistados, los trabajadores salían –con sus esposas e hijos– en tren rumbo a Orizaba, Ver., donde la COM instalaría su cuartel de operaciones. De esa manera, para el 11 de marzo de 1915 ya habían abandonado la ciudad de México. En Orizaba se reunieron aproximadamente 8 mil personas.

II.                  Los soldados obreros en acción

Como encargado de su organización, el Coronel Ignacio Henríquez formó seis “batallones rojos”. El primero lo integraron los obreros de la Fábrica Nacional de Armas y el segundo los de la Federación de Obreros y Empleados de la Compañía de Tranvías de México. Por su parte, los sastres, canteros, obreros de la industria textil, yeseros, “fundidores de piedra artificial” y zapateros, formaron el tercero.

El cuarto batallón se integró con los trabajadores de los sindicatos de pintores, tipógrafos, cocheros, mecánicos y herreros, carpinteros, foliadores, plomeros y hojalateros, curtidores, encuadernadores y modelistas y moldeadores.

Finalmente, los batallones quinto y sexto fueron integrados por los maquinistas, albañiles y molineros de nixtamal.

De esa forma, convencidos por sus dirigentes de que la facción constitucionalista representaba “el porvenir de las agrupaciones obreras y del pueblo en general”, los obreros de la COM estuvieron listos para entrar en combate contra los villistas y zapatistas, a quienes identificaron como “aliados y representantes de la burguesía y el clero”, es decir, de la “reacción”. No tuvieron que esperar mucho tiempo; a principios de abril, el batallón número 1 lo hizo en El Ébano, San Luis Potosí, donde se enfrentó con Los Dorados de Villa.2

Entre abril y septiembre de 1915, los soldados de la COM participaron en la Revolución. Sus intervenciones más significativas estuvieron a cargo de los batallones 1, 3 y 4.

Una vez desplazados en el frente que les asignaron, en la primera semana de abril, los obreros de la Fábrica Nacional de Armas entraron en combate. Integrados a las fuerzas de Manuel Cuéllar, participaron en la batalla de El Ébano, S. L. P. (zona petrolífera importante), donde después de varias semanas fueron derrotadas las fuerzas villistas, encabezadas por Tomás Urbina.

Al tiempo que sus compañeros combatían en El Ébano y con el objetivo de auxiliar a las tropas de Obregón –que se encontraban en gran desventaja frente a los 40 mil soldados de la División del Norte, comandadas por Villa–, los trabajadores de los batallones 3 y 4, al mando de José Ríos y José Méndez, respectivamente, eran movilizados hacia El Bajío. El 13 de abril de 1915, bajo la dirección de Obregón, entablaron la segunda batalla de Celaya, en la cual se impusieron nuevamente los constitucionalistas. Fue tan considerable el número de bajas, el de prisioneros y el de armas y pertrechos arrebatados a la División del Norte, que Villa y sus “dorados” ya no se pudieron recuperar. Este combate marcó el comienzo de su desintegración.

En repliegue rumbo al norte, los villistas fueron derrotados una vez más en la batalla de Trinidad. El 5 de junio concluyó la de León; un día después, Obregón envió un telegrama a Carranza, en el que le comunicó que tras cinco días continuos de “rudo combate”, se había logrado un “nuevo triunfo sobre traidores villistas, haciéndoles huir vergonzosamente, desbandándolos en pequeñas gavillas y recogiéndoles 72 cañones, parque, armas, ametralladoras, trenes, impedimenta y haciéndoles muchas bajas”.

Por su parte, los tranviarios (batallón número 2) fueron desplazados a la Huasteca veracruzana, donde, a principios de julio, conducidos por el General Emilio Salinas, lucharon en Teocelo y Huatusco.

Para enfrentar a fuerzas zapatistas, comandados por el Coronel Enríquez, los batallones 5 y 6 no abandonaron la región de Orizaba, por lo que, además, tuvieron que escoltar al puerto de Veracruz, los trenes cargados con las armas que habían sido de los villistas, después de que fueron derrotados en El Bajío.

Según el parte militar que el General Juan José Ríos envió al Comité Revolucionario de la COM, los obreros de los batallones tercero y cuarto combatieron en Tonilita, Jalisco, donde aparte de arrebatar “varias monturas, parque, dinero villista y un tambor”, causaron aproximadamente 60 bajas a los “bandidos” e impidieron que éstos volaran el puente Villegas.

A pesar de su victoria, quince soldados del tercer batallón murieron, cuando ante la carencia de balas, y antes que llegaran a reforzarlos sus compañeros del batallón número 4, estropearon sus armas y “se dejaron ir por un voladero”. En honor a estos “héroes”, fallecidos en septiembre de 1915, los trabajadores de la COM realizaron mítines en muchos lugares del país.

