Crisis Sindical

Principal Correo

Fin de la Página

Sindicatos

 

Principal

Corrientes Sindicales
3er Foro Internacional OIT
Sindicalismo en Transición
Sindicalismo en maquiladoras
Casa Obrero Mundial
Educación Superior
Crisis Sindical
Jubilaciones IMSS
Estatuto Jurídico FSTSE
Noticias Laborales

Crisis de la regulación sindicalista en la lucha social[1]

I.                    El capitalismo neoliberal

El capitalismo en su forma neoliberal reduce drásticamente la base de existencia del sindicalismo bienestarista-populista, que alcanzó su máximo esplendor entre la segunda posguerra y los años 70's.

La fortaleza de dicho sindicalismo residía en el proceso expansivo del capitalismo de la posguerra -tal vez el más intenso en toda su historia- y en formas de organización de los procesos de trabajo y de regulación de la lucha de clases que concordaban con un sistema de escalafones y tabuladores, los cuales conjugaban esquemas de promoción social basados en años de servicios y en el dominio de las funciones asignadas a cada puesto de trabajo, con la expectativa de un empleo de por vida, dador de seguridad social: servicio médico, vacaciones, jubilaciones, servicios funerarios, vivienda, etcétera.

Tal modelo, a pesar de las tiranteces, se avenía bien a la producción y consumo de masas. Digamos que era el complemento de las grandes empresas organizadas para la producción masiva y en serie, para los mercados de la posguerra fría. Aun el caso del toyotismo, con una base organizacional diferente, podría ser inscrito dentro del modelo bienestarista - populista de regulación del conflicto social y del uso de fuerza de trabajo.

En las potencias capitalistas de primer nivel, esos esquemas de regulación de las relaciones entre patrones y trabajadores se conectaban a los discursos de pleno empleo, de salarios elevados y ascendentes, de reparto de los beneficios de la productividad y de avance progresivo de la justicia y la democracia. Ya en países como México, en voz de las dirigencias oficialistas, los discursos y las expectativas cifraban sus esperanzas en el desarrollo independiente de la industria y la nación. Desarrollo hacia adentro le llamaron, confusamente, los economistas. No pocas veces, a esos escenarios de luminosos futuros, se les equiparó con el avance gradual hacia la sociedad sin clases.

Es cierto que había mucha palabrería en el sindicalismo bienestarista-populista, que las derramas de sus beneficios no alcanzaban más que a los sectores blancos o nativos de las clases obreras de los países del "primer mundo", y a sectores muy pequeños del proletariado "tercer mundista", pero también es verdad que servían bien para mantener en términos manejables muchas de las conflictividades de la lucha de clases. Beneficios reales y esperanzas en un futuro mejor aletargaron a millones de conciencias populares en todo el planeta.

Además, es innegable que esa práctica sindical supo amortiguar los impactos radicales de la lucha obrera; supo usar la presión desde abajo, encausándola por una senda regulacionista, en la que las conquistas laborales aparecían como resultado de la lucha, lo que era cierto, pero se perdía de vista el sesgo reformista o de control social que adquirían en manos de los gestores estatales patronales o de los administradores sindicales.

En México, por ejemplo, la burguesía fue suficientemente ingeniosa y cínica, para incorporar a los contratos colectivos muchas de las demandas de maestros, ferrocarrileros, petroleros, telegrafistas, telefonistas, etc., que desde fines de los 50´s, hasta mediados de los 60´s, sostuvieron importantes luchas contra el charrismo y la explotación. Pero esa incorporación se hizo a la par de una represión que llevó a la ocupación militar de los centros de trabajo y al despido de decenas de miles y a la cárcel a los principales líderes. De tal modo, las conquistas obreras fueron traducidas a criterios exclusivamente regulacionistas y administradas por los charros y demás organismos tripartitas.

Una oleada de crisis y de transformaciones productivas, políticas y culturales, en el marco del agotamiento económico y social de la fase expansiva capitalista de la posguerra y de un largo periodo de estancamiento o disminución del crecimiento económico, socavó los cimientos de la regulación bienestarista-populista. Una nueva organización de los procesos industriales, financieros y comerciales, modificaron el espacio y el puesto de trabajo reforzando el carácter despótico de los usos de la fuerza laboral.

Por la vía de los hechos fue inhabilitada la organización basada en cierta estabilidad laboral y el uso de la fuerza de trabajo, según el esquema de puestos fijos y de recompensas a la productividad. Ahí donde aún subsisten algunas porciones importantes de "bienestarismo"- Europa Occidental y Japón- su impacto sobre la población se ha reducido significativamente.

El tiempo de circulación de la fuerza de trabajo se acortó, el trabajo eventual terminó por desplazar a la mayoría de los trabajadores de planta. En muchas labores el ciclo de vida útil concluye cuando se cumplen 30 años de edad. Niños y jóvenes, especialmente mujeres, ocuparon los puestos de la vieja clase obrera. Vejez laboral prematura, crisis y tecnologías ahorradoras de mano de obra y fabricadoras de desempleo o empleos precarios,etc., allanaron el camino para la desarticulación de la cultura y la tradición proletaria.

La flexibilización de las unidades productivas: edificios, máquinas, de medios de comunicación, etc., así como la diversificación de los ritmos de vida útil, de medios de trabajo y de sus edades tecnológicas, en aras del ahorro de costos, de mayores productividades, plusvalías absolutas, mercados y seguridades políticas, acabó por fraccionar a la clase obrera en miles de particularismos. La desagregación industrial no sólo redujo el tamaño de las plantas gigantescas, también muchas de las áreas de actividad que las formaban. La relocalización mundial de partes del proceso de producción fue acompañada de una desincorporación de actividades empresariales a nivel local; buena parte de los servicios de mantenimiento, de fabricación de componentes menores y de tareas administrativas salieron de las empresas, "independizándose" bajo la forma de pequeñas filiales o subsidiarias del capital monopólico.

La clase trabajadora se fragmentó de nueva cuenta. El trabajo a domicilio, en pequeñas empresas, además del empleo precario y del desempleo, debilitaron a los sindicatos y al resto de la clase obrera. En pocos años la mayoría del proletariado pasó a engrosar las filas de la economía informal y del desempleo. Sin derecho a sindicalizarse y a los beneficios de la seguridad social incluidos en los viejos contratos colectivos. Sin grandes líneas de defensa, los salarios cayeron, ampliándose como nunca antes los márgenes de trabajo no pagado. Los patrones impusieron mayores cuotas de explotación directa, pero también se beneficiaron de las tareas para la subsistencia que el proletariado se vio obligado a cubrir ampliando el margen de actividades consideradas no económicas, muchas de ellas agrupadas en el rubro de trabajos domésticos: autorreparación de aparatos eléctricos, autoconstrucción y rehabilitación de viviendas, cuidado de niños y viejos, automedicación, sastrería hogareña, alfabetización, intercambio de alimentos y servicios varios, etcétera..

Al trabajo le fueron arrebatados muchos de los resquicios contractuales, que hacían valer parte de sus saberes acumulados y de los poderes que hacen sentir su presencia en el desarrollo de la organización y la ejecución de los procesos de trabajo. La introducción de la flexibilidad laboral representó un avance más, en la lógica del dominio capitalista, sobre el uso "irrestricto" de la fuerza laboral. Y si bien es cierto que la multiplicidad de funciones, horarios y ritmos de trabajo, no borra todo saber y especialización obrera, el poder de negociación y de resistencia disminuye.

Es así como la antigua regulación sindicalista de la lucha de clases ha perdido su base de sustentación. Su crisis expresa la fragmentación de la clase obrera, su debilitamiento, pero también la inestabilidad, la no consolidación de los modelos neoliberales de control y dominación social. En este contexto es como puede afirmarse que todo sindicalismo, visto como medio de regulación de la explotación y la sujeción política del trabajo está en crisis, llámese bienestarista, populista y hasta socialista.