¿Y después de la victoria?

Debido a las victorias militares en los diversos frentes de batalla –de abril a julio se efectuaron los más cruentos combates entre constitucionalistas y convencionistas–, a mediados de agosto de 1915, el gobierno carrancista y la COM pudieron regresar a la ciudad de México. Un par de semanas antes, el General Pablo González la había recuperado del poder de los zapatistas. Considerablemente mermadas sus tropas y habiendo perdido una gran cantidad de armas, sobre todo la División del Norte, Villa y Zapata no tuvieron otra opción que replegarse a sus respectivos lugares de origen.

Además de la gran cantidad de muertos (cerca de un millón), entre las consecuencias de la guerra destaca el desquiciamiento de la economía. Como dicen Lorenzo Meyer y Héctor Aguilar Camín (A la sombra de la Revolución mexicana, p. 65), 1915 “fue el año por excelencia de la violencia, su gratuidad descarnada y su secuela devastadora en saqueo, destrucción, inseguridad, luto y epidemias …”

En ese contexto, los dirigentes de la COM reemprendieron sus labores de organización sindical. No lo hicieron sólo en la ciudad de México –donde en enero de 1916 fundan la Federación de Sindicatos Obreros del Distrito Federal, con muchas de las agrupaciones creadas a partir de su regreso–, sino también en los lugares donde durante la guerra, sus cerca de un centenar de propagandistas establecieron aproximadamente 36 sucursales, incluyendo varias de las principales ciudades del país.

Frente a la escalada de precios y a la galopante depreciación del papel moneda constitucionalista, muchas de las organizaciones de la Casa comenzaron a declarar huelgas, en demanda, fundamentalmente, de aumento salarial. A lo largo de los últimos meses de 1915 esta situación se generalizó.

Para desventura de los dirigentes de la COM, que habían puesto todas sus esperanzas en las promesas de Carranza, éste, una vez legitimado por las armas como encargado del Poder Ejecutivo, liquidó las huelgas mediante la represión. En su discurso del 3 de febrero de 1916 dejó claro cuál era su postura frente a éstas. Las consideraba injustificadas porque –dijo– “El gobierno emanado de la revolución ha estimado al obrero y le ha prestado todo su apoyo en sus demandas justas; pero entre ese elemento del trabajo llamado a la prosperidad, se han introducido, deslizándose a manera de serpiente venenosa, algunos arteros y ruines agitadores que, indignos de todo miramiento, introducen la cizaña bajo el falaz pretexto de trabajar por el mejoramiento obrero y fomentan huelgas disolviendo la unidad del trabajo y perjudicando la consolidación del orden.”

Por lo anterior, se comprende que, cuando en noviembre de 1915 los ferrocarrileros de Veracruz se declararon en huelga, Carranza haya respondido con un decreto por el cual Obregón los incorporó al Ejército, sometiéndolos así a las reglas militares. Un mes después fueron reprimidos los movimientos de los electricistas de Guadalajara y el de los mineros de El Oro, en el Estado de México.

Para principios de 1916, la situación había llegado a un nivel intolerable para el gobierno constitucionalista, por lo que Carranza emprendió la ofensiva final, que culminó seis meses más tarde con la represión de la huelga general del Distrito Federal –una de cuyas demandas era el pago de salarios en oro– y la supresión de la COM.

Para empezar, el 13 de enero decretó la disolución de los Batallones Rojos, a cuyos miembros –soldados y oficiales– que hubieran participado en la guerra se les entregarían “dos meses de haberes”. Seis días más tarde, el General Pablo González escribió en su Manifiesto … a los obreros del Distrito Federal, que la COM –a través de sus “agitadores de oficio, que por lo general no son trabajadores ni mexicanos” –no tenía derecho a mantener a “la clase trabajadora en una exaltación perpetua y en una constante agitación”. Finalmente, agregó que si la Revolución había “combatido la ‘tiranía capitalista’, no iba a permitir la ‘tiranía proletaria’ … a la que pretenden llegar los obreros, especialmente los de la [COM], que no satisfecha con las concesiones recibidas y los beneficios conquistados, multiplican y exageran sus demandas …”

Esa declaración fue el preludio de los acontecimientos ocurridos días después. A finales de enero, por órdenes de Carranza fueron detenidos los delegados de la COM en varios estados y clausuradas algunas de sus filiales. El 4 de febrero, el General González encabezó a los soldados que desalojaron a los obreros del Palacio de los Azulejos, sede de la COM, en la ciudad de México, donde se efectuaron más aprehensiones de dirigentes. Además, como otra de las medidas represivas, también fueron clausurados sus periódicos Ariete y Acción.