II.                  El fin de la época bienestarista-populista

La crisis del sindicalismo se presenta, en primera instancia, como proceso de disolución del sindicalismo bienestarista-populista y como no consolidación de un nuevo sistema sindical y social de control político. Sin embargo, a un segundo nivel más general, dicha crisis exhibe la incapacidad para construir equilibrios mínimos que garanticen la estabilidad de la dominación burguesa. Aclaremos: cuando hablamos de estabilidad no nos referimos a la ausencia de conflictos o contradicciones, sino al conjunto de equilibrios que permiten mantener, en términos manejables, los procesos de inestabilidad, intrínsecos y recurrentes que engendra el capitalismo: lucha burguesía-proletariado; competencia entre corporaciones financieras; luchas nacionales, étnicas, ecológicas; etcétera..

Uno de los puntos clave de la debilidad del proyecto neoliberal, radica en la estrechez social de sus posibles modelos de regulación social. El reformismo burgués bienestarista respondía a un nivel histórico de necesidades sociales -ya como reformas, ya como esperanzas- y era el complemento o contraparte de los regímenes monárquicos, republicanos o militares. Sin ese componente bienestarista será muy difícil mantener a raya las inestabilidades propias de las contradicciones capitalistas, y las respuestas de los sectores explotados y oprimidos.

La regulación neoliberal ha renunciado explícitamente a la expectativa del "bienestar para todos", al pleno empleo, a la justicia social y al desarrollo económico, independiente y equilibrado. Acepta que 40% o 50% de la población mundial no tienen lugar en la era de la globalización. Y, además, de los trabajadores sí incluidos, más de la mitad son informales o desempleados, excluidos todos de la seguridad social integral y sistemática. Mientras eso sucede con los no invitados, los sí incluidos ven reducidos sus salarios, sus prestaciones sociales, y su esperanza de una vida mejor para ellos y sus hijos.

De tal modo, no es aventurado afirmar que en el marco del neoliberalismo ha surgido una nueva conflictividad social que acerca las luchas por demandas económicas inmediatas; con las problemáticas generales de la conducción de la sociedad; con los asuntos del gobierno, de la administración de la riqueza monopólica y, por tanto, con las peleas por el poder político. Al reducirse el colchón del reformismo social, que recubría a los aparatos y núcleos de poder político, social y cultural, amortiguando los golpes de la lucha de clases -entre otras, los poderes de las corporaciones monopólicas y de los estados neoliberales- quedan más expuestos a la ira popular, ya que para encontrar soluciones mínimamente aceptables se requiere, por fuerza, afectar las estructuras de la dominación monopólica.

El neoliberalismo no excluye las políticas reformistas disfrazadas de reparto de los beneficios de la productividad o de solidarismos y asistencialismos fugaces y espectaculares, pero son tan raquíticos que no bastan para la estabilización de los procesos electorales en los países del "tercer mundo" ni son suficientes para garantizar la consolidación, por largo tiempo, de regímenes basados en la militarización.

A menos expectativas de "bienestar", a menos mecanismos compensadores de la explotación y la opresión, ha correspondido una dosis mayor de ideología, represión y drogadicción. En plena crisis del aspecto social del liberalismo, en el momento de caída de la capacidad representativa de partidos, parlamentos y gobiernos, el neoliberalismo ofrece salidas mayormente electorales que mal disfrazan sus tendencias militaristas. Pero en América Latina, al menos, la salida electoral amenaza con escapárseles de las manos a las corporaciones monopólicas y a los Estados que las representan, no tanto por las oposiciones -casi siempre burguesas- que encabezan la lucha contra los partidos y oligarquías tradicionales, sino porque catalizan procesos de organización popular que tienden a rebasar lo puramente electoral, lo puramente parlamentario.

En este clima, las militarizaciones del espacio privado obedecen al natural crecimiento de la delincuencia estatal y privada, que resulta del nuevo ordenamiento neoliberal de la vida cotidiana; pero son también, la opción política, el complemento natural de la erosión del aditamento "bienestarista" y del desgaste de las leyes e instituciones que se pretenden legales. Por tanto, a la crisis del sindicalismo bienestarista-populista tiende a corresponder una crisis de todos los sistemas de regulación construidos desde los años 30´s y consolidados durante la posguerra fría.

Tal afirmación no implica suponer la imposibilidad de la dominación burguesa en el periodo actual, su inviabilidad en el nuevo contexto de explotación y genocidio apocalíptico; sino, solamente, el hacer énfasis en las enormes dificultades que enfrenta el capital para mantener las envolturas liberal-representativas y aún, regímenes militares como los que se vivieron en el pasado reciente en América Latina, África, Asia y el sur de Europa. Regímenes de fuerza que, comparados con los actuales procesos militaristas, resultarían un juego de niños; resultarían menos despóticos de los que ya se incuban por muchos lados. El neoliberalismo agudiza la tendencia innata en el capital a la negación de la democracia y de gran parte de la legalidad liberal.

Es la resistencia popular la que introduce las contracaras de los procesos anotados, las aparentes paradojas, contradicciones o absurdos. Por ejemplo en México, se habla de transición a la democracia en un mar de provocaciones cuartelarias y de impunidades estatales que violentan toda legalidad, todo sentido común. Se vive la liberalización del régimen -que no necesariamente es democrática- en un ambiente plagado de escenarios cercanos a la guerra civil en Chiapas, Oaxaca, Guerrero, la ciudad de México, la UNAM, etcétera.

De tal modo, es como afirmamos que el neoliberalismo, con todo y proyectos electorales, limita el margen para la estabilización de las instituciones parlamentarias e incorpora las salidas de excepción o de emergencia (militarización, estado de sitio), a una nueva propuesta de normalidad gubernativa, de normalización de la vida cívica. Por tal motivo, la normalidad republicana, liberal representativa, mal llamada democrática, pudiera estar más lejos que nunca a pesar de ser el anhelo de muchos intelectuales desde el siglo pasado. Es así como se puede constatar la fragilidad e inestabilidad de los aparatos de regulación vigentes, ya que las salidas neoliberales para superar la transición, la fase de crisis de la nueva dominación burguesa, con todo y su orden sindical, parecen estar más allá de la vieja normalidad republicana, aun en sus versiones más deslucidas, tipo México, por ejemplo. Todo parece indicar que la nueva supremacía burguesa neoliberal se caracterizará por una dosis mayor de coerción, de violencia descarnada y un reforzamiento de todas las producciones culturales, ideológicas y adormecedoras de los procesos de conciencia y práctica alternativa.

III.                El neoliberalismo y la derrota de la clase obrera

El neoliberalismo es sinónimo de derrota obrera. Es la liquidación o reducción de los espacios de "poder obrero" dentro de las instituciones públicas del llamado socialismo real o de los Estados bienestaristas-populistas. El neoliberalismo es recrudecimiento del despotismo fabril, de la dictadura burguesa a la hora de decidir sobre el uso de la fuerza de trabajo. El neoliberalismo ha sido una gran cruzada contra el mundo del trabajo disfrazada con mil ropajes. Como ofensiva global contra el socialismo, como proyectos de eficiencia y modernización anti-burocrática en los países del Este y el Oeste, como guerras contra la nación árabe, como nuevos cercados que privatizan todas las territorialidades humanas, etc. Batallas públicas o encubiertas que han sido el corolario de un cambio en la correlación de fuerzas desde el terreno micro, desde el puesto y espacio de trabajo, que se prolonga a toda la vida cotidiana.

Los nuevos ordenamientos del proceso productivo rebasan los peores contornos del toyotismo y del taylorismo-fordismo. Y, además, agudizan la no correspondencia entre realidad productiva y normatividad laboral. Si en el marco de los convenios bienestaristas se violaban constantemente todas las disposiciones que regían la extensión, la intensidad de la jornada laboral y la movilidad de la fuerza de trabajo, hoy, en la nueva correlación de fuerzas, la impunidad del capital es más acusada, y por tanto, todas las disposiciones jurídicas para reglamentar la dictadura del capital son mucho más débiles, en la medida que limitan, aún más, la posibilidad de la resistencia puramente sindical.