Hacia febrero de 1916, era claro que para los constitucionalistas, principalmente para Carranza, el sector obrero era necesario, pero bajo control del Estado. Durante los próximos años, Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles empeñaron sus esfuerzos en tal objetivo.

Por ello, desde el primer momento apoyaron a los líderes obreros de la fracción “reformista” –sindicalismo de acción múltiple–, quienes, cuando en 1918 los trabajadores mexicanos emprenden su reorganización, quedan bien ubicados en la Confederación Regional Obrera Mexicana (CROM), fundada en la primera semana de mayo del citado año.

Atrás Siguiente

Hit Counter

 


[1]     Quiñones Aguilar Carlos A. Universidad Obrera de México. http://www.uom.edu.mx/trabajadores/27memoria.htm

____________________

  1. Rafael Quintero, Rosendo Salazar, Carlos M. Rincón, Celestino Gasca, José Barragán Hernández, Salvador Gonzalo García, Jacinto Huitrón, Salvador Álvarez, Samuel O. Yúdico, Leonardo Hernández, Reinaldo Cervantes y Rodolfo Aguirre, integrantes del famoso grupo de los 67, también eran varios de los líderes más destacados del movimiento obrero de aquel momento.
  2. Durante su existencia, los Batallones Rojos fueron dirigidos por el Comité Revolucionario de la COM, el cual, de febrero a julio de 1915, se integró por Rafael Quintero, Secretario General; Carlos M. Rincón y Leobardo Castro, secretarios auxiliares; Jesús Torres Polo, Tesorero; Casimiro del Valle, Tesorero Auxiliar, y José Barragán Hernández, Rosendo Salazar, Celestino Gasca, Jacinto Huitrón, Vicente Mendieta, Juan Tudó, Roberto Valdés, Salvador Gonzalo García, Rodolfo Aguirre, Manuel Herrera Ortiz, Crescencio Magaña, Manuel Farfán, Salvador Álvarez, Adolfo Salgado y Ernesto Méndez como vocales. Entre julio de 1915 y agosto de 1916, Felipe Sánchez Martínez, Adolfo Salgado, Ismael Sonoqui y Renaldo Cervantes Torres formaron el Comité Revolucionario. De septiembre de 1915, al momento de la desaparición de los Batallones Rojos, Samuel O. Yúdico fue Secretario General del Comité Revolucionario; Roberto Valdés, Secretario del Interior; Juan Tudó, Secretario del Exterior; Leonardo Hernández, Tesorero, y J. Félix Martínez, Bibliotecario.

____________________

Bibliografía

v      Araiza, Luis, Historia del movimiento obrero mexicano, 2ª ed. México, Ediciones Casa del Obrero Mundial, 1975, t. 3, p. 59-106, 111-116, 120-128.

v      Carr, Barry, El movimiento obrero y la política en México (1910-1929), 3ª reimp., México, Era, 1991, p. 59-68, 72-74.

v      Cosío Villegas, Daniel (coordinador), Historia general de México, t. 2, 3ª ed., México, El Colegio de México, 1981, p. 1138-1139.

v      Huitrón, Jacinto, Orígenes e historia del movimiento obrero en México, 3ª ed., México, Editores Mexicanos Unidos, 1984, p. 273-274.
Meyer, Lorenzo y Aguilar Camín, Héctor, A la sombra de la Revolución mexicana, México, Cal y Arena, 1993, p. 65.

v      Reyna, José Luis, Tres estudios sobre el movimiento obrero en México, México, El Colegio de México, 1976, p. 12-20.

v      Salazar, Rosendo, La Casa del Obrero Mundial, México, Comisión Nacional Editorial/PRI, 1972, pp. 95, 100.

____________________

Hemerografía

v      Pacto celebrado entre la Revolución Constitucionalista y la Casa del Obrero Mundial (facsimilar), México, Archivo General de la Nación/Centro de Estudios Históricos del Movimiento Obrero Mexicano/Secretaría de Gobernación/Secretaría del Trabajo y Previsión Social, 1979.

v      Meyer, Jean, “Los obreros en la Revolución mexicana: los batallones rojos”, en Historia mexicana, v. XXI, julio-septiembre, 1971, n. 1, El Colegio de México, pp. 1-22.

v      Uhthoff, Luz María, “La situación financiera en los años de la Revolución, 1910-1920”, en Iztapalapa, n. 26, julio-diciembre de 1992, pp. 214-218.

Inicio de la Página

Buscador de la Página

Google

 

¡ Por tu atención Muchas Gracias y regresa pronto !

Ésta página es atendida por:
[joseacontreras.net] [miaulavirtual.com]
Copyright © 2001 Reservados todos los derechos.
Revisado: 09-jul.-06 02:17