Revertir la correlación de fuerzas implica rebasar los esquemas que oficializan la derrota obrera. Las recomendaciones de asesores oficialistas para racionalizar el despotismo patronal, dándole cabida a las direcciones sindicales en la aplicación de los proyectos de calidad, productividad y ahorro de costos, en aras de reproducir un esquema toyotista o cercano a él, sólo es viable en muy pocas empresas. El caso de Telmex es excepcional. Las derramas económicas por conceptos de productividad y otros acuerdos departamentales, son posibles por las prerrogativas monopólicas de la empresa, por ser parte de una de las ramas más dinámicas de la "tercera revolución industrial", por el precio de ganga que pagó Slim al gobierno de Salinas y por todos esos sistemas de jineteo de dinero y robo, ya por la venta de tarjetas ya por cobros indebidos.

En realidad el término toyotismo aplicado al proceso de reorganización neoliberal del proceso de trabajo y del sindicalismo es poco preciso en México. Si bien, empresarios y asesores patronales quieren copiar ciertos aspectos de los métodos de gestión laboral japonesa, particularmente todo lo referido a la flexibilización, la calidad total, etc., dejan de lado las compensaciones salariales, las prestaciones, la permanencia en el empleo, entre otras "ventajas" que los obreros japoneses obtienen a cambio de su "renuncia" al protagonismo en la producción, el sindicato y la sociedad. El toyotismo, a pesar de que profundiza el despotismo empresarial, conservó muchos de los complementos del sindicalismo bienestarista y, también, parte de los dispositivos organizacionales del fordismo-taylorismo, que facilitaban la gestión sindical de muchos aspectos que componen el espacio de trabajo y que, incluso, resultaban a primera vista, menos opresivos, más participativos.

Así las cosas, creer que con la actualización de viejas recetas sindicalistas se puede revertir o contener el deterioro de la capacidad de resistencia de los trabajadores, de sus sindicatos, etc., es navegar fuera de la realidad, es obrar en la dirección que lleva al desarme y al debilitamiento de la lucha sindical.

La derrota obrera puso en evidencia el fracaso o las limitaciones de todos los proyectos de organización y lucha obrera; tanto de los bienestaristas y populistas de tintes social-demócratas, demócrata-cristianos y nacionalistas de todos los colores, como de los llamados comunistas. Unos, los primeros, demostraron la inviabilidad de un capitalismo democrático o de una sociedad de justicia, de equidad económica y política con una base burguesa; los segundos, los comunistas de variados matices, exhibieron con sus prácticas las gigantescas limitaciones de las estrategias sindicalistas, que ven la posibilidad del socialismo y del poder obrero como una extensión progresiva de la organización sindical y parlamentaria. Aun en los llamados países socialistas la visión puramente sindical contribuyó a mantener la separación entre lucha económica y lucha política-cultural, orillando a la clase obrera a un economicismo que alentaba la identificación del socialismo con el reparto de algunos recursos económicos y culturales, dejando en manos de unos cuantos la conducción de la sociedad.

A estas alturas es patente la inviabilidad de los viejos proyectos de regulación sindical para superar, a favor de los trabajadores, la actual crisis del sindicalismo. Para ello tendrían que proponerse proyectos que afectaran al capital monopolista de manera profunda, además de proceder a una crítica de sí mismos, de sus estructuras burocráticas, de la superación entre los que saben y supuestamente no saben, de sus limitadas concepciones acerca de la lucha política que cercenan el campo de su acción social y los condenan a ser comparsas de otras clases. En fin, estarían obligados a revisar todas sus concepciones de la lucha social.

En el momento actual los sindicatos no desaparecerán, pero sus posibilidades no son muchas: o evolucionan en la dirección de ser simples soportes de algunos ajustes salariales del productivismo y de la nueva gobernabilidad burguesa o, partiendo de sus tradiciones más avanzadas, se dirigen hacia la construcción de nuevos espacios de poder obrero y popular, donde los sindicatos sean uno de los pilares de la lucha por una organización racional del espacio productivo y social, que efectivamente atienda a las necesidades del género humano. Vieja disyuntiva, más dramática en el umbral de una sociedad que tiende, a pasos agigantados, a la automatización, a la disminución de los tiempos de trabajo necesarios para la reproducción humana, pero que bajo su forma burguesa condena a morir de inanición y desesperanza a la mayoría, reservando para los "incluidos", dosis más grandes y perversamente refinadas de opresión y explotación.

Para muchos resulta desproporcionada y fuera de toda posibilidad inmediata imaginar una opción radical desde la clase obrera. Sin embargo, si reparamos que la lucha obrera tiene relación directa con la fijación de los ritmos de trabajo, con el monto y la calidad del empleo y, por tanto, con el control de la contratación, así como con su intervención en el rediseño de la organización de la producción y de todos los dispositivos jurídicos y políticos que se relacionan con ella, resulta que las salidas obreras tienen que ver con reducción de jornadas de trabajo, con controles de productividades, con contabilidades, con seguridad social integral, etc., salidas que ponen en tela de juicio los pilares del capitalismo monopolista.

Aunque parezca paradójico en el marco de la derrota obrera, las contradicciones que agudiza y engendra el neoliberalismo ponen en la mesa de la discusión y de la acción político-sindical problemáticas cotidianas que lindan con la redefinición de los presupuestos de la racionalidad y el progreso burgués, que ya no satisfacen las necesidades humanas a la luz del desarrollo histórico alcanzado por los hombres.

Para encontrar las nuevas racionalidades que aparecen ya, de modo fragmentado, en las luchas político-sindicales y en las de mujeres, grupos étnicos, ecologistas, etc., se precisa romper con la postración intelectual y moral que impide rebasar la lógica del capital. Se requiere de un pensamiento que tome como punto de partida el diseño del proyecto obrero, del sueño para una vida digna y de un nuevo espacio en el que la política sea el medio de la autoafirmación de los poderes personales y sociales de los trabajadores. A partir de él es como habrá que asumir las ofensivas neoliberales y las nuevas leyes que persiguen institucionalizar la derrota del trabajo. En función de él es como se pueden encontrar salidas para romper con la exclusión que los propios sindicatos, bajo una lógica burguesa, hacen de la mayoría de los trabajadores -informales o no- promoviendo la reducción de las jornadas o encontrando nuevos espacios organizativos para integrar a trabajadores por cuenta propia, no sindicalizados, etc., en un movimiento político que articule las lógicas sindicales y las populares para gestar nuevos espacios de gobierno alternativo a los centros de poder burgués.

El nuevo proyecto o sueño obrero habrá de plantearse el control del proceso de trabajo y de la producción toda, pero también la crítica de las formas burguesas de la riqueza social, de su alma capitalista.

Atrás Siguiente

Hit Counter


[1]       Tello Chávez  Marcos. http://www.uom.edu.mx/trabajadores/tello.html

----------------------------------------------

  1. Para México es más conveniente hablar de sindicatos populistas-bienestaristas para referirse al sindicalismo oficialista caracterizado como corporativismo. Ya que la ideología del nacionalismo revolucionario (economía mixta, rectoría estatal, tutoría sobre los trabajadores y pobres, etc.), es fundamental a la hora de retomar aspectos de las políticas de reforma social llamadas bienestaristas. En términos globales, dentro del término bienestarismo-populismo, bien caben todas aquellas expresiones del sindicalismo, regulacionista de la posguerra "fría" : democristianas, socialdemócratas, nacionalistas, la mayoría de las llamadas comunistas y hasta muchas organizaciones conocidas como sindicatos blancos. Todas ellas, practicaron el reformismo bienestarista y el sindicalismo como teoría y práctica de la regulación de la explotación capitalista. Aún, los reformistas más radicales que veían el alumbramiento de una nueva sociedad nunca abanderaron una concepción regulacionista y estabilizadora de las contradicciones de la sociedad burguesa.
  2. Alonso, Antonio, El movimiento ferrocarrilero en México, México, Ed. ERA, 1958, Loyo Brambila Aurora, El movimiento magisterial de 1958 en México, México, Ed. ERA y los tomos 12 y 13 de La clase obrera en la historia de México de la Editorial Siglo XXI.
  3. En México, durante los últimos 15 años (1982-1996), el producto interno bruto creció a un ritmo del 0.85% anual, muy lejos del 6.2% registrado entre 1960 y 1962. En Hoja Obrera No. 8 , Junio-Julio 1997 según datos del INEGI.
  4.  ... entre 1983 y 1996 el grueso de las economias desarrolladas ha visto crecer de manera considerable la proporción del empleo parcial en el total de la ocupación. Por ejemplo, Japón ha pasado de 16 a 23 %, Gran Bretaña de 18 a 24%, Francia de 10 a 18% y Canada de 16 a 19%" En Estados Unidos el porcentaje ronda el 17%, hace 13 años, pero "los salarios reales por hora en 1997, apenas se acercan al nivel que alcanzaron a principios de los años setenta". Eduardo Loria, La Jornada, 6-9-97, p. 21.
  5. Según el PRD, la Organización Internacional del trabajo reconoce que la mitad de la Población Económicamente Activa (PEA) en México labora en la economía informal y carece de protección legal, La Jornada, 24-4-97, p. 44.
  6. De 1977 a 1997 los salarios mínimos cayeron 89.1% según la dirección Técnica de la Comisión Nacional de Salarios Mínimos, El Día, 12-5-97, pp. 1 y 4.
  7. El contrato colectivo de trabajo del Sindicato Ferrocarrilero contaba con 3,045 claúsulas; ahora, luego de la revisión de junio de 1996, sólo incluye 208 claúsulas. El caso del Ferrocarril del Noroeste es más grave, después de ser privatizado, su contrato quedó sólo en 38 claúsulas, en La Jornada, 29-7-97, p. 4. En un 30% de maquiladoras en Tijuana, se han implantado contratos de sólo 15 claúsulas. Cirila Quintero Ramírez, "Tendencias sindicales en la Frontera Norte de México" en El Cotidiano, julio 1993, No. 56, p. 42.
  8. En China, con un crecimiento anual del 10%, la desocupación en las ciudades es del 7.5%, mientras en la campo alcanza el 34.8%, lo que significa 175 millones trabajadores sin ocupación. León Opalín en El Financiero, 15-8-97, p. 8.
  9. En particular nos referimos a la campaña de terror y represión sembrada en el campus universitario por las policias de la rectoría, y por la gran provocación que autoridades de todo tipo montaron el 2 de octubre pasado. Dinero, drogas y asaltos proliferaron, ante la indiferencia complaciente del gobierno del DF y de funcionarios del IPN, la UNAM y el Colegio de Bachilleres.
  10. Refiriéndose a la iniciativa del PAN para reformar la Ley Federal del Trabajo, Marco Gómez afirma : "La propuesta desecha como absurda la idea de la contratación colectiva (...). En lugar del Sindicato, el PAN privilegia la formación de los delegados de personal y comités de empresa limitando su participación en comisiones mixtas, una de cuyas funciones es colaborar con la dirección de la empresa para conseguir (...) el mantenimiento y el incremento de la productividad, pero sin la presencia del sindicato como colectivo superior", Legistlación Laboral (El debate de una propuesta), México, UAM-Xochimilco-Fundación Friedrich Ebert, 1996, pp. 33-35.
  11. Según estimaciones de Oscar Alzaga de CENPROS, para 1995 la tasa de sindicalizados se mueve entre el 13% y el 25% de la Población Económicamente Activa. Oscilaría entonces entre 4 millones 700 mil a los 10 millones que afirma tener como afiliados el Congreso del Trabajo, poco más o menos. De ser ciertos estos datos -en realidad nadie lo sabe, incluida la STPS- alrededor del 87% o del 75% de la PEA no está sindicalizada.

Inicio de la Página

Buscador de la Página

Google

 

¡ Por tu atención Muchas Gracias y regresa pronto !

Ésta página es atendida por:
[joseacontreras.net] [miaulavirtual.com]
Copyright © 2001 Reservados todos los derechos.
Revisado: 09-Jul-06 07:17